Valeria Castro: de la crisis a la reconquista con 'el cuerpo después de todo'

La cantante canaria regresa a los escenarios tras superar un bache personal y profesional, con un disco que transforma el desamor en reconquista

La música de Valeria Castro fluye como un río subterráneo, buscando sus cauces entre las grietas de la experiencia humana. Tras un periodo de oscuridad que la obligó a detenerse, la artista canaria regresa con el cuerpo después de todo, un trabajo donde el desamor no es un final, sino una puerta de reconquista personal.

El camino de regreso no ha sido sencillo. La muerte de su abuela, sumada a una espiral de estrés profesional, le quebró la voz literalmente durante una actuación en directo. Ese momento, que podría haber sido el epílogo de una carrera, se convirtió en la semilla de su renacimiento artístico. Como tantos trabajadores que ven su salud quebrantada por la presión, Castro tuvo que tomarse un reposo forzoso, una baja laboral que le permitió reencontrarse con su instrumento más preciado: su propia voz.

El resultado de esa pausa forzada es un disco que bebe de las fuentes más íntimas. La artista ha construido un universo sonoro donde la fragilidad se convierte en fortaleza, donde cada nota parece tejida con hilos de cristal y agua. Es un trabajo de drenaje emocional, donde el dolor se purifica a través de la creación.

En una casa señorial de Paracuellos del Jarama, entre muros de piedra que guardan el eco de los años 30, se esconde una metáfora perfecta para este retorno. Allí, bajo los cimientos, un antepasado enterró un tesoro familiar: cubertería de plata, joyas con mosaicos de piedras minúsculas, rosarios y pendientes que han resistido al paso del tiempo. Botellas de vino que el tiempo descorchó y fotografías de procesiones religiosas ya desvaídas completan este legado.

Valeria curiosea estos objetos con la misma mezcla de reverencia y espontaneidad que pone en su música. Entre los destellos de la plata y el aroma a historia, su risa resuena con naturalidad. "No pasa nada", repite mientras el equipo de producción se ajusta a las condiciones del viejo caserío, donde el aire húmedo y el frío hacen mella en los presentes. "Para presumir hay que sufrir", añade con la filosofía de quien ha aprendido que la belleza artística exige sacrificio.

Durante la sesión fotográfica, un accidente menor con una infusión de equinácea pone a prueba su temple. En lugar de interrumpir la sesión, la artista contiene el dolor con una sonrisa, infla los mofletes y convierte la adversidad en una carcajada. Es ese mismo espíritu el que impregna cada canción de su nuevo proyecto: la capacidad de transformar la quemadura en creatividad.

La perspectiva canaria de Valeria Castro le ha regalado una sensibilidad especial sobre los movimientos humanos. Desde su isla natal, ha contemplado durante años las llegadas de pateras, las historias de quienes arriesgan todo por un futuro mejor. Esa experiencia le ha forjado una convicción profunda: antes que estadísticas o debates políticos, estamos hablando de personas. De seres humanos que buscan dignidad, que cargan con sus cuerpos y sus sueños a través de mares traicioneros.

"Lo primero es la humanidad", afirma con contundencia. Para ella, la inmigración no es un concepto abstracto, sino rostros concretos, historias que se cruzan con la suya en el territorio que comparte con África. Esa cercanía geográfica le ha enseñado que las fronteras son líneas imaginarias cuando el hambre o la violencia empujan a las personas.

Su vuelta al WiZink Center de Madrid no es simplemente un concierto más. Es una declaración de principios. Cada nota que saldrá de su garganta será un acto de resistencia contra el silencio que casi le vence. Cada canción será un puente entre su dolor personal y el colectivo, entre la pérdida y la esperanza.

El equipo que la acompaña en esta nueva etapa refleja la profesionalidad de un proyecto maduro. Manu Moreno se encarga de que cada detalle estético refleje la esencia de su música, mientras que la producción de Asha Martínez y su asistente Andrea Vázquez garantizan que cada aparición pública sea una experiencia completa. Lora Semova captura con su lente los matices de una artista que ha aprendido a brillar desde la sombra, y María Requejo cuida que cada prenda cuente parte de la historia.

El retoque final de Ana Simón en las imágenes no borra las cicatrices, las acentúa como parte de la narrativa visual. Porque el cuerpo después de todo no pretende la perfección, sino la autenticidad. No busca ocultar las grietas, sino mostrar cómo la luz se filtra a través de ellas.

En un panorama musical donde la velocidad y el viral a menudo sustituyen a la profundidad, Valeria Castro apuesta por la lentitud del proceso creativo. Cada canción es una excavación, cada letra un hallazgo arqueológico de sus propias capas emocionales. El resultado es un trabajo que no se escucha, se siente en las entrañas.

Su historia sirve de espejo para una generación que ha aprendido a normalizar el burnout, que confunde el agotamiento con la productividad. La artista demuestra que detenerse no es fracasar, que cuidar de uno mismo es el primer paso para crear algo duradero. Que la voz, literal y metafóricamente, solo vuelve más fuerte después de descansar.

Cuando suba al escenario del WiZink, Valeria Castro no estará sola. Llevará consigo el peso de su abuela, el eco de las voces que cruzan el Atlántico, el tesoro enterrado en Paracuellos y la certeza de que cada cuerpo que sufre merece ser escuchado. Su música se ha convertido en un acto de compasión radical, hacia sí misma y hacia los demás.

El cuerpo después de todo es, en definitiva, un manifiesto sobre la resiliencia. Una prueba de que las heridas, cuando se atienden con paciencia y arte, se convierten en la materia prima de la belleza. Y que en tiempos de crisis, lo más revolucionario es seguir siendo humano.

Referencias

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