Carlos Bardem cuestiona el discurso sobre jóvenes y extrema derecha

El actor y escritor denuncia en TVE la visión sesgada de los medios sobre la juventud y defiende el activismo progresista

El actor y escritor Carlos Bardem ha aprovechado su reciente intervención en el programa matinal de Televisión Española La Hora de La 1 para lanzar un contundente mensaje sobre la percepción que tienen los medios de comunicación respecto a la juventud española y su presunta vinculación con ideologías de extrema derecha. Aunque su presencia en plató respondía inicialmente a la promoción de su último proyecto cinematográfico, la cinta Papeles —basada en la investigación periodística de los Papeles de Panamá—, la conversación derivó hacia el panorama político actual, un terreno donde Bardem no duda en posicionarse con claridad.

Durante la entrevista, el artista madrileño mostró su inquietud por lo que considera una representación distorsionada de los jóvenes en la prensa generalista. Según su visión, existe una tendencia marcada a magnificar los episodios vinculados a actitudes ultraconservadoras entre la población adolescente y universitaria, mientras que se invisibiliza por completo a una mayoría silenciosa que permanece activa en causas progresistas. Esta reflexión, lejos de ser un comentario anecdótico, apunta a una crítica estructural sobre cómo los medios construyen narrativas que, a su juicio, terminan por condicionar la realidad social.

El hijo menor de la saga Bardem no es ajeno a la polémica. Su trayectoria pública ha estado marcada por una firme postura ideológica alineada con el pensamiento de izquierdas, lo que le ha valido tanto elogios como críticas feroces. En esta ocasión, su argumentación se centró en desmontar lo que él denomina una profecía autocumplida: cuanto más se repite que todos los jóvenes son de extrema derecha, más se legitima esa idea en el imaginario colectivo, independientemente de los datos objetivos.

Para ilustrar su tesis, Bardem puso sobre la mesa un ejemplo concreto. Imaginemos que un periódico nacional publica un reportaje sobre cinco adolescentes que se han sumado a una organización de corte fascista. Esa noticia, inevitablemente, genera impacto y circula con virulencia. Sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que ese mismo medio dedicó un espacio equivalente a cinco estudiantes comprometidos con el movimiento ecologista, con la lucha contra los desahucios o con el sindicalismo estudiantil? La respuesta, según el intérprete, es que esas historias no encajan con la narrativa dominante y, por tanto, no se consideran noticia.

Este fenómeno, advierte Bardem, no es fruto de la casualidad. El actor apunta a una estrategia deliberada que opera desde dos flancos distintos pero complementarios. Por un lado, la derecha tradicional se beneficia de difundir la idea de que la juventud está radicalizada, porque justifica sus políticas de mano dura y desmoviliza a la ciudadanía progresista. El mensaje subyacente sería: «esto es inevitable, no hay alternativa, quedaos en casa».

Por otro lado, y aquí radica la novedad de su análisis, el propio PSOE en el gobierno tendría interés en mantener vivo este fantasma. La lógica es perversa pero efectiva: ante la falta de una política realmente transformadora, lo que queda es vender miedo al vacío. Es decir, «o nosotros o el caos». Una dialéctica que, lejos de resolver los problemas estructurales, se contenta con gestionar el statu quo mediante el chantaje electoral.

La crítica de Bardem no se queda en la teoría. El actor se refirió específicamente a los incidentes universitarios protagonizados por grupos de extrema derecha. Cuando una veintena de activistas de este signo provoca disturbios en un campus, los telediarios muestran repetidamente las imágenes de los enfrentamientos. Pero ¿dónde está el foco cuando 2.500 estudiantes se organizan pacíficamente para repudiar esa presencia? Esa mayoría, que debería ser la noticia, se convierte en un mero dato de contexto, cuando no se omite por completo.

Este sesgo informativo, según el escritor, tiene consecuencias reales. Construye una percepción social errónea que influye en las agendas políticas, en la financiación de programas juveniles e, incluso, en la autoestima colectiva de las nuevas generaciones. Si un joven progresista solo ve reflejada en los medios una versión estereotipada y minoritaria de su realidad, puede llegar a sentirse aislado, desmotivado y, en última instancia, despolitizado.

La intervención de Bardem en La Hora de La 1 no es un hecho aislado en su biografía pública. Desde hace años, el hermano de Javier Bardem ha utilizado su visibilidad para visibilizar causas que considera injustamente marginadas. Su activismo en favor de la causa palestina, su rechazo al fascismo y su defensa de los derechos LGTBIQ+ le han convertido en un referente incómodo para ciertos sectores, pero también en una voz autorizada para amplios colectivos sociales.

En una ocasión anterior, el actor llegó a declarar que se consideraba «moralmente superior a cualquier fascista, nazi, homófobo, racista o machista». Una frase que, lejos de ser una simple provocación, resume su filosofía personal: la convicción de que ciertos valores son innegociables y que la equidad no es una opinión, sino un principio ético básico.

El debate que abre Bardem es más profundo de lo que pueda parecer a primera vista. Cuestiona no solo el tratamiento informativo, sino la propia responsabilidad democrática de los medios en la configuración del debate público. En una época de desinformación y polarización, la decisión editorial de qué se muestra y qué se oculta no es neutral. Cada titular, cada imagen, cada entrevista construye una realidad posible.

La película que promocionaba Bardem, Papeles, precisamente aborda la opacidad de las élites económicas y su capacidad para mover millones de euros fuera del alcance del fisco. Esa misma lógica de opacidad, según el actor, se aplica a la hora de narrar la realidad social. Algo que debería estar en el centro del debate —el activismo juvenil progresista— se desvía hacia las sombras, mientras que lo marginal —la extrema derecha— ocupa el centro del escenario.

La reflexión final que deja su intervención invita a los ciudadanos a ser críticos con la información que consumen. A buscar activamente las voces que no suenan en los grandes titulares. A reconocer que, detrás de las cifras y los sucesos aislados, hay una trama social mucho más compleja y, en muchos casos, mucho más esperanzadora de lo que nos quieren hacer creer.

En definitiva, Carlos Bardem no solo habla de cine o de política. Habla de cómo se construyen las verdades colectivas y de quién tiene el poder de narrarlas. Y en ese sentido, su mensaje es una llamada a recuperar el control sobre nuestra propia historia, antes de que sea demasiado tarde para rectificarla.

Referencias