El imperio de los tertulianos: cuando la opinión sustituye a la información

Un análisis sobre el fenómeno de los tertulianos españoles que dominan los medios sin cuestionarse. Cómo se construyó esta industria de la opinión.

El fenómeno de los tertulianos en España ha alcanzado dimensiones que pocos podrían haber imaginado hace apenas dos décadas. Lo que comenzó como un espacio complementario para el análisis de la actualidad se ha transformado en un verdadero ecosistema mediático paralelo, donde la opinión prima por encima de la información y la contundencia sustituye a la reflexión. Este universo, poblado por cientos de voces que nos acompañan desde que desayunamos hasta que nos acostamos, ha sido objeto de estudio minucioso por parte del periodista Antonio Villarreal, quien ha dedicado doce meses a desentrañar los mecanismos de una industria que moldea la opinión pública española.

La investigación de Villarreal, plasmada en su obra 'Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España', representa un ejercicio de observación sin precedentes. Durante un año, el autor se sumergió en un mar de voces, programas y platós para comprender cómo funciona este peculiar oficio. El dato más revelador de su trabajo es contundente: en una sola semana de muestreo en las principales cadenas de radio y televisión, identificó hasta 314 voces distintas ejerciendo como tertulianos. Una cifra que da cuenta de la magnitud de un fenómeno que ha colonizado el espacio público.

Pero ¿qué define exactamente a un tertuliano? No se trata simplemente de un periodista, ni tampoco de un experto académico, ni siquiera de un político en activo, aunque muchos provengan de estos ámbitos. El tertuliano es una figura híbrida, un profesional de la opinión capaz de abordar cualquier tema con aparente solvencia, independientemente de su especialización. Su principal herramienta no es el conocimiento profundo, sino la capacidad de sintetizar, de construir argumentos persuasivos y, sobre todo, de proyectar seguridad en cada intervención. Como apunta Villarreal en su análisis, ser tertuliano implica dominar el arte de la performance mediática, donde la convicción en la voz y la contundencia en las frases sustituyen a la modestia intelectual.

Uno de los aspectos más fascinantes que desvela la investigación es el trabajo invisible que ocurre fuera de las cámaras y los micrófonos. Mientras el presentador entrevista a un invitado o se emite la publicidad, los tertulianos viven una carrera contrarreloj. Sus móviles se convierten en herramientas de supervivencia: consultan datos, intercambian mensajes con sus colegas, subrayan cifras que acaban de aparecer en una noticia. Esos minutos de pausa son vitales para construir la ilusión de dominio absoluto del tema. El espectador solo percibe el resultado final: alguien que habla del Ebitda de una multinacional o de una directiva europea con una autoridad que parece incontestable. Esta coreografía de la preparación exprés es lo que permite mantener el ritmo vertiginoso que exigen los medios.

La regla de oro de este oficio, sin embargo, no es la preparación ni el conocimiento, sino la infalibilidad. Villarreal identifica una característica común a los practicantes: la imposibilidad de reconocer el error. En un entorno donde la credibilidad se construye sobre la certeza, admitir un error o pedir disculpas se considera una debilidad incompatible con la marca personal del tertuliano. Esta cultura del "nunca me equivoqué" genera un ecosistema donde las opiniones más rotundas, por extremas que sean, tienden a prevalecer sobre las reflexiones matizadas. El espectador recibe una versión de la realidad sin matices, donde cada tema admite una única lectura válida: la del tertuliano que tiene la palabra en ese momento.

Entre las más de trescientas voces que pululan por los medios, existe un núcleo selecto de profesionales que conforman lo que Villarreal denomina la Champions League del tertulianismo. Son figuras reconocibles que saltan de un plató a otro con agilidad asombrosa. Sus nombres resuenan en múltiples programas y formatos, convirtiéndose en verdaderas marcas mediáticas. Entre ellos se encuentran profesionales como Carmelo Encinas, Pablo Montesinos, Fernando Berlín, Rubén Amón, Esther Palomera, Miguel Lago o Antonio M. La presencia constante de estos expertos de la opinión genera un efecto de familiaridad que refuerza su autoridad, independientemente del tema que toquen.

El impacto de este fenómeno en la sociedad española es profundo y multifacético. Por un lado, democratiza el acceso a los medios, permitiendo que voces ajenas a las redacciones tradicionales participen en el debate público. Por otro, ha creado una uniformidad de discursos donde la prisa por opinar sustituye al rigor periodístico. Los medios, presionados por la necesidad de llenar horas de programación con contenido atractivo, han encontrido en los tertulianos una solución económica y eficaz. Es más barato y rápido convocar a un panel de opinadores que enviar a un reportero a investigar una noticia en profundidad.

Esta dinámica ha transformado la relación entre los ciudadanos y la información. Las mañanas de radio ya no sirven principalmente para enterarse de lo que ocurre, sino para escuchar interpretaciones de la actualidad. La opinión se ha convertido en el producto principal, mientras que la noticia se reduce a un mero combustible para alimentar debates. Villarreal señala que este modelo genera adrenalina pero poca comprensión, ruido pero poca luz. El espectador se acostumbra a recibir conclusiones sin haber visto el proceso de análisis, lo que facilita la difusión de simplificaciones y, en ocasiones, de desinformación.

El libro también aborda la precariedad que a menudo esconde este mundo. Aunque los de élite pueden llegar a cobrar cifras notables por intervención, la gran mayoría vive en una situación de inestabilidad laboral. Son autónomos que facturan por minutos de antena, sin contratos fijos ni derechos laborales garantizados. Esta precariedad genera una competencia feroz por la visibilidad, donde la contundencia y la polémica se convierten en moneda de cambio para asegurar la supervivencia profesional. El sistema premia a quien genera reacción, no necesariamente a quien aporta profundidad.

La figura del tertuliano ha evolucionado hasta convertirse en un actor político no electo. Su capacidad para influir en la opinión pública es real y medible. Los partidos políticos los tienen en cuenta, las empresas los vigilan y los ciudadanos los siguen en redes sociales. Han construido comunidades de fieles que replican sus argumentos, convirtiéndolos en multiplicadores de mensajes. Este poder sin responsabilidad institucional plantea interrogantes sobre la salud democrática de nuestro sistema mediático.

Villarreal concluye su investigación con una reflexión necesaria: el problema no son los tertulianos en sí, sino el ecosistema que los ha creado y que les exige comportarse de esta manera. Los medios, presionados por la rentabilidad y la competencia por la audiencia, han construido una maquinaria que consume opiniones a velocidad de vértigo. Los profesionales simplemente se adaptan a las reglas del juego. Sin embargo, este modelo tiene un coste: la degradación del debate público y la conversión de la política y la economía en un espectáculo donde la emoción prima sobre la razón.

La pregunta que subyace en todo el análisis es si este modelo es sostenible a largo plazo. La sociedad española muestra signos de fatiga ante la saturación de opiniones. Las generaciones más jóvenes consumen información de formas diferentes, a menudo buscando fuentes alternativas en plataformas digitales. Quizás estemos ante el ocaso de la era del tertuliano tradicional, aunque su influencia actual sigue siendo indiscutible. Lo que está claro es que, mientras tanto, seguirán ahí, en nuestras radios y televisores, ofreciendo certezas en un mundo cada vez más complejo y, como dice Villarreal, nunca pidiendo perdón.

Referencias