La última visita del Rey Emérito Juan Carlos I a territorio español ha estado marcada por la contradicción entre la calidez familiar y la frialdad institucional. Un breve periplo de apenas siete horas que ha dejado en el aire preguntas sobre su futuro en el país que reinó durante casi cuatro décadas. La celebración, que reunió a unas 60 personas en el Palacio de El Pardo, pretendía conmemorar medio siglo de aquella coronación que transformó la monarquía española, pero terminó evidenciando las limitaciones de su regreso.
El sábado pasado, el monarca de 85 años aterrizó en Madrid procedente de Abu Dabi, donde reside desde 2020. A su llegada, Carlos Espinosa de los Monteros, ex presidente de Iberia y Mercedes Benz España, le esperaba al pie de la escalerilla. Este gesto, lejos de ser una mera formalidad, simbolizaba el apoyo de un círculo de confianza que mantiene intacta su lealtad. Sin embargo, lo que debía ser un día de celebración nacional se convirtió en un acto privado, casi clandestino, sin presencia institucional oficial.
El almuerzo, servido en una única mesa alargada, evocó los viejos tiempos de las Navidades en la Zarzuela cuando la Familia Real era más extensa. Entonces, las infantas Elena y Cristina aún no estaban casadas, y los Reyes Juan Carlos y Sofía compartían mesa con sus hermanas, sobrinos y parientes griegos. El dress code era estricto: esmoquin para los caballeros y trajes de cóctel para las damas. Los platos, elaborados por el catering de Horcher, dejaban entrever una tradición que parecía perdida.
Sin embargo, según testimonios de asistentes, el ambiente de El Pardo recuperó esa esencia. "Hubo un buen rollo increíble y la estrella de la fiesta fue Doña Sofía", relata una invitada histórica de la Casa Real. La Reina Emérita, lejos de las tensiones mediáticas, apareció radiante, comunicativa y feliz. Los testigos coinciden: Juan Carlos y Sofía no dejaron de conversar, reír y, en momentos puntuales, entrelazar sus manos sobre la mesa. Una imagen que contrasta con los años de distanciamiento y que sugiere una reconciliación personal en la intimidad.
El menú, lejos de la opulencia de otros tiempos, reflejó las preferencias actuales de la familia: setas frías como entrante, pescado como plato principal -acorde a la dieta sin carne de Doña Sofía- y unos pastelitos de chocolate que los comensales calificaron de "deliciosos". Nada de ostentación, un tono casero, casi humilde. Y lo más significativo: el tema de las memorias del Rey Emérito, que tanto ruido ha generado en los últimos meses, ni siquiera se mencionó durante el convite.
La presencia del Rey Felipe VI y la Reina Letizia añadió capas de complejidad a la jornada. Letizia abandonó El Pardo antes que su marido, lo que no pasó desapercibido para la prensa. Felipe, en cambio, prolongó la sobremesa, gesto que interpretan como una voluntad de distender los lazos paternofiliales. La imagen del monarca regresando solo a Zarzuela generó titulares, pero las fuentes consultadas atribuyen el hecho a la comodidad del momento, no a discordia.
Tras el almuerzo, Juan Carlos I tuvo tiempo para reunirse con su círculo más cercano. En esas conversaciones, el tono ya no fue tan festivo. El Emérito expresó su frustración por la prohibición de residir en España durante varios meses al año, una restricción que considera injusta. También lamentó el veto a su participación en los actos oficiales conmemorativos del inicio de su reinado, celebrados en noviembre pasado sin su presencia.
Otro de los resentimientos compartidos fue la incautación de documentos personales en Zarzuela. El Rey Emérito pretendía llevarse notas, cartas y papeles privados para avanzar en la redacción de sus memorias, pero la Casa Real se los denegó argumentando que se trataba de documentos de su etapa como Jefe del Estado. Esta decisión, según su entorno, dificulta su legado histórico personal.
A las ocho de la tarde, Juan Carlos I subía al avión que le devolvía a Abu Dabi. Siete horas después de su llegada, el monarca abandonaba nuevamente España, dejando atrás una sensación agridulce. Por un lado, la calidez familiar y la evidente complicidad con Sofía; por otro, la distancia institucional y las limitaciones impuestas por su propia casa.
Paralelamente, la figura de Beatriz de Hohenlohe Langenburg, conocida como Teñu, ha cobrado relevancia en este contexto. Su hija, Marina Fernández de Córdova, la animó a publicar sus experiencias fotografiando sociedades matriarcales por todo el mundo. El resultado, "Entre viajes y matriarcados", es un libro editado en México y ya disponible en El Corte Inglés que reivindica el papel de la mujer en la estructura familiar.
Teresa Ordás, periodista y compañera de algunos de esos viajes, presentó la obra destacando las anécdotas de aventuras compartidas. Más allá de las espléndidas fotografías de Teñu, el mensaje central es que los valores matriarcales -el cuidado, la empatía, la colaboración- hacen mejores a las personas. Un mensaje que, curiosamente, parece resonar en la propia familia Hohenlohe, donde mujeres como su hermana Pimpinel y su madre Piedita han marcado la fortaleza del linaje.
La conexión entre ambas historias -la del Rey Emérito y la de Teñu- quizás sea tangencial, pero comparten un denominador común: la redefinición de roles en la familia. Mientras Juan Carlos I busca su lugar en una institución que ya no comanda, Beatriz de Hohenlohe documenta cómo otras culturas han encontrado en el matriarcado un modelo de equilibrio.
La visita de siete horas del Emérito plantea interrogantes sobre el futuro de la monarquía española. ¿Es posible una reconciliación pública con un monarca en el exilio? ¿Hasta dónde debe llegar la institución para preservar su unidad familiar sin comprometer su legitimidad? Mientras tanto, Zarzuela mantiene su silencio oficial, y Juan Carlos I regresa a su residencia en Abu Dabi, donde continúa su retiro con la incertidumbre de no saber cuándo podrá volver a pisar suelo español sin restricciones.
El tiempo dirá si estas siete horas agridulces fueron un punto de inflexión o simplemente un episodio más en la compleja relación entre el monarca y su patria. Lo que parece claro es que, al menos en el ámbito personal, los lazos familiares resisten. La imagen de Juan Carlos y Sofía cogidos de la mano habla más que cualquier comunicado oficial. Y mientras tanto, en las librerías, el libro de Teñu nos recuerda que las familias, sean reales o no, encuentran su fortaleza en los valores que las sustentan.