El trayecto en autobús desde el aeropuerto de Zúrich hasta Davos, en el cantón de los Grisones, dura casi tres horas. Durante el recorrido, el termómetro marca 14 grados en varios tramos de un paisaje imponente, entre lagos cristalinos y picos alpinos. Curiosamente, las montañas aparecen casi desprovistas de su manto blanco, incluso en pleno enero, en el corazón de Suiza.
Esa sensación de que nada es lo que solía ser persiste al llegar a destino. Lo verdaderamente complejo, sin embargo, es intentar vislumbrar lo que vendrá a partir de ahora.
El espíritu del diálogo es el lema con el que la organización del Foro Económico Mundial ha presentado esta edición, con la aspiración de que los mandatarios globales entablen conversaciones orientadas al futuro, aborden los desafíos planetarios y establezcan prioridades conjuntas.
La realidad es que este evento, con más de cincuenta años de trayectoria, llega en un momento en el que Donald Trump ha llevado la tensión entre el gobierno de Estados Unidos y Europa a niveles no registrados en ocho décadas de arquitectura de seguridad occidental compartida.
Los organizadores anunciaron que el mandatario norteamericano acudirá acompañado de media docena de secretarios de Estado, conformando la delegación más numerosa de una administración estadounidense desde la creación de este encuentro hace más de medio siglo.
En Davos, Trump se reunirá con varios de los principales líderes europeos y aliados de la OTAN a quienes ha amenazado con aranceles inmediatos por participar en maniobras militares en Groenlandia, a petición del gobierno danés.
Entre los paneles sobre salud pública, migración, sistemas crediticios y mercados emergentes que pueblan la agenda, destaca una mesa redonda que reunirá al secretario general de la OTAN, Mark Rutte; al presidente polaco y aliado de Trump, Carol Nawrocki; al jefe de Estado finlandés, Alexander Stubb, y a la presidenta del Banco Europeo de Inversiones, Nadia Calviño. El título de la sesión es provocador: ¿Puede Europa defenderse a sí misma? A esa pregunta, quizás habría que añadir: ¿Y de quién exactamente?
Foros como el de Davos o la Conferencia de Seguridad de Múnich han sustentado durante décadas la colaboración atlantista. Sin embargo, la edición muniquesa de 2025 representó una cruda introducción a la nueva era, una muestra del pensamiento de la Administración Trump respecto a los europeos.
El vicepresidente Vance dejó las cosas claras apenas unos días después de la investidura. Desde el podio en la capital bávara, bajo la atenta mirada de los estadistas del viejo continente, Vance afirmó que ni China ni Rusia representaban una amenaza para Europa.
"El retroceso de Europa respecto a algunos de sus valores más fundamentales viene desde dentro", declaró en un discurso donde proclamó que la inmigración significa el fin de la civilización europea y que las capitales deberían avergonzarse de regular la desinformación en redes sociales o de excluir a formaciones de extrema derecha como Alternativa para Alemania de eventos como el de Múnich. Cabe recordar que el gobierno de Trump hizo campaña explícitamente a favor de dicho partido en las elecciones federales alemanas.
Once meses después, los líderes comunitarios intentan sobreponerse al estupor causado por la amenaza de una desvinculación estadounidense. La pregunta ya no es si Washington cambiará su postura, sino cuán rápido lo hará y qué tan lejos llegará.
El clima de incertidumbre se palpa en los pasillos del Foro. Los ejecutivos y políticos europeos se interrogan sobre el futuro de la relación transatlántica, mientras intentan diseñar una estrategia que les permita mantener la cohesión sin provocar una ruptura definitiva con su aliado más poderoso.
La dependencia estratégica de Europa respecto a Estados Unidos nunca había sido cuestionada de forma tan abierta. Desde la seguridad defensiva hasta la estabilidad económica, pasando por el liderazgo tecnológico, los pilares de la alianza se resquebrajan en tiempo real.
En este contexto, la pregunta sobre la capacidad de autodefensa de Europa adquiere un cariz urgente. No se trata solo de capacidades militares, sino de soberanía estratégica en múltiples dimensiones: energética, digital, industrial y diplomática.
Los líderes europeos saben que cualquier movimiento hacia la autonomía estratégica será interpretado por Trump como una traición. Pero la inacción, o la mera sumisión, podría significar aceptar un nuevo orden donde los intereses europeos sean secundarios.
Davos 2025, por tanto, no es solo otro foro empresarial. Es el escenario geopolítico donde se negocia el futuro del orden liberal occidental. Las sonrisas forzadas y los apretones de manos no ocultan la tensión subyacente: estamos ante un punto de inflexión histórico.
La diplomacia preventiva es el término que algunos analistas usan para describir lo que Europa intenta hacer en Davos: anticipar las demandas de Trump, ofrecer concesiones en áreas comerciales, y evitar así el choque frontal. Pero la experiencia de los últimos meses sugiere que este enfoque puede ser insuficiente.
Mientras tanto, el resto del mundo observa con atención. China ve una oportunidad para expandir su influencia en un continente desorientado. Rusia celebra cada grieta en la unidad occidental. Y los países del Sur Global, cada vez más influyentes, prefieren mantenerse al margen de una confrontación que no es la suya.
El legado de Davos siempre ha sido el de un laboratorio de ideas para la globalización. Hoy, sin embargo, la globalización misma está en cuestión. El nacionalismo económico de Trump, su desdén por las instituciones multilaterales y su concepción del poder como un juego de suma cero desafían los principios fundacionales del Foro.
En los paneles técnicos, los expertos discuten sobre cadena de suministro, transición energética y regulación de la inteligencia artificial. Pero en los pasillos, en las reuniones bilaterales, el tema dominante es uno solo: cómo gestionar la nueva realidad americana sin fracturar el continente.
La respuesta europea está lejos de ser monolítica. Los países del este, más dependientes de la protección estadounidense ante la amenaza rusa, tienden a la cautela. Los del norte, tradicionalmente atlantistas, buscan un equilibrio difícil. Y los del sur, con vínculos comerciales más diversificados, exploran opciones alternativas.
La cumbre de Davos se cierra sin acuerdos formales sobre esta cuestión, pero con un diagnóstico compartido: el statu quo ha terminado. Lo que viene puede ser una renegociación constante, una tensión permanente, o una transformación profunda de las alianzas occidentales.
El autobús de regreso a Zúrich recorre las mismas carreteras alpinas, pero la sensación es diferente. La nieve que falta en las cumbres parece una metáfora de la certeza que ha desaparecido de la política internacional. Davos 2025 no ha traído respuestas, pero sí ha dejado claro que las preguntas son más urgentes que nunca.
El futuro del orden internacional ya no se escribe en tratados multilaterales, sino en negociaciones bilaterales de poder. Y Europa debe decidir si quiere ser protagonista de su propia historia o un actor secundario en un guión escrito en Washington.