El estado de conservación del estadio de El Sardinero vuelve a ser noticia por motivos que distan mucho del terreno de juego. Durante el último encuentro del Racing de Santander contra el Mirandés, celebrado el pasado 13 de febrero, numerosos aficionados tuvieron que hacer frente a una situación que ya resulta insostenible: goteras importantes en diversas zonas del estadio que impidieron disfrutar del partido con normalidad. El presidente de la Peña Concanos, José Luis García 'Jochi', ha elevado su voz de protesta para denunciar un problema estructural que afecta directamente a la experiencia de los seguidores racinguistas.
Jochi, que acude al estadio desde que tenía seis años y se convirtió en abonado a los catorce, se encontró con una desagradable sorpresa al llegar a su localidad habitual en la Tribuna Norte. Un charco de agua ocupaba su asiento, obligándole a buscar una alternativa rápida para poder presenciar el encuentro. «Tuve suerte de que un compañero de la misma fila no asistió al partido y pude ocupar su lugar. De lo contrario, me habría visto obligado a permanecer de pie en el vomitorio», explica con evidente frustración.
La situación no es aislada ni puntual. El problema de las filtraciones se repite cada vez que las condiciones meteorológicas adversas coinciden con un partido. La lluvia se cuela a través de las cubiertas deterioradas, creando auténticos chorros de agua que caen sobre las localidades y dificultan la visión del encuentro. «Desde que entramos al campo nos dirigimos a nuestros asientos y vimos cómo caía continuamente el agua, formando un charco considerable», detalla Jochi, quien inmediatamente comenzó a buscar el origen de la filtración.
El deterioro de las cubiertas del estadio, construido en 1988 y remodelado en varias ocasiones, constituye el núcleo del problema. Las placas que conforman la cubierta han perdido su estanqueidad, permitiendo el paso del agua que posteriormente discurre por las vigas hasta caer sobre las localidades. Este fenómeno no solo se registra en la Tribuna Norte, donde se ubica Jochi, sino que también afecta a la Tribuna Este y a otras zonas del estadio, generando una situación generalizada que incomoda a decenas de aficionados cada jornada.
El presidente de la peña racinguista considera que el problema ha empeorado significativamente en las últimas semanas. Los fuertes vientos registrados en la zona habrían desplazado algunas de las placas de la cubierta, agravando las filtraciones y creando nuevos puntos de entrada de agua. «En mi ubicación antes no ocurría, pero ahora es evidente que la situación se ha agravado», reflexiona Jochi, quien atribuye este incremento de las goteras al impacto de los temporales sobre una estructura ya de por sí deficiente.
Más allá de las molestias durante los partidos, el problema representa un riesgo para la conservación de las instalaciones y la seguridad de los aficionados. El agua que se filtra puede afectar a las estructuras metálicas, generar humedades en zonas de paso y crear condiciones de resbaladizo en escaleras y pasillos. La falta de mantenimiento preventivo se ha convertido en un problema estructural que requiere una intervención inmediata y de calidad.
La administración municipal, propietaria del estadio, es consciente de la situación. En noviembre del año pasado lanzó una licitación para la reparación de las cubiertas, proceso en el que únicamente se presentó la empresa SIEC. Sin embargo, desde entonces la actuación parece haberse paralizado en los cajones del Ayuntamiento, sin que los aficionados perciban avances concretos ni plazos de ejecución. «La desidia municipal a la hora de afrontar la reforma de la cubierta es evidente. Ya deberían estar trabajando en ello y, en cambio, todo sigue paralizado», critica Jochi.
Este retraso en las obras no solo perpetúa el problema de las goteras, sino que también afecta a la imagen del club y de la ciudad. El estadio de El Sardinero, histórico escenario del fútbol cántabro, se presenta ante los visitantes con un aspecto de abandono que contrasta con la pasión de su afición. La experiencia del aficionado queda mermada cuando no puede disfrutar del partido con comodidad básica, viéndose obligado a cambiar de asiento, soportar goteras o permanecer en zonas de paso.
Los efectos de este deterioro se extienden más allá de las cubiertas. Jochi también ha observado deficiencias en otras áreas del estadio, como grietas en las escaleras de acceso y ausencia de fragmentos en los peldaños, lo que representa un peligro real para la seguridad de los usuarios, especialmente en días de lluvia cuando las superficies se vuelven resbaladizas. Estos desperfectos acumulados revelan una falta de mantenimiento generalizado que va más allá del problema específico de las filtraciones.
La situación genera una evidente frustración entre la parroquia racinguista, que ve cómo su devoción por el club se ve puesta a prueba por circunstancias ajenas al rendimiento deportivo. El carné de abonado, que debería garantizar un derecho de disfrute, se convierte en un boleto de suerte donde el premio es encontrar el asiento seco y en condiciones. Esta incertidumbre afecta a la fidelización de la afición y puede incidir en la asistencia a los partidos, especialmente en las jornadas donde las previsiones meteorológicas anuncian lluvia.
El club, por su parte, mantiene una posición compleja. Siendo el Ayuntamiento el propietario de las instalaciones, sus margenes de actuación son limitados, aunque sí puede ejercer presión institucional para agilizar las obras. La relación entre la entidad deportiva y el consistorio resulta crucial para resolver una problemática que afecta directamente a la imagen del Racing de Santander como proyecto serio y profesional.
Mientras tanto, los aficionados continúan improvisando soluciones personales para poder disfrutar del fútbol. Cambiar de asiento, buscar refugio en las zonas altas del estadio o simplemente soportar las inclemencias se han convertido en prácticas habituales para muchos. Esta resignación no debería ser la respuesta a un problema de infraestructura que tiene solución técnica y económica, pero que carece de la voluntad política necesaria para su ejecución.
La comparación con otros estadios de categoría similar resulta inevitable. Mientras en otros escenarios las instalaciones se modernizan y se adaptan a las exigencias del espectador del siglo XXI, El Sardinero parece anclado en un proceso de deterioro progresivo que solo se ataja con parches insuficientes. La necesidad de una intervención integral que aborde no solo las cubiertas sino también el resto de deficiencias estructurales se hace cada vez más urgente.
El tiempo juega en contra. Cada partido bajo la lluvia representa una nueva oportunidad perdida para ofrecer una experiencia digna a la afición. Los aficionados del Racing, reconocidos por su lealtad y pasión, merecen un estadio que refleje esos valores en su mantenimiento y cuidado. La solución pasa por desbloquear el proceso administrativo y ejecutar las obras necesarias con celeridad, antes de que el problema derive en situaciones de mayor gravedad.
La voz de Jochi y de otros muchos aficionados que sufren estas incidencias debe servir como llamada de atención a las autoridades competentes. El fútbol es más que un espectáculo deportivo; es una expresión cultural y social que requiere de infraestructuras adecuadas para su desarrollo. La conservación de El Sardinero es responsabilidad municipal, pero el disfrute de sus instalaciones corresponde a toda la comunidad racinguista que, semana tras semana, llena sus gradas con ilusión y compromiso.
Mientras la administración municipal estudia los papeles y demora su decisión, la lluvia sigue entrando, las goteras persisten y los aficionados continúan buscando alternativas para ver a su equipo. La solución está en la mesa, los recursos técnicos existen y la demanda es clara. Solo falta la voluntad política para transformar las palabras en hechos y las goteras en una simple anécdota del pasado.