Rugido de guerra en Jerusalén: La Operación del León sacude la ciudad durante Purim

Testimonios desde los refugios antibombas: israelíes celebran su festividad mientras palestinos denuncian la falta de protección en su sector

La mañana del 28 de febrero de 2026 irrumpió con estruendo en Jerusalén cuando las sirenas de alerta temprana anunciaron el inicio de la Operación Rugido del León, un ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra objetivos iraníes. La operación militar, que también alcanzó posiciones de Hezbolá en el sur del Líbano, transformó la jornada festiva del Purim—el carnaval hebreo—en una experiencia de tensión y refugio para los habitantes de la ciudad santa.

En la céntrica calle King George, a escasos metros de la histórica Jaffa, un hotel albergaba a decenas de jóvenes que celebraban el Sabbat, la jornada sagrada judía donde queda prohibido el uso de dispositivos electrónicos y se evita cualquier esfuerzo físico. La primera alerta sonó puntual a las 8:00 horas, marcando el comienzo de una serie de interrupciones que se repetirían hasta en cinco ocasiones durante la mañana, incluyendo una advertencia adicional al caer la tarde.

La respuesta de los huéspedes israelíes, veteranos en situaciones de emergencia, fue sorprendentemente serena. En el miklat—el refugio comunitario ubicado en la zona antigua de la urbe—el ambiente mantuvo una calma tensa mientras el sistema de defensa antimisiles Muro de Hierro, conocido internacionalmente como Patriot, interceptaba proyectiles iraníes que surcaban el cielo de Jerusalén. Las explosiones resonaban en la distancia, amortiguadas por los gruesos muros del refugio subterráneo.

El primer ministro Benjamin Netanyahu decretó inmediatamente el estado de emergencia, ordenando la evacuación de la Ciudad Vieja y paralizando la circulación peatonal. Las calles, habitualmente bulliciosas durante Purim, quedaron desiertas. Solo se permitía el desplazamiento para actividades esenciales, creando un escenario fantasmal en una de las ciudades más vibrantes del mundo.

Dentro del refugio del hotel, la espera se convirtió en una extraña mezcla de devoción y celebración. Familias enteras, turistas y trabajadores se agruparon en el espacio subterráneo, donde las oraciones y los cánticos festivos entonados por los israelíes sirvieron para hacer más llevadero el confinamiento. Los niños, con sus disfraces de Purim a medio terminar, jugaban en las esquinas mientras los adultos compartían alimentos kosher y revisaban sus teléfonos cuando la seguridad lo permitía.

Sin embargo, esta escena de comunidad no fue universal. Los trabajadores palestinos del establecimiento optaron por permanecer en sus puestos o en las áreas comunes, lejos del refugio protegido. Su decisión no nació de negligencia, sino de una cruda realidad: en el sector árabe de Jerusalén, los refugios antiaéreos son una rareza, no una norma.

"Cuando las sirenas suenan en nuestra zona, experimentamos una sensación ambivalente", confiesa a nuestro medio un empleado palestino que solicita el anonimato por temor a represalias. "Por un lado, sabemos que no estamos seguros. Por otro, sientes cierta satisfacción de que ellos por fin entiendan lo que vive la gente en Gaza. No tenemos miklat, no tenemos Muro de Hierro, pero tampoco sentimos pánico. Confiemos en que Dios nos protege", asegura este hombre que, durante toda la jornada, no descendió ni una sola vez al refugio subterráneo.

La disparidad en la protección civil entre ambas comunidades queda patente en momentos de crisis. Mientras los israelíes disponen de infraestructura defensiva de última generación y refugios en prácticamente cada edificio nuevo, los residentes palestinos de Jerusalén Este y otros barrios árabes deben enfrentar los ataques con la fe como único escudo.

Entre los refugiados del hotel se encontraba Monel Bercovich Dadia, una periodista israelí de 27 años residente en un edificio histórico cercano sin refugio propio. "Tuve que salir prácticamente en pijama cuando sonó la alarma. El minuto y medio que nos dan es muy poco tiempo para reaccionar", relata. Originaria de Haifa, Bercovich Dadia se trasladó a Jerusalén después de que un misil impactara frente a su vivienda en Tel Aviv durante los primeros días de la guerra con Hamás en octubre de 2023.

"Nadie desea esta situación, pero desafortunadamente nos hemos acostumbrado a vivir con ella. Es el precio que pagamos por estar aquí, aunque eso no lo hace justo ni normal", reflexiona la joven comunicadora mientras revisa sus notas en el refugio comunitario.

La Operación Rugido del León representa una escalada significativa en el conflicto regional. Netanyahu, en sus declaraciones oficiales, no dudó en comparar al régimen iraní con el demonio Amán, el villano del libro de Ester que conmemora Purim. Esta analogía teológica-política buscaba justificar la ofensiva en un momento de máxima simbolismo para el pueblo judío.

Expertos en seguridad internacional advierten que esta intervención conjunta estadounidense-israelí podría desencadenar una reacción en cadena en toda la región. La capacidad iraní para lanzar múltiples proyectiles simultáneos puso a prueba los límites del Muro de Hierro, que aunque efectivo, no garantiza una protección absoluta.

En los barrios palestinos de Jerusalén, la jornada transcurrió con cierta normalidad aparente. Los comercios abrieron con retraso, los niños fueron a la escuela cuando las alertas cesaron temporalmente, y la vida continuó sin el lujo de los refugios subterráneos. "Estamos acostumbrados a ser los últimos en recibir protección, pero los primeros en sentir el impacto", comenta un anciano palestino en el barrio de Silwan.

La comunidad internacional ha reaccionado con preocupación mixta. Mientras aliados tradicionales de Israel respaldaron el "derecho a la defensa preventiva", organismos de derechos humanos cuestionaron la proporcionalidad de la respuesta y la falta de infraestructura de protección para la población civil palestina en Jerusalén.

Para muchos israelíes, este 28 de febrero se convertirá en un Purim inolvidable por razones distintas a las festividades. Las máscaras y disfraces quedaron guardados en los refugios, sustituidos por máscaras antigás y botiquines de emergencia. La tradición de entregar mishloaj manot (cestas de alimentos) se transformó en el intercambio de víveres en el refugio comunitario.

Cuando el sol se puso sobre Jerusalén, las sirenas habían cesado, pero la tensión permanecía. La Ciudad Vieja, vacía y vigilada por militares, esperaba una noche incierta. En el hotel de King George, los huéspedes regresaron a sus habitaciones con la certeza de que la calma podía romperse en cualquier momento.

La Operación Rugido del León ha dejado en evidencia no solo las capacidades militares de las partes involucradas, sino también las profundas desigualdades en la protección civil dentro de una misma ciudad. Mientras unos cuentan con tecnología de defensa de última generación y refugios en cada esquina, otros dependen únicamente de su fe y resistencia para sobrevivir a cada nueva escalada bélica.

En el complejo escenario de Jerusalén, donde la historia y la religión se entrelazan con la política y el conflicto, cada sirena es un recordatorio de la fragilidad de la paz y la persistencia de la guerra. Y en esta ocasión, el rugido del león resonó más fuerte que nunca, dividiendo la ciudad entre quienes pueden esconderse y quienes no tienen más opción que resistir a la intemperie.

Referencias