Tefía: el campo de concentración franquista para homosexuales en Fuerteventura

Descubre la historia de la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, un centro de represión que encarceló a homosexuales entre 1954 y 1966

En el corazón árido de Fuerteventura, a pocos kilómetros del antiguo aeródromo militar, se alza un lugar que el franquismo intentó borrar del mapa y de la memoria colectiva. La Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía representa una de las páginas más oscuras de la represión sistemática contra el colectivo LGTBIQ+ en España. Durante doce años, entre 1954 y 1966, este centro funcionó como un auténtico campo de concentración para homosexuales, donde cientos de hombres fueron sometidos a trabajos forzados, vejaciones y un régimen de terror diseñado para aniquilar su identidad.

El origen de este infierno se remonta a una modificación legal que transformó radicalmente el marco represivo del régimen. En 1954, el gobierno franquista reformó la Ley de Vagos y Maleantes para incluir a los denominados "desviados sexuales" o "violetas". Esta legislación equiparaba la homosexualidad con delitos como la proxenetismo o el rufianismo, estableciendo que la atracción hacia personas del mismo sexo constituía un "estado peligroso" que requería intervención estatal. La consecuencia era clara: destierro, prisión y "reeducación" en colonias agrícolas específicamente creadas para este fin.

Tefía se convirtió así en el principal centro de reclusión para homosexuales en toda España. Situada en un paisaje desértico y hostil, la colonia estaba diseñada para romper la voluntad de los internos mediante el aislamiento y el trabajo físico extremo. Los hombres condenados, generalmente jóvenes de entre 18 y 30 años, eran trasladados a la isra sin juicio previo ni condena de un tribunal ordinario. La simple sospecha o denuncia podía bastar para perpetrar esta violación de derechos humanos.

Las condiciones de vida en Tefía superaban cualquier concepto de dignidad. Los internos trabajaban de sol a sol en labores de construcción y agricultura, intentando convertir aquel terreno yermo en tierra cultivable. Cargaban piedras, excavaban canales y construían infraestructuras bajo un sol abrasador y con una escasez de agua y alimentos crítica. Los testimonios recogidos por historiadores describen un sistema de violencia cotidiana donde las palizas eran moneda corriente. Los guardias utilizaban fustas y palos para mantener el orden, castigando cualquier mínimo signo de resistencia o afecto entre los reclusos.

Octavio García, uno de los pocos supervivientes que rompió el silencio antes de su fallecimiento, pasó 16 meses en Tefía cuando contaba apenas 21 años. Su relato, recogido por el historiador canario Miguel Ángel Sosa, desmonta cualquier atisbo de benevolencia en el sistema penitenciario franquista. "Por ser maricón, única y exclusivamente por ser maricón", repetía García, enfatizando que su único delito había sido su orientación sexual. El joven describía cómo "te metían aquí sin juicio ni condena de un tribunal", subrayando la arbitrariedad absoluta del sistema represivo.

El impacto psicológico de la experiencia marcó de por vida a los supervivientes. García admitía que "eso te transforma, te estropea la mente". Las noches en los pabellones, donde dormían hacinados en condiciones insalubres, se convertían en un tormento constante. Los guardias les obligaban a marchar mientras les golpeaban ritmicamente, creando un ambiente de terror permanente. "Yo por las noches me pongo a pensar y se me saltan las lágrimas", confesaba décadas después, demostrando que las heridas emocionales nunca cicatrizaron completamente.

Miguel Ángel Sosa, historiador y activista LGTBIQ+, ha dedicado años a investigar este oscuro capítulo de la historia canaria. En su novela "Viaje al centro de la infamia" y en la serie documental "Las noches de Tefía", Sosa compila testimonios que revelan la brutalidad cotidiana. "A Tefía solo le faltaban los hornos crematorios", afirma tajantemente el investigador. "El resto: las palizas, las humillaciones, la violencia, el dolor, eran el pan de cada día, aparte del hambre y la miseria". Esta comparación con los campos nazis no es gratuita, sino que refleja la sistematicidad de la crueldad y la deshumanización deliberada.

La justificación ideológica de Tefía se enmarcaba en la doctrina nacional-católica del franquismo. Silvia Jaén, activista feminista, explica que en una sociedad "muy homófoba y tránsfoba", el campo servía como símbolo de advertencia: "Ojo, no te salgas de lo establecido". La colonia representaba la fusión entre política represiva y moral religiosa, donde lo "defectuoso" o "inmoral" debía ser erradicado para proteger la "salud" de la nación.

El concepto de "reeducación" era una fachada para encubrir la tortura psicológica y física. El objetivo no era realmente rehabilitar, sino castigar, estigmatizar y ejemplarizar. Los internos debían permanecer separados de otros reclusos, marcados con el estigma de la "desviación" y sometidos a un régimen que pretendía quebrar su espíritu. Esta política reflejaba la visión patológica de la homosexualidad que predominaba en la psiquiatría y la teología de la época, respaldada por un Estado confesional.

Entre 1954 y 1966, pasaron por Tefía aproximadamente un centenar de presos, aunque los registros oficiales son incompletos y muchos casos permanecen en el anonimato. Las condenas oscilaban entre uno y tres años de internamiento, períodos durante los cuales los jóvenes perdían su juventud, sus estudios, sus trabajos y, en muchos casos, su salud mental. La isla se convirtió en un destierro forzoso, lejos de familias que en muchos casos ignoraban el paradero de sus hijos o, peor aún, habían colaborado en su denuncia.

El silencio sobre Tefía se prolongó durante décadas, tanto en la dictadura como en la transición democrática. El tema de la represión al colectivo LGTBIQ+ ha sido históricamente un capítulo omitido en los relatos oficiales de la memoria histórica española. Solo en los últimos años, gracias al activismo de asociaciones y la investigación de historiadores como Sosa, Tefía ha comenzado a ocupar el lugar que merece en el debate público.

Hoy, las ruinas de la colonia son un lugar de memoria y reparación simbólica. Asociaciones LGTBIQ+ y organizaciones de derechos humanos organizan visitas guiadas y actos conmemorativos para que la sociedad no olvide lo sucedido. La reivindicación de Tefía como espacio de memoria histórica es fundamental para reconocer las víctimas de una persecución sistemática y para garantizar que atrocidades similares no vuelvan a repetirse.

La historia de Tefía nos recuerda que la lucha por los derechos LGTBIQ+ no es reciente, sino que tiene raíces en una resistencia secular contra la opresión estatal. Cada testimonio recuperado, cada documento desclasificado, cada acto de memoria, contribuye a desenterrar una verdad que el franquismo quiso enterrar en el desierto de Fuerteventura. El reconocimiento de estas víctimas es un paso indispensable hacia una democracia plena y una sociedad verdaderamente inclusiva.

Referencias