El cineasta húngaro Béla Tarr ha fallecido a los 70 años, dejando atrás un legado cinematográfico único e intransferible. Reconocido como uno de los últimos grandes visionarios del séptimo arte, su obra se distingue por una estética contemplativa y una mirada existencial que transforma cada fotograma en una meditación sobre la condición humana. Sus películas, lejos de buscar el entretenimiento convencional, invitan a la reflexión profunda y al encuentro con lo trágico de la existencia. En un panorama audiovisual dominado por la velocidad y el consumo rápido, Tarr representaba la defensa de un cine pausado, exigente y profundamente humano.
La filmografía de Tarr, aunque escasa en número, resulta monumental en impacto. Con apenas dieciocho títulos dirigidos, cada uno constituye un hito en el cine de autor. Sus creaciones más emblemáticas, como Sátántangó y Armonías de Werckmeister, han sido reconocidas por críticos y cineastas de todo el mundo. En una reciente encuesta realizada entre directores españoles en activo, ambas películas figuraron entre las diez más importantes, evidenciando la influencia perdurable de su estilo. Esta valoración por parte de sus pares confirma su estatus como cineasta de referencia para las nuevas generaciones.
La colaboración con el escritor László Krasznahorkai, reciente premio Nobel de Literatura, marcó el período más fértil de su carrera. Juntos forjaron un universo narrativo donde la prosa poética se fundía con la imagen en movimiento, creando una sinergia que elevaba ambos lenguajes. Esta alianza artística produjo algunas de las obras más significativas del cine contemporáneo, donde la palabra escrita y la visual se complementaban en una danza de sentidos. La relación entre ambos creadores trascendía la mera adaptación, configurándose como un diálogo constante entre dos visiones del mundo que compartían una misma sensibilidad ante la decadencia y la belleza de lo efímero.
El último filme de Tarr, El caballo de Turín, proyectado y premiado en la Berlinale de 2011, representa la síntesis perfecta de su poética. La historia, que retrata la lucha por la supervivencia de un hombre y una mujer en una casa azotada por vientos implacables, resume su obsesión por los límites humanos. Con una cámara estática que observa como testigo mudo, Tarr sumerge al espectador en el agujero negro de la existencia. La escasez de alimento —una patata diaria—, los cuerpos mutilados y el pozo que se seca no son más que elementos de un drama que no busca resolución, sino comprensión. La película se convierte en un microcosmos donde la supervivencia física y moral se entrelazan en un baile desesperado.
La película hace referencia al episodio histórico del caballo maltratado que dejó a Friedrich Nietzsche mudo y postrado, conectando con la tradición beckettiana de personajes atrapados en situaciones absurdas pero terriblemente reales. Los actores se mueven por el espacio cinematográfico impulsados por una fuerza que Tarr describe como "demente, absurda y perfectamente real". Esta tensión entre lo irracional y lo cotidiano define su particular visión del mundo. La obra no busca explicar, sino mostrar; no pretende resolver, sino habitar el misterio de la condición humana.
En sus últimas declaraciones públicas, durante los Premios del Cine Europeos celebrados en Berlín, Tarr se mostró reacio a los elogios. "Simplemente, soy un ser humano", musitó en un inglés entrecortado por su acento húngaro. Recibía entonces un galardón honorífico por una trayectoria que él mismo consideraba simplemente honesta. Su radicalidad no era un postureo estético, sino una necesidad ética: contar la verdad sobre el sufrimiento humano sin concesiones al mercado. Esta humildad ante el reconocimiento contrastaba con la monumentalidad de su obra, revelando una coherencia vital entre su persona y su creación.
Esta postura crítica se reflejaba en sus opiniones sobre el sistema cinematográfico. "Crecí en un país donde teníamos censura, teníamos un sistema feudalista muy estricto, un sistema que se parece mucho al que sufrimos hoy. Entonces era la censura de los políticos, y ahora tenemos la censura del mercado", afirmó en una entrevista. Esta comparación entre la opresión política y la económica revela su pesimismo realista, una visión que muchos interpretan como derrotista, pero que él defendía como la única honesta ante la realidad contemporánea. Para Tarr, el cineasta tenía la responsabilidad de resistir tanto al poder político como a la dictadura del consumo.
El estilo de Tarr se caracteriza por planos secuenciais extremadamente largos, una fotografía en blanco y negro de alto contraste, y una narrativa que desafía las convenciones del drama clásico. No busca la identificación emocional fácil, sino la contemplación distanciada que permite al espectador pensar. Su cine es un cine de duración y paciencia, donde el tiempo se hace presente y material. Cada plano es una construcción meticulosa donde la luz, el movimiento y el silencio crean una experiencia sensorial que trasciende la mera narrativa.
La influencia de Tarr trasciende el cine húngaro. Directores de todo el mundo han bebido de su estética, desde el cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul hasta el mexicano Carlos Reygadas. Su legado no se mide en taquilla, sino en la profundidad de su impacto artístico. Ha demostrado que es posible crear un cine personal, exigente y político sin ceder a las presiones comerciales. Esta independencia creativa lo convirtió en un modelo para aquellos cineastas que buscan mantener su voz auténtica en un contexto de homogeneización global.
La muerte de Tarr llega meses después de que su colaborador literario, Krasznahorkai, recibiera el Nobel. Esta cercanía temporal parece casi poética, como si el universo quisiera cerrar un círculo. Ambos artistas compartían una visión del mundo donde la belleza y la desolación coexisten, donde la literatura y el cine se alían para documentar la desaparición de un mundo rural y tradicional que les era querido. Su sintonía creativa permitió crear obras que funcionan tanto como literatura como como cine, trascendiendo los límites de ambos medios.
En Sátántangó, adaptación de la novela de Krasznahorkai, Tarr retrata la decadencia de una comunidad campesina húngara con una duración de más de siete horas. Esta monumental obra no es un ejercicio de resistencia para el espectador, sino una inmersión total en un ritmo de vida desaparecido. Cada plano es una pintura en movimiento, cada movimiento de cámara una declaración de principios. La estructura de la película, basada en los pasos de la danza del tango, crea una coreografía narrativa donde el tiempo se dilata y cada momento adquiere una densidad existencial.
Armonías de Werckmeister, por su parte, explora la violencia y la redención a través de la figura de un príncipe melancólico y un pueblo sumido en la pobreza. La película utiliza la metáfora musical del título para estructurar una narrativa donde el desorden y la armonía coexisten en un equilibrio precario. La obra se convierte en una reflexión sobre el caos del mundo moderno y la imposibilidad de encontrar un orden trascendente en la era de la desilusión.
El cine de Tarr no ofrece consuelo. Es un cine que interroga, incomoda y desafía. Pero precisamente por eso es necesario. En un mundo saturado de contenido descartable, su obra permanece como un recordatorio de que el arte puede ser un espacio de verdad radical. Su muerte nos deja sin uno de los últimos defensores de un cine lento, pensado y comprometido. La pérdida es irreparable para aquellos que valoran el cine como forma de conocimiento y no solo como entretenimiento.
El legado de Béla Tarr es el de un testigo del siglo XX que extendió su mirada al XXI. Documentó la transición de un mundo rural a otro globalizado, la pérdida de comunidad, la soledad del individuo frente a fuerzas impersonales. Su cine es un archivo emocional y estético de una época que desaparece, pero que a través de su obra permanece viva. Las imágenes de Tarr son documentos de una modernidad tardía que consume sus propias bases, dejando a los seres humanos en un territorio desolado sin mapas ni brújulas.
En definitiva, Tarr fue más que un director: fue un filósofo con cámara, un poeta de la desolación, un cronista de lo efímero. Su partida deja un vacío en el panorama cinematográfico internacional, pero su obra, eterna e inmutable, continuará formando a nuevas generaciones de cineastas y espectadores dispuestos a mirar de frente la complejidad de la existencia humana. Su cine nos recuerda que la verdadera arte no busca agradar, sino transformar la manera de ver el mundo.