Fallece Béla Tarr, maestro del cine experimental

El director húngaro, creador de 'Sátántangó', deja un legado de planos secuencia y atmósferas melancólicas

El cineasta húngaro Béla Tarr, figura esencial del séptimo arte experimental contemporáneo, falleció en Budapest a los 70 años tras una prolongada dolencia. La noticia fue confirmada por el director Bence Fliegauf en representación de la familia del artista, dejando un vacío irreparable en el panorama del cine de autor radical.

A lo largo de cuatro décadas, Tarr desarrolló un universo cinematográfico inconfundible, marcado por secuencias de larga duración y carácter meditativo que desafían la narrativa convencional. Su filmografía, compuesta por 11 largometrajes, abarca desde su ópera prima "Nido familiar" en 1979 hasta su última creación "Missing People" en 2019, pasando por obras que han redefinido los límites del lenguaje fílmico.

La película que le consagró internacionalmente, Sátántangó, representa una epopeya de más de siete horas donde retrata la desintegración del comunismo en la Hungría rural. Esta obra maestra, rodada en blanco y negro, surge de su fructífera colaboración con el escritor László Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura. La genialidad de Tarr radicó en su capacidad para transformar la prosa compleja de Krasznahorkai en imágenes hipnóticas que capturan la desesperanza humana.

El estilo de Tarr, caracterizado por tomas continuas de duración excepcional y una estética sombría, ha dejado huella en cineastas de todo el mundo. Directores como Pedro Costa, Apichatpong Weerasethakul o Gus Van Sant han reconocido su deuda con el cineasta húngaro. Van Sant, por ejemplo, aplicó sus técnicas en "Gerry", demostrando la influencia transcontinental de la poética de Tarr.

Además de su obra fílmica, Tarr dedicó años a la enseñanza en la Film Factory de Sarajevo, donde formó a nuevas generaciones de cineastas. Entre sus alumnos destacan nombres como el islandés Valdimar Jóhannsson o la española Pilar Palomero. Esta labor pedagógica reflejaba su compromiso con la transmisión de un cine que exige paciencia y contemplación.

Su último proyecto, Missing People, encargado para el festival vienés Wiener Festwochen, exploraba las vidas de marginados en contraste con la opulencia de la capital austriaca, demostrando que su compromiso social permanecía intacto. La pieza, que presentaba imágenes conmovedoras de pobres, migrantes y vagabundos, contrastaba con el lujo de Viena, manteniendo su visión crítica y humanista.

La anécdota de cómo conoció a Krasznahorkai ilustra la determinación de Tarr. El director se presentó en casa del escritor para proponerle adaptar su novela "Tango satánico". Tras el rechazo inicial, Tarr rodeó el edificio, vio una ventana iluminada y golpeó el cristal con los nudillos. "Ve mis películas y entenderás por qué quiero adaptar tu literatura", le dijo. Ese encuentro nocturno bajo la lluvia marcó el inicio de una de las colaboraciones más fructíferas del cine contemporáneo.

Las ambientaciones oscuras y melancólicas que Tarr creaba en sus películas no eran meramente estéticas, sino que reflejaban una visión filosófica del mundo. En obras como "El caballo de Turín" o "Las armonías de Werckmeister", el director construye universos donde el tiempo parece detenerse, obligando al espectador a una experiencia de contemplación profunda. Esta técnica, lejana del ritmo frenético del cine comercial, establece un diálogo directo con la tradición del cine moderno europeo.

La influencia de Tarr trasciende generaciones. László Nemes, director de "El hijo de Saúl", trabajó como ayudante de Tarr en "El hombre de Londres", heredando su enfoque metódico y su atención al detalle. Esta continuidad generacional asegura que el legado del maestro húngaro perdurará en el cine de autor de las próximas décadas.

El contexto histórico de su obra es fundamental. Filmando en la Hungría comunista y postcomunista, Tarr capturó la desilusión colectiva de una sociedad en transición. Sus personajes, atrapados en paisajes desolados y situaciones límites, encarnan el pesimismo existencial que caracterizó gran parte del pensamiento europeo de finales del siglo XX.

La técnica de tomas continuas que Tarr perfeccionó requiere una coreografía meticulosa entre cámara, actores y entorno. Cada toma se convierte en un acto de resistencia contra la velocidad contemporánea, invitando al público a una inmersión total en el momento presente. Esta metodología, influenciada por Andrei Tarkovski, encuentra en Tarr su máxima expresión.

Su compromiso con la videoinstalación en sus últimos años demostraba una adaptación constante a nuevos formatos sin perder su esencia. "Missing People" no era solo un documental, sino una reflexión sobre la exclusión social en el corazón de Europa, manteniendo su mirada crítica sobre las desigualdades.

El legado de Béla Tarr se mide no solo en películas, sino en una forma de entender el cine como arte total. Su desaparición deja un hueco difícil de llenar, pero su influencia seguirá nutriendo a aquellos cineastas que buscan en la lentitud y la contemplación una verdad más profunda.

La filmografía de Tarr incluye títulos fundamentales como "La condena" (1988), que precedió a "Sátántangó" y ya mostraba su madurez estética. En "El hombre de Londres" (2007), adaptación de una novela de Georges Simenon, demostró su capacidad para reinterpretar el género policíaco desde su particular visión existencial.

La recepción de su obra en festivales internacionales siempre fue polarizada. Mientras algunos celebraban su audacia, otros criticaban su ritmo deliberadamente lento. Sin embargo, con el tiempo, su influencia se ha hecho indiscutible, formando parte del canon del cine de vanguardia.

En la Film Factory, Tarr no solo enseñaba técnica, sino una filosofía de vida. Sus clases se centraban en la observación, la paciencia y la búsqueda de la verdad emocional. Muchos de sus estudiantes han llevado estas enseñanzas a sus propias carreras, creando una red de influencia que supera lo puramente cinematográfico.

La muerte de Béla Tarr coincide con un momento en que el cine experimental busca nuevos referentes. Su obra, sin embargo, permanece tan vigente como cuando se estrenó, desafiando a cada nueva generación de espectadores a abandonar la comodidad de la narrativa tradicional.

La importancia de Tarr para el cine europeo no puede sobreestimarse. En un momento de dominación hollywoodiense, su trabajo defendía la necesidad de un cine lento, exigente y filosóficamente comprometido. Sus películas son recordatorios de que el arte cinematográfico puede ser un espacio para la reflexión profunda sobre la condición humana.

El vacío que deja su partida se siente particularmente en el cine de autor, donde cada vez menos directores se atreven a desafiar las convenciones comerciales con tanta radicalidad. Sin embargo, los cineastas que pasaron por su tutela y los que crecieron viendo sus películas aseguran que su espíritu creativo continuará vivo.

Referencias

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