La figura de la princesa Irene de Grecia ha dejado un vacío imborrable en la familia real española. Fallecida la semana pasada, su hermana, la reina Sofía, ha perdido no solo a su compañera de toda la vida, sino también a la persona que, durante décadas, sirvió como puente generacional entre la monarquía y sus descendientes. Aquella mujer que respondía cariñosamente al apodo de Tía Pecu fue mucho más que un simple pariente: fue confidente, cómplice y referente para todos los nietos de los reyes eméritos.
El sobrenombre, lejos de ser un mero diminutivo, surgió de la palabra "peculiar" y reflejaba perfectamente su personalidad única. Documentado incluso en correos electrónicos del caso Nóos, donde Iñaki Urdangarin consultaba a la reina Sofía sobre el estado de "Tía Pecu", el apodo circulaba con naturalidad por todos los estratos familiares. A la princesa le divertía esta denominación, asumiéndola con el humor sutil y la humildad que la caracterizaban.
Desde su residencia en el Palacio de la Zarzuela, donde mantenía su propio espacio e incluso su propio equipo de seguridad, Irene de Grecia tejió relaciones profundas con cada uno de sus sobrinos nietos. Su presencia constante en la vida diaria de la reina Sofía la convirtió en un referente inevitable para las infantas Leonor y Sofía de Borbón, quienes durante su infancia en Madrid la veían con asiduidad. El rey Felipe VI, consciente de la importancia de los lazos familiares, estableció la rutina de que sus hijas visitaran a su abuela materna al menos una vez por semana, encuentros donde la princesa griega siempre estuvo presente.
Las famosas fiestas de pijama en Zarzuela se convirtieron en un ritual entrañable. La reina Sofía organizaba estas veladas exclusivamente femeninas, donde sus nietas se reunían para compartir risas, secretos y momentos de desconexión. Irene Urdangarin, al residir fuera de España, aprovechaba sus visitas a Madrid para sumarse a estas reuniones junto a sus primas Victoria de Marichalar y las infantas. La princesa Irene de Grecia era la anfitriona perfecta, creando un ambiente relajado y acogedor lejos de las formalidades palaciegas.
La conexión con los Urdangarin adquirió una intensidad particular durante los años de turbulencia judicial. Tras el exilio forzoso de la familia y la crisis desatada por el caso Nóos, el apoyo de los abuelos maternales se volvió fundamental. La princesa Irene, junto a la reina Sofía, se convirtió en pilar emocional para los hijos de la infanta Cristina. Este respaldo quedó patente durante el funeral celebrado en Grecia, donde Pablo Urdangarin no pudo contener el llanto, mostrando una emoción contenida que revelaba la profundidad del vínculo.
Los Marichalar, aunque en ocasiones percibidos como más distantes del núcleo principal, también disfrutaron de la cercanía de su tía abuela. Victoria, la única nieta de los reyes eméritos que ha mantenido una vida más alejada del foco mediático, compartió con ella momentos de intimidad que escaparon a la opinión pública. La princesa Irene nunca hizo distinciones de status, tratando a todos sus descendientes con el mismo cariño desinteresado.
Lo que hacía verdaderamente especial a esta mujer era su personalidad bohemia y desenfadada, inusual en el contexto de las monarquías europeas. Nacida en Ciudad del Cabo durante el exilio de la familia griega, su infancia transcurrió entre la India y palacios decadentes, donde las ratas convivían con joyas de incalculable valor. Esta formación atípica forjó en ella un espíritu libre, con aires hippies que fascinaban a las nuevas generaciones.
Su actitud despreocupada frente a los protocolos rígidos la convirtió en un referente refrescante para los jóvenes. Mientras otros miembros de la realeza se ajustaban a estrictas normas de comportamiento, Tía Pecu transmitía valores de autenticidad y sencillez. No le importaba el lujo ostentoso ni las apariencias, sino la calidad de las relaciones humanas.
En los últimos años, su salud se había deteriorado, pero su espíritu permaneció intacto. Los nietos continuaron visitándola, conscientes de que cada encuentro era un tesoro. La princesa Irene representaba el último vínculo vivo con una época donde la realeza tenía rostro humano, donde las familias reales podían mostrarse vulnerables y cercanas.
El legado de Tía Pecu trasciende su título nobiliario. Dejó en sus nietos la enseñanza de que la verdadera grandeza no reside en el pedigree, sino en la capacidad de amar sin condiciones. En un mundo donde la monarquía española ha enfrentado crisis de legitimidad y escándalos mediáticos, ella personificó la integridad y la lealtad familiar.
Su funeral en Grecia reunió a toda la parentela, mostrando una unidad que rara vez se ve en público. Las lágrimas de Pablo Urdangarin, la solemnidad de las infantas, la conmoción de la reina Sofía: todos los gestos reflejaban el mismo dolor por la pérdida de quien había sido el alma de la familia. Una mujer que prefirió el cariño genuino al glamour vacío, que eligió la compañía de sus seres queridos sobre cualquier privilegio.
La historia de la princesa Irene demuestra que las familias reales, detrás de los muros palaciegos, comparten las mismas dinámicas que cualquier hogar español: abuelas que organizan pijamadas, tías que se convierten en segundas madres, y apodos que perduran como muestra de afecto. Tía Pecu no será recordada por su linaje, sino por haber tejido una red de amor que sostuvo a una familia en sus momentos más oscuros. Su memoria perdurará en cada risa compartida, en cada recuerdo de infancia, en cada vez que sus nietos pronuncien con cariño ese apodo que la hizo eternamente humana.