Casi tres décadas después de que su madre, Ana Orantes, fuera asesinada por su exmarido tras denunciar el maltrato en televisión, Raquel Orantes ha vuelto a alzar la voz. Lo ha hecho en un acto conmemorativo del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, organizado por el Ilustre Colegio de Abogados de Valencia (ICAV). Su mensaje es claro y contundente: las hijas e hijos de víctimas de violencia de género también sufren, existen y no pueden ser negados.
Con el emotivo lema 'Rompiendo el miedo: Voces para la libertad', la jornada ha servido para visibilizar una realidad que, según advierte Raquel, sigue vigente: "Hay muchísimas más Anas Orantes, unas siguen silenciadas por miedo y otras salieron y rompieron su silencio". Una afirmación que cobra especial relevancia en un contexto donde, pese a los avances legislativos, el negacionismo gana terreno.
El legado de un crimen que conmocionó a la sociedad
El 4 de diciembre de 1997, Ana Orantes, acompañada de su hija Raquel, concedió una entrevista televisiva donde desveló públicamente los años de maltrato sufridos por parte de su entonces marido. Trece días después, el hombre la asesinó, la quemó viva. El crimen no solo truncó la vida de una mujer que había decidido romper su silencio, sino que se convirtió en el detonante político y social que aceleró la creación de la ley integral contra la violencia de género en 2004.
Raquel Orantes recuerda aquellos años con una mezcla de dolor y orgullo. "Mi madre compartió la historia de una vida no vivida, una historia arrebatada", señaló durante su intervención. Conoció a su futuro verdugo con 19 años, y desde entonces fue sometida a un proceso de aislamiento progresivo: "La fue aislando socialmente, de los vecinos, de todo aquel que pudiera tener una opinión contraria a su maltratador".
Violencia vicaria: el sufrimiento de los hijos e hijas
Uno de los mensajes más potentes de Raquel Orantes ha sido la reivindicación de la violencia vicaria, un tipo de violencia que sufren los hijos e hijas de víctimas de género como método de tortura hacia la madre. "Existimos. Yo sufrí violencia vicaria, mi madre sufrió violencia de género por el mero hecho de ser mujer", afirmó con rotundidad.
Esta declaración responde directamente a quienes intentan invisibilizar su dolor. "No juega a nuestro favor el que nos estén negando", advirtió, refiriéndose a los detractores de la ley que "les encantaría llevarnos nuevamente a esa 'violencia doméstica'", minimizando así la dimensión de género del problema.
La hija de Ana Orantes también ha denunciado el cuestionamiento constante que han sufrido ella y sus hermanos: "Siempre nos han revictimizado, cuestionado por qué no la sacamos de ese entorno violento". Una pregunta que, según explica, ignora que ellos mismos eran niños atrapados en esa misma dinámica de terror: "Nosotros también vivíamos en ese entorno y sobre nosotros se ejercía la violencia".
La lucha frustrada por la libertad
La historia de Ana Orantes no fue una historia de pasiva resignación. Fue, en palabras de su hija, "una vida llena de lucha" porque en "muchísimas ocasiones" intentó separarse. Sin embargo, cada intento chocaba con las barreras de un sistema que no la protegía.
"Siempre cuestionamos a las mujeres, por qué aguantan tanto", reflexiona Raquel, ofreciendo una respuesta contundente: "Detrás de todo ese aguante hay un deterioro psíquico, psicológico y cognitivo, una devastación que no le permitía salir". El control ejercido por el agresor genera una secuela que paraliza a la víctima, algo que la sociedad a menudo juzca sin comprender.
El punto más dramático llegó en 1986, cuando Ana Orantes intentó por última vez separarse judicialmente y un juez se lo negó. Raquel recuerda el "sufrimiento de volver a llevar a sus hijos a un entorno violento" tras aquella decisión judicial. Un fallo que, décadas después, sigue generando indignación.
Finalmente, en 1997 consiguió separarse, pero la sentencia de mutuo acuerdo dictada por un juez de paz estableció que ambos convivieran en el mismo edificio, uno debajo del otro. Esa puerta que los separaba fue la que su exmarido franqueó el 17 de diciembre para perpetrar el asesinato.
El último año de libertad, a costa de la vida
Paradójicamente, el último año de Ana Orantes, el de su separación, fue también el más pleno. "Vivió plenamente y rompió el miedo de sentirse libre", describe su hija. Por primera vez pudo "tomarse un café con sus hijos, salir sin temor a ser perseguida, ser libre de tener miedo al reloj". Pero esa libertad, como señala Raquel con dolor, "le costó la vida".
El asesinato, sin embargo, no fue inútil. "El único consuelo es que sirvió para que en 2004 se aprobara una ley integral", reconoce. Ana Orantes se convirtió en "el detonante, la gota que colmó el vaso de una sociedad que no podía permitirse seguir mirando hacia otro lado".
El negacionismo: una amenaza actual
A pesar de los avances, Raquel Orantes advierte de un peligro creciente: "Algunos partidos quieren que volvamos, quieren que perdamos todos nuestros derechos". Una amenaza que, según su percepción, busca desmontar el marco de protección construido durante años.
"Como mujer, como hija de Ana Orantes, no voy a permitirlo", ha asegurado, convencida de que "la voz de Ana Orantes jamás se acallará mientras exista una sociedad comprometida".
Preguntada sobre si su madre tendría más oportunidades hoy, Raquel es cautelosa pero esperanzada: "A mi madre le falló todo el sistema, tanto judicial como el legislativo como el social. Le fallaron muchos puntos de apoyo y yo quiero pensar que gracias a la ley integral cuentan con esos medios y ese apoyo".
Retos pendientes y especialización
Para Raquel Orantes, la visibilización debe ser "un trabajo de fondo y de diario", aunque reconoce que fechas como el 25N son "fundamentales para seguir visualizando un problema que es estructural". "Queda mucho por avanzar", admite, señalando la necesidad de "un mayor compromiso hacia las víctimas, porque su vida muchas veces está en nuestras manos".
La especialización y la educación son, a su juicio, las claves del futuro. "Nos falta una labor súper importante, que es la especialización, y la educación en valores y en igualdad". Un camino, matiza, en el que no debemos ser "derrotistas".
La perspectiva judicial: 28 años de avances
La magistrada del Juzgado de lo Penal nº 13 de Valencia, Helena Amorós, ha corroborado el diagnóstico de Raquel. Para la jueza, la ley integral de 2004 fue "un punto de inflexión, pionera a nivel mundial", que permitió la creación de juzgados especializados y el sistema Viogen.
"28 años después del asesinato de Ana Orantes, las mujeres estamos más concienciadas, tenemos más instrumentos para denunciar", ha reconocido. Sin embargo, alerta de que "estamos en un punto en que precisamente ante esos avances feministas soplan vientos de negacionismo, de manera que no podemos bajar la guardia".
Amorós participa en el libro 'Hijas del miedo', de la Asociación de Mujeres Juezas de España (AMJ), cuyo prólogo precisamente firma Raquel Orantes. Una colaboración que simboliza la unión entre el relato personal y la respuesta institucional.
Transformar el dolor en legado
La presidenta de la Sección de Violencia de Género y Doméstica del ICAV, Lourdes Vargas, ha destacado la labor de Raquel Orantes: "Ha conseguido transformar un hecho cruel como fue la muerte de su madre en un legado de esperanza". Lo que hace, añade, es "hablar en nombre de su madre, honrando su memoria y su voz. Es la prueba de que la verdad, cuando se dice sin miedo, puede cambiar leyes y despertar conciencias".
Por su parte, la secretaria de la Junta de Gobierno del ICAV, Raquel Marco, ha puesto el foco en las nuevas formas de violencia. "Una de cada cuatro mujeres reconoce haber sufrido violencia digital", ha denunciado, alertando además de que "todavía no se ponen las denuncias que se corresponden con los delitos que se cometen". Por eso, insiste en que el aumento de cifras no responde solo a más denuncias, sino a que "aumentan los delitos".
Una voz que no se acallará
El acto en Valencia ha dejado claro que, pese a los avances legislativos y la mayor concienciación social, la violencia de género sigue siendo una lacra estructural. La lucha de Ana Orantes, que costó su vida, dio paso a un marco de protección que ahora se ve amenazado por discursos negacionistas.
Raquel Orantes representa la resiliencia y la determinación. Su testimonio no busca solo justicia para su madre, sino protección para todas las mujeres que hoy sufren violencia y para sus hijos e hijas, víctimas invisibles de una violencia vicaria que también debe ser reconocida y combatida.
"Estamos en el camino", concluye, pero ese camino exige mantener la guardia alta, especializar a los profesionales y educar en igualdad. Solo así, la voz de Ana Orantes y de todas las víctimas seguirá viva, transformando el dolor en cambio social.