El ex senador del Partido Nacionalista Vasco (PNV) Iñaki Anasagasti, quien nació en Caracas hace más de siete décadas, ha expresado su rotundo respaldo a los recientes acontecimientos que sacuden Venezuela. En una entrevista concedida a Europa Press, el veterano político vasco no ha ocultado su satisfacción ante la posible salida del poder de Nicolás Maduro, a quien califica sin ambages como un dictador.
Anasagasti, que conserva profundos vínculos emocionales y familiares con el país sudamericano, ha defendido con contundencia la necesidad de una intervención internacional para poner fin a lo que considera una larga noche de autoritarismo. "Maduro es un dictador, no había forma de sacarle del poder y hubiera muerto como Franco en la cama", ha declarado tajantemente, estableciendo un paralelismo histórico que no deja lugar a dudas sobre su posicionamiento ideológico.
La postura del ex parlamentario vasco resulta particularmente significativa por su doble condición: como miembro de una formación históricamente vinculada al nacionalismo democrático y como alguien que vivió en primera persona la experiencia de la diáspora venezolana. Su voz añade así una perspectiva única al debate europeo sobre la crisis política que atraviesa la nación caribeña.
Justificación de la intervención
En sus declaraciones, Anasagasti ha dejado claro que, en este caso concreto, la soberanía nacional no puede servir de escudo para proteger regímenes dictatoriales. "Yo no protesto por la intervención para sacar del poder a un dictador", ha afirmado con rotundidad, desmarcándose así de las posturas más ortodoxas del derecho internacional que priorizan la no injerencia en asuntos internos de Estados soberanos.
Este planteamiento, controvertido desde el punto de vista del derecho internacional, refleja la frustración acumulada durante años por parte de sectores de la oposición venezolana y sus aliados internacionales. Para Anasagasti, la gravedad de la situación humanitaria y la ausencia de vías democráticas legítimas justificarían medidas excepcionales. El ex senador insiste en que las dictaduras, por su propia naturaleza, no pueden ser combatidas únicamente con los instrumentos propios de la democracia liberal.
Crítica al Ejecutivo de Pedro Sánchez
Uno de los aspectos más destacados de sus declaraciones ha sido la dura reprimenda al Gobierno español, encabezado por Pedro Sánchez. Anasagasti ha calificado de "muy equidistante" el comunicado oficial emitido por La Moncloa, mostrando su descontento con una diplomacia que, a su juicio, no ha sabido posicionarse claramente del lado de la democracia.
"Maduro es un dictador y las dictaduras hay que combatirlas", ha enfatizado, cuestionando implícitamente la prudencia diplomática exhibida por el Ejecutivo socialista. Para el político vasco, la equidistancia en este contexto equivaldría a una forma de complicidad pasiva con el régimen, negando el apoyo moral que, según su opinión, debería brindarse a las fuerzas democráticas venezolanas.
Esta crítica se enmarca en un debate más amplio sobre el papel de España en Latinoamérica, donde la tradición de no intervención choca con las demandas de quienes exigen una postura más activa en defensa de los derechos humanos y las libertades democráticas. La doble nacionalidad de Anasagasti le confiere una autoridad moral adicional para cuestionar la política exterior del país que le acogió en su regreso de Venezuela.
Perspectivas de una transición incierta
A pesar de su optimismo inicial, Anasagasti ha mostrado cierta cautela respecto al futuro inmediato de Venezuela. "Hay una persona que ha sido elegida democráticamente, que es Edmundo González Urrutia. Veremos lo que pasa", ha señalado, reconociendo así la legitimidad electoral del líder opositor mientras advierte sobre las dificultades que acechan el proceso de transición.
El ex senador ha vaticinado una transición complicada para el país, consciente de que la salida de un régimen autoritario no garantiza automáticamente la estabilidad democrática. Los desafíos institucionales, económicos y sociales que enfrenta Venezuela son enormes, y la reconstrucción de un tejido democrático dañado durante más de dos décadas requerirá tiempo, esfuerzo y apoyo internacional sostenido.
Su mención específica a Edmundo González Urrutia, el candidato de la oposición que ha cuestionado los resultados oficiales de las elecciones presidenciales, refleja el reconocimiento de un proceso electoral que, según numerosos observadores internacionales, estuvo marcado por irregularidades. Anasagasti parece apostar por una solución negociada que reconozca la voluntad expresada en las urnas por millones de venezolanos.
La diáspora venezolana y sus esperanzas
Con la empatía de quien conoce de cerca el drama de la emigración forzosa, Anasagasti ha augurado una celebración por parte de la comunidad venezolana emigrante. Según su análisis, los millones de ciudadanos que han abandonado su país en los últimos años verían en estos cambios una oportunidad para que Venezuela retorne a "un camino de democracia, libertad de expresión y felicidad".
"El venezolano lo va a celebrar como lo celebramos todos", ha asegurado, identificándose así con la alegría colectiva que, en su opinión, debería despertar la perspectiva de un cambio de régimen. Esta afirmación revela su convicción de que la lucha por la democracia en Venezuela trasciende las fronteras partidistas y constituye un anhelo universal compartido por toda la sociedad, tanto dentro como fuera del país.
La diáspora venezolana, estimada en más de siete millones de personas según datos de la ONU, representa uno de los éxodos más grandes de la historia reciente de América Latina. Para muchos de estos exiliados, las últimas noticias desde Caracas reavivan esperanzas de retorno y de reconstrucción de un país que, durante años, pareció perdido para la democracia.
Descartando motivaciones económicas
En un contexto donde las teorías conspirativas abundan, Anasagasti ha querido despejar cualquier duda sobre los intereses que podrían mover a la comunidad internacional. "Trump no quiere el petróleo de Venezuela", ha declarado tajantemente, refiriéndose al expresidente estadounidense y a sus posibles motivaciones.
El político vasco ha calificado de "excusas imbéciles" aquellos argumentos que reducen la crisis venezolana a una lucha por el control de los recursos energéticos. Esta afirmación busca desmontar la narrativa, frecuente en ciertos sectores de la izquierda latinoamericana, que interpreta cualquier intervención externa como una maniobra neocolonial destinada a apoderarse de las riquezas naturales del país.
Para Anasagasti, la cuestión es esencialmente política y moral: se trata de derrocar a un régimen que ha violado sistemáticamente los derechos humanos y de restaurar la democracia. La simplificación económica, en su opinión, oscurece la verdadera naturaleza del conflicto y menosprecia el sufrimiento del pueblo venezolano.
Conclusiones de un observador privilegiado
Las declaraciones de Iñaki Anasagasti ofrecen una visión única sobre la crisis venezolana, marcada por su experiencia personal y su trayectoria política. Su apoyo explícito a la intervención internacional, su crítica al Gobierno español y su confianza en una transición democrática, aunque compleja, reflejan las esperanzas y los temores de quienes han seguido de cerca el deterioro de Venezuela.
El ex senador del PNV representa una voz moderada pero firme dentro del espectro político español, capaz de articular una crítica contundente al régimen de Maduro sin caer en los extremismos que a menudo polarizan el debate. Su llamamiento a combatir las dictaduras, su reconocimiento a la victoria electoral de la oposición y su empatía con la diáspora configuran un discurso coherente y moralmente comprometido.
En un momento en que la comunidad internacional debate cómo actuar frente a la crisis venezolana, las palabras de Anasagasti recuerdan que, más allá de las consideraciones geopolíticas y económicas, está en juego el futuro de millones de personas que anhelan recuperar su libertad y dignidad. Su voz, nacida de la experiencia vivida, contribuye a enriquecer un debate que no puede limitarse a los despachos diplomáticos, sino que debe escuchar el clamor de quienes han sufrido directamente las consecuencias de la dictadura.