La figura de Cristiano Ronaldo ha generado debate constante en el mundo del fútbol. Su talento indiscutible se ha visto opacado en los últimos años por actitudes que ponen en tela de juicio su compromiso con el espíritu colectivo del deporte. Estas actitudes, popularmente conocidas como 'cristianadas', representan una visión del fútbol donde los intereses personales priman por encima de cualquier consideración grupal.
El fenómeno no es nuevo. Desde sus inicios en el Sporting de Lisboa, el portugués mostró una ambición desmedida que lo catapultó desde Madeira hasta las grandes ligas europeas. Sin embargo, esa misma ambición ha mutado en una insatisfacción crónica que lo hace incompatible con cualquier proyecto que no gire exclusivamente en torno a su figura.
La transformación del héroe al antihéroe
Cuando un joven Cristiano aterrizó en Manchester United, el mundo vio nacer a una promesa. Su trabajo etéreo, su disciplina y su deseo de superación lo convirtieron en un referente para una generación. Pero con el tiempo, esa dedicación se tornó en obsesión. Los goles de sus compañeros dejaban de ser celebraciones colectivas para convertirse en amenazas a su estatus.
Su llegada al Real Madrid marcó la cúspide de su carrera. Allí, junto a figuras como Karim Benzema, Gareth Bale y Sergio Ramos, formó parte de uno de los equipos más dominantes de la historia. Pero incluso en esos momentos de gloria, las señales de alerta estaban presentes. Gestos de frustración ante goles ajenos, reclamaciones constantes al cielo y una necesidad patológica de ser el centro de atención.
La regresión en Arabia Saudita
El traslado a la Liga Saudí no ha hecho más que exacerbar estas tendencias. Lejos de la exigencia de las grandes ligas europeas, Ronaldo encontró un ecosistema donde su figura es tratada con una reverencia casi divina. Los dirigentes de la liga parecen más interesados en explotar su imagen que en construir un proyecto deportivo sólido.
Este contexto ha permitido que el portugués exporte sus conflictos a una escena global. Su reciente negativa a enfrentarse al Al Riyadh, motivada por el fichaje de Benzema por el Al Hilal, demuestra cómo su ego ya no cabe ni siquiera en un vestuario diseñado a su medida. La decisión de no jugar no es una protesta legítima, sino una manifestación de poder que pone en riesgo la integridad competitiva del campeonato.
El síndrome Benjamin Button del fútbol
El caso de Ronaldo presenta una paradoja fascinante: mientras su cuerpo envejece, su comportamiento muestra una regresión en términos de madurez emocional. A sus 38 años, actúa con la impulsividad de un adolescente que no ha aprendido a gestionar la frustración.
Esta regresión contrasta brutalmente con el jugador que llegó a Manchester siendo prácticamente un niño, pero con una responsabilidad y profesionalidad que superaba a veteranos de la plantilla. El Ronaldo de 2003 parecía dispuesto a sacrificarlo todo por el equipo. El Ronaldo de 2024 sacrifica al equipo por todo.
El impacto en el legado
La pregunta que muchos se hacen es cómo estas actitudes afectarán al recuerdo que dejará cuando cuelgue las botas. Su palmarés es innegable: cinco Champions League, cinco Balones de Oro, múltiples ligas nacionales y un sinfín de récords individuales. Pero los números no cuentan toda la historia.
Los grandes deportistas son recordados no solo por lo que ganaron, sino por cómo lo hicieron. La elegancia de Di Stéfano, la humildad de Messi, la entrega de Maldini... estos atributos construyen un legado perdurable. El ego desmedido, por el contrario, tiñe de amargura incluso los logros más brillantes.
El futuro incierto
¿Qué sigue para Cristiano Ronaldo? Su contrato con el Al Nassr le mantiene atado a Arabia Saudita hasta 2025, pero su influencia ya trasciende el terreno de juego. Cada decisión que toma, cada conflicto que genera, se convierte en un precedente para futuras estrellas que puedan seguir su camino.
La liga saudí, por su parte, enfrenta un dilema. Por un lado, necesita de su figura para ganar relevancia internacional. Por el otro, cada 'cristianada' nueva erosiona la credibilidad del proyecto. Es un equilibrio peligroso que podría terminar costando más de lo que aporta.
Conclusión: El mueble que no encaja
Quizás el verdadero problema nunca fueron los muebles demasiado grandes para la casa madrileña, como bromeó Georgina en su serie documental. El problema es el tamaño del ego, que ya no cabe en ningún vestuario, en ninguna liga y en ningún proyecto que no sea diseñado exclusivamente para satisfacer sus deseos.
El fútbol, en su esencia, sigue siendo un deporte colectivo. No importa cuánto brille una estrella individual si no logra elevar al equipo. Y en ese sentido, las 'cristianadas' representan el antídoto perfecto contra el espíritu del juego.
Cuando la historia juzgue a Cristiano Ronaldo, no lo hará solo por los goles anotados o los títulos conquistados. Lo hará por su capacidad —o incapacidad— de entender que ningún jugador es más grande que el deporte que practica. Y en esa cuenta, cada actitud egoísta suma un punto en contra de un legado que, por méritos deportivos, debería ser intachable.