Iñaki Urdangarin ha roto su silencio en una reveladora conversación con Jordi Évole, donde ha desgranado los momentos más oscuros de su paso por prisión y el impacto emocional que tuvo en su vida. La entrevista, que se ha convertido en uno de los momentos televisivos más comentados de los últimos días, ha dejado ver una faceta desconocida del exduque de Palma, lejos de la imagen pública que se había construido durante años.
Durante el encuentro, Urdangarin no ha eludido ninguna pregunta y ha hablado con una franqueza que ha sorprendido a propios y extraños. Uno de los momentos más intensos llegó cuando Évole le interrogó sobre su estancia en el centro penitenciario. La decisión de ubicarlo en un módulo especial dentro de una cárcel de mujeres generó controversia en su momento, siendo interpretada por muchos como un privilegio inmerecido. Sin embargo, el exmarido de la infanta Cristina ha desmontado esa percepción, asegurando que fue todo lo contrario.
"En la elección tuvieron peso dos factores fundamentales: la seguridad o la soledad", explicó Urdangarin con un tono reflexivo. La alternativa era clara: ingresar en un centro de población general, rodeado de presos comunes, o aislarse en un módulo especial donde la soledad sería su única compañía. Finalmente, se optó por la segunda vía, una decisión que él mismo reconoció que le costó asimilar. "No lograba entender que esta fuera la mejor opción", reconoció durante la entrevista.
La comparación con otros casos conocidos ha resultado inevitable. Urdangarin reveló que mantuvo una conversación reciente con Sandro Rosell, quien también pasó por prisión, y quien le comentó que su experiencia en Soto del Real había sido completamente diferente. "Me decía que era mejor que me hubiera ido donde estaba él, que había muy buen ambiente", relató el exduque. Sin embargo, Urdangarin dejó claro que nunca se le ofreció esa posibilidad: "No lo sabía. No me dieron esa oportunidad".
La falta de comunicación y la sensación de haber sido apartado sin opción marcó profundamente al exduque. Una de sus primeras reacciones tras conocer su destino fue contactar con la persona que había tomado esa determinación. "Le llamé para decirle: 'no sabes lo que me has hecho'", confesó Urdangarin, quien identificó a ese responsable como el director de seguridad de las infantas. "Le dije que eso era una barbaridad para mí", añadió, mostrando su descontento con una decisión que consideró desproporcionada.
Los primeros meses en prisión fueron un auténtico calvario para Urdangarin, quien no dudó en calificar su estado emocional como de absoluta desestabilización. "No conseguí estabilizar mis emociones ni tener pensamientos positivos", admitió con sinceridad. La incertidumbre sobre lo que ocurría fuera le consumía: "Siempre me preguntaba qué estaría pasando con mi familia, con mi entorno".
El rencor y la impotencia se convirtieron en sus compañeros constantes. Urdangarin reconoció que no fue su mejor versión durante aquella etapa inicial, y que el grado de hundimiento al que llegó fue preocupante. "Llorar sin parar, pasear por el patio con un rencor increíble hacia situaciones y personas que vivimos durante la defensa...", enumeró, describiendo un panorama desolador que incluso sus visitas podían percibir claramente.
El momento más crudo llegó cuando Évole le preguntó directamente si había pensado en abandonarlo todo, si la idea de "borrarse" se le había pasado por la cabeza. La respuesta fue contundente y desgarradora al mismo tiempo: "Sí, pero había gente que estaba haciendo lo mismo que yo desde fuera". Esa gente era su familia, su pilar fundamental. Mis hijos se estaban entregando a muerte para que todo estuviera bien y doña Cristina estaba haciendo todo lo posible para que fuera adelante, relató con visible emoción.
El apoyo familiar se convirtió en su tabla de salvación. Urdangarin destacó que siempre había alguien en los locutorios, siempre había una voz que le recordaba que el amor y el cariño seguían presentes fuera de las rejas. "Mis hermanos también estaban, y eso no te permite soltar y tener pensamientos negativos", explicó, reconociendo que sin ese respaldo, su historia podría haber sido muy diferente.
La entrevista también sirvió para remarcar una fecha que Urdangarin tiene grabada a fuego en su memoria: el 7 de noviembre de 2011. "Ahí es cuando se gira la moneda y empieza la otra cara", definió, señalando ese día como el punto de inflexión donde su vida dio un giro radical e inesperado. Desde entonces, nada volvió a ser igual para él ni para su familia.
El relato de Urdangarin ha generado una oleada de reacciones en la opinión pública. Mientras algunos han mostrado empatía con su sufrimiento, otros han recordado las razones que le llevaron a prisión. La entrevista con Évole, sin embargo, no buscaba justificar sino mostrar la dimensión humana de una persona que ha pagado su condena y que ahora intenta rehacer su vida.
El periodista catalán ha conseguido que Urdangarin hable con una libertad inusitada, desvelando detalles íntimos que hasta ahora había guardado en su fuero interno. La conversación ha permitido vislumbrar el coste emocional que conlleva una condena, más allá de los años de cárcel. La soledad, el rencor, la impotencia y la lucha por mantener la cordura en un entorno hostil son elementos que conforman una realidad que pocos conocen de primera mano.
La reflexión final de Urdangarin deja claro que, pese a los momentos de oscuridad, la conexión con su familia fue el faro que le guió en la tormenta. La entrega incondicional de sus hijos y el apoyo de la infanta Cristina, a pesar de las circunstancias, constituyeron el escudo que le protegió de los peores pensamientos. "Siempre había alguien", repitió, subrayando la importancia de no sentirse abandonado.
La entrevista, disponible en atresplayer.com en dos partes, se ha convertido en un documento televisivo que retrata la vulnerabilidad de un personaje que, durante años, fue sinónimo de privilegio y poder. Hoy, su historia sirve para reflexionar sobre el impacto real del cumplimiento de una condena y la capacidad de resiliencia que requiere superarla.