Si la compleja relación entre Estados Unidos y China fuera llevada al cine, los espectadores asistirían a un thriller geopolítico de alto voltaje. La trama contendría tensión constante, giros inesperados y un suspenso que mantendría en vilo a la audiencia. En este escenario, dos potencias globales se enfrentan con miradas fijas, mientras una banda sonora de intriga ambienta el conflicto. Entre ambas, un tercer protagonista emerge como objeto de deseo: América Latina, región rica en recursos y potencial económico.
La rivalidad entre Washington y Pekín ha alcanzado nuevas cotas de intensidad tras la decisión del presidente Donald Trump de intensificar la presión sobre Venezuela. Este movimiento ha transformado a Sudamérica en un terreno estratégico decisivo del tablero internacional, aunque sin que los países de la región buscaran activamente este papel. El avance paciente y sostenido de China en Latinoamérica representa uno de los fenómenos geopolíticos más significativos y, paradójicamente, menos analizados de las últimas décadas.
La respuesta oficial china no se hizo esperar. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Mao Ning, dejó clara la postura de Pekín hace apenas unos días: "Todos los países de América Latina son Estados independientes y soberanos, y tienen pleno derecho a elegir de manera autónoma a sus socios comerciales y estratégicos". Esta declaración subraya el principio de no injerencia que China ha predicado consistentemente en sus relaciones con la región.
El foco del conflicto actual reside en Venezuela y su petróleo. En una reciente reunión con ejecutivos de importantes petroleras estadounidenses, Trump lanzó un mensaje contundente: China únicamente podrá adquirir crudo venezolano bajo supervisión y control estadounidense. Esta afirmación, dirigida tanto a empresarios norteamericanos como a Pekín, marca una línea en la arena. Según el experto Xulio Ríos, exdirector del Observatorio de la Política China, las acciones de Trump "tienen mucho que ver con la marginación de la influencia china en Latinoamérica".
El plan chino no es improvisado, sino el resultado de una estrategia de largo alcance documentada desde hace años. Como explica Xulio Ríos en declaraciones a RTVE Noticias, Pekín estableció su hoja de ruta para la región en 2008, y la ha actualizado sistemáticamente en 2016 y, más recientemente, en 2025. Estos documentos oficiales revelan la intención china de anticiparse a posibles cambios en la política exterior tanto de la Unión Europea como, principalmente, de Estados Unidos.
La presencia china en América Latina se ha construido mediante una red compleja de intercambios comerciales, inversiones directas y financiamiento que posicionan a la República Popular China en una situación privilegiada. La economista experta en Asia, Alicia García-Herrero, advierte que es ingenuo "pensar que a China solo interesa el Pacífico porque sus ambiciones son globales". Su presencia en Latinoamérica forma parte de un proyecto de expansión mundial que busca diversificar sus alianzas y reducir dependencias.
La relevancia de América Latina para China trasciende el mero volumen comercial. La región constituye una de las mayores reservas mundiales de recursos naturales estratégicos, convertida en proveedor esencial para la maquinaria económica china. Los 650 millones de habitantes latinoamericanos representan un mercado con enorme potencial de crecimiento, particularmente atractivo para sectores como la tecnología avanzada, infraestructura de transporte y energías renovables.
Más allá de las cifras, Latinoamérica ofrece a Pekín una vía de diversificación geopolítica que le permite expandir su influencia más allá de su periferia inmediata. Cada país de la región se convierte en un nodo de una red global que China teje con paciencia estratégica, mientras Washington parece reaccionar con medidas más contundentes pero a veces aisladas.
La disputa actual por Venezuela ilustra esta dinámica. Mientras Estados Unidos impone condiciones y controles, China defiende el libre comercio y la autonomía de los países latinoamericanos. Esta confrontación de principios refleja dos visiones del orden mundial: un multilateralismo comercial defendido por Pekín versus un unilateralismo regulador promovido por Washington.
El escenario latinoamericano se complica por la historia reciente. Durante décadas, la región ha sido considerada por Estados Unidos como su patio trasero estratégico, una concepción que China rechaza explícitamente. La llegada de la potencia asiática ofrece a los países latinoamericanos una alternativa de financiamiento e inversión sin las condiciones políticas que tradicionalmente exigía Washington.
Sin embargo, esta alternativa plantea sus propios desafíos. La dependencia económica puede cambiar de amo, pero sigue siendo dependencia. Los países latinoamericanos deben navegar entre estas dos potencias sin perder su soberanía económica y política, un equilibrio cada vez más difícil de mantener.
El futuro inmediato sugiere que la tensión se mantendrá. Las actualizaciones del plan chino cada ocho años aproximadamente demuestran una planificación metódica, mientras las políticas estadounidenses parecen más reactivas y sujetas a cambios administrativos. Venezuela es solo el capítulo más reciente de una saga que continuará escribiéndose en toda la región.
América Latina se ha convertido, sin buscarlo, en el corazón del pulso geopolítico del siglo XXI. Sus recursos, su mercado y su posición geográfica la convierten en un premio estratégico invaluable. La película continúa, el thriller no ha terminado, y el suspenso sobre quién influirá más en el futuro de la región mantiene en vilo a observadores y analistas de todo el mundo.