El 9 de enero de 1959 quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de Ribadelago, un pequeño municipio de apenas 500 habitantes ubicado en la provincia de Zamora. Esa madrugada, la presa de Vega de Tera cedió de forma catastrófica, liberando una avalancha de agua que arrasó completamente el núcleo urbano y dejó un saldo devastador: 144 personas fallecidas, desde lactantes de apenas un mes hasta ancianos de 90 años.
## El contexto de una construcción apresurada
Tres años antes, en 1956, se había inaugurado la central hidroeléctrica del salto de Moncabrils, una infraestructura promovida durante la dictadura franquista como símbolo de progreso y modernización. Muchos vecinos de Ribadelago habían participado en su construcción, desconociendo que el proyecto que les daba trabajo terminaría convirtiéndose en su peor pesadilla.
La presa, construida con evidentes signos de premura, almacenaba millones de metros cúbicos de agua a escasos kilómetros del pueblo. Las autoridades de la época priorizaron la producción energética por encima de los rigurosos estándares de seguridad, una práctica común durante un régimen obsesionado con grandes obras que proyectaran una imagen de potencia y desarrollo.
## El testimonio de María Jesús Otero
Entre los pocos supervivientes que aún pueden contar lo sucedido se encuentra María Jesús Otero, quien tenía apenas 10 años cuando la tragedia se desató. Su relato, preservado durante más de seis décadas, ofrece una visión desgarradora de aquella noche fatídica.
"Nosotros estábamos acostados durmiendo y, de pronto, yo me desperté porque oí gritos", recuerda María Jesús con voz queda. La confusión inicial duró apenas segundos. "Le dije a mi padre 'papá, la gente está gritando' y él dijo 'la presa ha reventado', no necesitó nada más para saber que era la presa", afirma con la certeza de quien ha revivido ese momento innumerables veces.
La respuesta inmediata de su padre revela una preocupación latente entre los habitantes de Ribadelago. La presa era una amenaza conocida, un peligro potencial que pesaba sobre el pueblo como una espada de Damocles. Cuando finalmente cedió, el agua recorrió un cañón de casi 500 metros de desnivel, tardando entre 20 y 24 minutos en alcanzar las primeras viviendas.
## La noche del desastre
La escena que se vivió aquella madrugada era apocalíptica. "No había luz, la electricidad se había ido, no había luna", describe María Jesús, subrayando la oscuridad total que acompañó la llegada del agua. La falta de iluminación dificultó aún más las labores de evacuación y rescate, convirtiendo la huida en una carrera contra el tiempo a ciegas.
La suerte quiso que la casa de la familia Otero estuviera situada en un altozano, frente a una vega que actuó como zona de amortiguamiento contra la tromba de agua. Esta ubicación geográfica, aparentemente insignificante, marcó la diferencia entre la vida y la muerte. "Frente a mi casa había una vega y esto fue lo que evitó que se nos llevara", explica con mezcla de alivio y pesar, conscientes de que muchos de sus vecinos no tuvieron la misma fortuna.
## El devastador balance humano
Las cifras oficiales del desastre son escalofriantes. De las 144 personas que perdieron la vida, solo se recuperaron 28 cadáveres. El resto quedó sepultado bajo el lodo, arrastrado por las corrientes o desapareció sin dejar rastro. La tragedia no hizo distinciones: afectó a todas las generaciones, desde recién nacidos hasta personas de edad avanzada.
La magnitud del desastre superó con creces las capacidades de respuesta de una España rural de finales de los 50, aún sumida en la autarquía y con recursos limitados. Los supervivientes se encontraron abandonados a su suerte, sin apoyo psicológico ni asistencia adecuada en los días posteriores.
## Las secuelas y el olvido institucional
Sin embargo, para María Jesús Otero y otros supervivientes, el peor momento llegó después. "El mayor dolor que tengo es cómo nos trataron después, o sea, las humillaciones que nos hicieron, pero después y hasta hoy", denuncia con voz quebrada por el resentimiento acumulado durante décadas.
Estas palabras revelan una dimensión menos conocida de la tragedia: el trato vejatorio que recibieron los afectados por parte de las autoridades. En lugar de recibir apoyo y solidaridad, los supervivientes fueron objeto de humillaciones y menosprecio. El régimen franquista, temeroso de que el desastre manchara su imagen de eficiencia y progreso, optó por el silencio y el desprecio hacia las víctimas.
Este patrón de comportamiento no fue aislado. Durante décadas, el franquismo promovió la construcción masiva de presas y pantanos como emblemas de su política desarrollista, a menudo sin los controles técnicos y ambientales necesarios. La tragedia de Ribadelago quedó minimizada en los archivos oficiales, convertida en un mero accidente sin responsables políticos ni técnicos.
## El legado de las presas franquistas
El caso de Ribadelago no fue único, aunque sí el más mortífero. Durante la dictadura, España se convirtió en uno de los países con mayor densidad de presas por kilómetro cuadrado en Europa. Muchas de estas infraestructuras, levantadas con criterios políticos antes que técnicos, presentan problemas de seguridad que persisten hasta hoy.
Recientemente, durante episodios de fuertes lluvias como la DANA, han resurgido debates sobre la seguridad de estas construcciones. En redes sociales, algunos usuarios compartieron mapas atribuyendo a la actual administración central la demolición de presas construidas por Franco, generando polémica sobre la gestión del legado hidráulico del franquismo.
Sin embargo, la realidad es más compleja. Muchas de estas infraestructuras han requerido importantes inversiones en mantenimiento y refuerzo estructural, mientras que otras han sido desmanteladas por obsoletas o peligrosas. La falta de transparencia en los informes técnicos y la escasa memoria histórica sobre desastres como Ribadelago dificultan un debate informado.
## Memoria histórica y justicia
A más de 65 años del desastre, la voz de supervivientes como María Jesús Otero adquiere un valor incalculable. Su testimonio no solo preserva la memoria de las víctimas, sino que también denuncia las injusticias sufridas por quienes sobrevivieron. La lucha por el reconocimiento oficial y el tratamiento digno de las víctimas continúa vigente.
La memoria histórica no se limita a recuperar nombres de desaparecidos durante la Guerra Civil y la posguerra. También debe incluir tragedias como la de Ribadelago, donde las políticas de un régimen dictatorial causaron muertes evitables y generaron sufrimiento prolongado entre la población civil.
Para las familias afectadas, el cierre no llegó con el enterramiento de los pocos cuerpos recuperados. Llegará cuando se reconozca oficialmente la negligencia, se depuren responsabilidades históricas y se honre dignamente a las víctimas. Mientras tanto, cada aniversario sirve para reavivar la llama de la memoria y exigir que hechos como este no vuelvan a repetirse.
La historia de Ribadelago es una advertencia sobre los riesgos de priorizar la propaganda política por encima de la seguridad ciudadana. Es un recordatorio de que las infraestructuras mal planificadas y ejecutadas sin los debidos controles pueden convertirse en armas de destrucción masiva. Pero sobre todo, es un homenaje a la resiliencia de sus supervivientes, que tras décadas de silencio forzado, alzan su voz para que la verdad no caiga en el olvido.