Hace exactamente diez años, el ex presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero aterrizaba en Caracas con la misión oficial de observar un proceso electoral. Lo que comenzó como una aparente labor neutral de vigilancia democrática se ha transformado en una de las relaciones políticas más controvertidas y cuestionadas de la diplomacia reciente de España. Desde aquel diciembre de 2015, la figura de Zapatero se ha entrelazado de forma creciente con el régimen de Nicolás Maduro, generando un intenso debate sobre los límites entre la mediación internacional y la complicidad con gobiernos autoritarios.
El punto de partida de esta trayectoria fue, en apariencia, inocuo. Zapatero llegó a Venezuela como representante de una misión de observación electoral, pero rápidamente su presencia adquirió matices que trascendían ese rol. Acompañado por miembros del Grupo de Puebla, una red de líderes progresistas latinoamericanos que él mismo cofundó, el ex presidente español encontró en el país caribeño un escenario perfecto para reivindicarse como gestor de paz. Las comparaciones con su labor durante el proceso de paz con ETA en España no se hicieron esperar: "Si he sido capaz, como jefe del Gobierno español, de que ETA abandonara las armas, ¿cómo no lo voy a lograr aquí?", declaró en 2018.
Sin embargo, la realidad ha demostrado que la situación venezolana dista enormemente del conflicto vasco. Mientras que el terrorismo etarra tenía un marco político-territorial concreto, la crisis venezolana representa un sistema de gobierno que ha erosionado sistemáticamente las instituciones democráticas. En este contexto, la actuación de Zapatero ha generado más sombras que luces.
La evolución del rol: de observador a intermediario controvertido
Con el paso de los años, la figura de Zapatero fue mutando. Lo que empezó como una presencia esporádica se convirtió en una constante en el panorama político venezolano. Su imagen de notario de la democracia, como algunos medios lo calificaron inicialmente, fue desvaneciéndose para dar paso a un perfil mucho más ambiguo, que oscila entre el empresario informal y el consejero político.
Los gestos que han marcado esta década son numerosos y llamativos. El uso reiterado de aeronaves de PDVSA, la petrolera estatal venezolana sancionada por Estados Unidos, ha sido uno de los más cuestionados. Estos vuelos, justificados como necesarios para su labor de mediación, han levantado sospechas sobre la naturaleza de sus intereses en el país.
Otro capítulo polémico fue su intercesión para que empresarios españoles obtuvieran concesiones de explotación petrolera en la Faja del Orinoco, una de las zonas con mayores reservas de crudo del mundo. Esta gestión, lejos de ser transparente, ha sido señalada como un ejemplo de cómo la supuesta mediación política puede entrelazarse con negocios opacos.
En 2019, Zapatero participó activamente en el desembarco de Interbanex, una plataforma cambiaria que se convirtió en un pilar del sistema financiero venezolano. Esta operación, necesaria para el régimen ante las sanciones internacionales, consolidó su posición como un actor indispensable para Maduro.
La red de apoyo: Grupo de Puebla y el clan Rodríguez
El Grupo de Puebla ha sido el marco ideológico que ha justificado y acompañado la actuación de Zapatero en Venezuela. Esta red de ex mandatarios y líderes de izquierda, que incluye figuras como Dilma Rousseff o Ernesto Samper, ha mantenido una postura incondicional con el chavismo, interpretando cualquier crítica al régimen como un ataque imperialista.
Dentro del entorno venezolano, Zapatero ha desarrollado una relación particularmente estrecha con Delcy Rodríguez, vicepresidenta del país y una de las figuras más poderosas del chavismo. Esta conexión le ha permitido mantener su influencia incluso tras la caída de Maduro del poder efectivo, consolidando vínculos con el núcleo duro del régimen.
La última polémica de esta larga serie ha sido su reunión secreta con el empresario Julio Martínez y su intervención en el rescate de Plus Ultra, aerolínea investigada por la UDEF por presunto blanqueo de fondos del chavista. Esta operación, que habría implicado el desvío de dinero público español para sanear una empresa con vínculos con el régimen, ha levantado una tormenta de críticas en España.
El discurso de la discreción
Ante las críticas, Zapatero ha mantenido un discurso consistente basado en la discreción diplomática. "Cuando alguien media debe ser extraordinariamente respetuoso. Es un derecho y es un deber mantener la discreción y la lealtad a las personas que han permitido que facilites alguna tarea", declaró en septiembre de 2024.
Este argumento, sin embargo, no ha convencido a sus detractores. La opacidad de sus gestiones, la falta de rendición de cuentas y la evidente proximidad con intereses económicos del régimen han erosionado su credibilidad. La pregunta que se hacen muchos observadores es si realiza una labor de mediación genuina o si actúa como lobbyista encubierto de intereses particulares.
Venezuela en la política española
La relación de España con Venezuela siempre ha sido compleja y ha reflejado las divisiones ideológicas del país. En la izquierda española, la afinidad con el chavismo ha sido más explícita en las franjas más radicales, mientras que el PSOE, el partido de Zapatero, ha mantenido una postura de tibieza calculada cuando ha estado en el Gobierno.
Este espacio de ambigüedad es donde el ex presidente se ha movido con mayor comodidad. Lejos de las responsabilidades de gobierno, ha podido desarrollar una agenda propia sin rendir cuentas a las instituciones españolas. Su labor ha sido criticada tanto por la derecha española como por sectores de la oposición venezolana, que le acusan de legitimar un régimen dictatorial.
El último capítulo: mediación o evacuación?
En 2024, Zapatero participó en la negociación que permitió el exilio en España del líder opositor Edmundo González. Esta gestión, presentada como un éxito de su diplomacia discreta, ha sido interpretada de forma muy diferente por diversos actores. Mientras sus partidarios la ven como una prueba de su capacidad de diálogo, sus críticos la consideran una operación para evacuar a un incómodo rival de Maduro y limpiar la imagen del régimen.
¿El final de una era?
A diez años de su llegada, la figura de Zapatero en Venezuela está en un momento de inflexión. La caída efectiva de Maduro del poder, la investigación sobre Plus Ultra y el desgaste de su discurso han puesto en tela de juicio su modelo de actuación.
La pregunta que plantea el artículo de referencia -si este es el final de su década prodigiosa- no tiene respuesta clara. Lo que sí es evidente es que su legado en Venezuela está lejos de ser el de un mediador imparcial. Su trayectoria ilustra los peligros de la diplomacia paralela cuando se mezcla con intereses económicos y se aleja de la transparencia institucional.
Para España, el caso Zapatero plantea un desafío: cómo gestionar las acciones de un ex presidente que, sin mandato oficial, puede comprometer la posición del país en asuntos internacionales. Para Venezuela, representa otro capítulo más de la internacionalización de su crisis, donde figuras extranjeras juegan roles opacos en su conflicto interno.
La década de Zapatero en Venezuela termina, al menos, con la sensación de una oportunidad perdida. Lo que podría haber sido una genuina contribución a la resolución de una crisis se ha convertido en una serie de episodios que oscurecen más que iluminan. Su defensa de la discreción como valor supremo ha terminado siendo un velo que esconde intereses que, cuando salen a la luz, resultan difíciles de justificar.