Casademont Zaragoza cae ante Sassari y dice adiós a la FIBA Europe Cup

El equipo aragonés cierra su participación europea con una derrota ajustada (68-69) tras una primera mitad para el olvido y una reacción tardía que no pudo evitar el descenso

El Casademont Zaragoza ha puesto punto final a su trayectoria en la FIBA Europe Cup de la manera más amarga posible. Una derrota por la mínima (68-69) ante el Dinamo Sassari en el último compromiso de la segunda fase selló la eliminación de los maños, que ya habían perdido toda opción de clasificación hace varias jornadas. Lo que comenzó como un proyecto ilusionante se convirtió en una tortura intersemanal que finalmente culminó con un partido que resume a la perfección la irregularidad mostrada por el conjunto dirigido por Porfirio Ramírez.

El encuentro dejó un sabor agridulce en la boca de la afición rojilla. Por un lado, la evidencia de que el equipo necesitó más de veinte minutos para despertar y competir al nivel que se le presupone. Por otro, la confirmación de que cuando el Casademont encuentra su ritmo, puede plantar cara a cualquier rival. Sin embargo, esa capacidad de reacción llegó demasiado tarde para evitar una derrota que se gestó en una primera mitad para enmarcar en el lado negativo del museo del baloncesto aragonés.

La primera parte: un despertar a destiempo

Los primeros veinte minutos de juego fueron un auténtico calvario para los intereses del Casademont. El equipo salió a la pista sin la intensidad necesaria, sin ideas claras y, lo que es peor, sin el carácter que exige un compromiso internacional. El Dinamo Sassari, a pesar de tampoco tener nada en juego, mostró desde el salto inicial una actitud mucho más competitiva que aprovechó para tomar las riendas del marcador.

El parcial inicial de 0-8 dejó claro el guion del encuentro. A los cinco minutos, el electrónico ya reflejaba un preocupante 4-11 que obligó a Ramírez a detener el juego con un tiempo muerto. La falta de tensión defensiva y las pérdidas de balón (7 en esta fase) facilitaron que el conjunto italiano encontrara su ritmo ofensivo, liderado por un Thomas que comenzó a encontrar el aro con demasiada facilidad.

Lo más preocupante no fue tanto el resultado, sino la actitud mostrada por los jugadores. La indiferencia colectiva, salvo honrosas excepciones, generó un ambiente de desconcierto en la grada. Joaquín Rodríguez, fiel a su estilo, intentó aportar energía desde el banquillo, pero sus esfuerzos resultaron insuficientes para despertar a un equipo que parecía dormido.

En medio de esta pesadilla, surgió una pequeña luz de esperanza. Matija Lukic, el canterano más joven de la plantilla, demostró que el baloncesto no entiende de edades. Su entrada en pista aportó la intensidad que el resto de compañeros carecía, dejando detalles técnicos de gran calidad y un canastón que recordó a todos que la pasión no se negocia. Sin embargo, su esfuerzo individual no pudo contrarrestar el parcial de 0-7 con el que cerró el primer cuarto, dejando un humillante 11-22 en el marcador.

El segundo periodo no mejoró el panorama. Aunque Miguel, Joaquín y Washington conectaron desde el perímetro con tres triples consecutivos que hicieron soñar con una reacción, la realidad fue otra. El Sassari volvió a cargar las baterías ofensivas y castigó cada error defensivo con contundencia. El 25-39 con el que se llegó al descanso representaba una losa demasiado pesada como para levantarla en apenas veinte minutos.

La segunda mitad: la reacción que no alcanzó

Tras el paso por vestuarios, el Casademont emergió como un equipo diferente. La intensidad defensiva aumentó, el balón circuló con mayor criterio y las opciones de remontada comenzaron a tomar forma. El catalizador de esta transformación fue Josh Richardson, quen demostró su innegable clase NBA con una actuación magistral. Sus 22 puntos, 5 rebotes y 18 de valoración fueron el motor que mantuvo vivo al equipo durante los momentos más críticos.

Jaime Fernández, otro de los veteranos con experiencia internacional, despertó a tiempo en la segunda mitad. Su liderazgo en el control del juego y su capacidad para generar ventajas fueron fundamentales para que el Casademont se acercara en el marcador. Junto a un inconmensurable Joaquín Rodríguez, que no bajó los brazos en ningún momento, conformaron el trío que lideró la heroica remontada que, desgraciadamente, no tuvo el final feliz que merecía.

El equipo recortó diferencias gracias a un juego más fluido y a una defensa más agresiva. Las ayudas, los robos de balón y la transición rápida permitieron acercarse a tan solo un punto en los instantes finales. La remontada estuvo a punto de completarse, pero un último lanzamiento fallado o una decisión arbitral desfavorable (según la versión de los afectados) impidieron la machada.

Lecciones y conclusiones

Este duelo deja más interrogantes que respuestas para un Casademont que necesitó más de veinte minutos para recordar que, aunque no se jugara la clasificación, había aficionados en las gradas y una institución que representar. La irregularidad mostrada a lo largo de toda la competición continental se reflejó en microcosmos en este último partido. Una primera mitad para el olvido y una segunda para el recuerdo, pero insuficiente para cambiar el signo del resultado.

La comparación que hizo el cuerpo técnico es demoledora: "ganar al Joventut con este nivel es pretender que te toque la lotería sin haber comprado un boleto". La frase resume a la perfección la situación actual del equipo, que debe encontrar urgentemente la estabilidad emocional y competitiva si quiere pelear por los objetivos de la Liga ACB.

El rendimiento de Richardson, aunque brillante, también plantea cuestiones. ¿Por qué el equipo necesita esperar a que una estrella resuelva el partido para reaccionar? ¿Dónde está la capacidad de respuesta colectiva? Estas son preguntas que Ramírez deberá resolver en las próximas semanas si quiere evitar que la mala dinámica se extienda a la competición doméstica.

Por otro lado, la actitud de Lukic debe servir de ejemplo. El joven canterano demostró que la entrega no se negocia con la edad ni con las circunstancias. Su compromiso contrastó con la pasividad de algunos veteranos, lo que debería generar una reflexión interna sobre los estándares mínimos exigibles.

El adiós a Europa

La eliminación de la FIBA Europe Cup pone fin a una aventura que comenzó con ilusión pero que se convirtió en un calvario logístico y deportivo. Los desplazamientos, los partidos intersemanales y la falta de rotaciones adecuadas mermaron el rendimiento del equipo en la competición nacional, donde la prioridad debe estar ahora centrada.

El Casademont cierra esta etapa con la sensación de haber desaprovechado una oportunidad de crecer en el ámbito continental. La experiencia, sin embargo, debe servir para fortalecer al grupo y para que la dirección deportiva valore qué tipo de plantilla necesita para afrontar con garantías compromisos dobles en futuras temporadas.

La afición, que nunca dejó de apoyar, merece un equipo que compita desde el primer minuto hasta el último, independientemente del rival o de lo que esté en juego. La lección de esta noche es clara: en el deporte de élite, la actitud es tan importante como el talento. Y sin las dos cosas, ni siquiera las estrellas pueden evitar la derrota.

El reto inmediato es la Liga ACB, donde el Casademont necesita encontrar regularidad y confianza. La victoria contra el Joventut no será un premio de la suerte, sino el resultado de un trabajo serio, constante y colectivo. Solo así se puede soñar con la gloria. De lo contrario, la lotería seguirá siendo solo eso: un sueño imposible de alcanzar sin el boleto del esfuerzo diario.

Referencias