Kennedy vs Trump: cuando el arte era contrapeso del poder

El discurso de 1963 en Amherst sobre Robert Frost revela un abismo insalvable con la visión actual de la cultura como herramienta política

El 26 de octubre de 1963, a pocas semanas de su trágico final, John F. Kennedy se desplazó hasta Amherst College para rendir tributo a una figura fundamental de las letras norteamericanas. Robert Frost, fallecido aquel mismo año a los 88 años, había dejado una huella indeleble en la conciencia cultural del país. Su participación en la ceremonia de investidura presidencial de 1961, donde recitó «The Gift Outright», consolidó un vínculo simbólico entre la política y la creación artística que hoy resulta casi inconcebible.

El discurso que Kennedy pronunció aquel día, cuidadosamente elaborado por el historiador Arthur Schlesinger Jr., trasciende el mero homenaje personal. Construye una reflexión profunda sobre la función social del arte y su relación con el poder político. Sus palabras, imbuidas del optimismo de la New Frontier y de una confianza intelectual que caracterizaba la época, dibujan un horizonte ético que contrasta radicalmente con las dinámicas actuales.

La poesía como antídoto contra la arrogancia del poder

Kennedy articuló una idea central: la poesía actúa como contrapeso indispensable del poder. Citando a Frost, quien escribió «He conocido la noche», el presidente subrayó que el poeta, al conocer «la noche tan bien como el mediodía», comprendía tanto la derrota como el triunfo del espíritu humano. Esta comprensión dual otorgaba a su generación la fortaleza necesaria para superar la desesperanza.

La relación entre poesía y poder, en esta visión, no es meramente metafórica. Kennedy argumentó que cuando el poder conduce a los hombres hacia la arrogancia, la poesía les recuerda sus límites. Cuando el poder reduce el espectro de las preocupaciones humanas, la poesía restituye la riqueza y diversidad de la existencia. En esencia, el arte preserva la complejidad del mundo frente a la simplificación autoritaria.

El arte como espacio crítico, no instrumental

Para Kennedy, la relevancia del arte no residía en su utilidad política inmediata, sino en su capacidad crítica. La nación que menosprecia esta función, advirtió, «corre la misma suerte que el jornalero de Robert Frost: no tener nada que mirar con orgullo en el pasado, ni nada que esperar en el futuro». Esta advertencia configura el arte como garante de la memoria histórica y la proyección ética.

El discurso, reconociéndose en algunos pasajes elitista, defendía una autonomía creativa irrenunciable. La misión del arte es ser crítico, no decorativo. No se trata de un lujo para minorías, sino de un componente estructural de la salud democrática. La poesía, en este marco, se convierte en custodia de la verdad frente a la tentación propagandística.

La fractura actual: cuando el arte se subordina a la ideología

La actual administración Trump ha invertido completamente esta lógica. La obsesión presidencial por emular la figura de Kennedy —llegando a inscribir su nombre junto al del líder asesinado en el Kennedy Center— no implica una adhesión a sus principios, sino precisamente lo contrario. La política cultural actual instrumentaliza el arte como herramienta de legitimación ideológica.

El programa de reescritura de los contenidos de los museos federales para hacerlos «compatibles con MAGA» representa una operación de control simbólico que Schlesinger, acuñador del término «presidencia imperial» durante el mandato de Nixon, habría identificado como un giro autoritario. No se trata ya de recordar límites al poder, sino de doblegar la creación artística a sus necesidades.

Verdad versus propaganda: la línea roja

Kennedy trazó una frontera clara: «No debemos olvidar nunca que el arte es el reflejo de la verdad, y no de la propaganda». Esta distinción resulta esencial en sociedades libres. El arte responde a la verdad, no a directrices políticas. Cuando las instituciones culturales se subordinan a un proyecto de poder, pierden su función social y se convierten en altavoces de la ortodoxia.

La comparación entre ambas visiones no podría ser más elocuente. Para Kennedy, «el poder de nuestra nación es importante, pero el espíritu que la inspira y la controla lo es aún más». La dimensión espiritual, entendida como compromiso con la verdad crítica, resulta más decisiva que la mera capacidad de imposición. En la concepción trumpista, el poder es su propio fin, y el arte debe servirlo.

Consecuencias para la democracia

Este desplazamiento tiene implicaciones profundas. Cuando el arte deja de ser contrapeso para convertirse en instrumento, la democracia pierde un mecanismo de auto-corrección. La diversidad de perspectivas, la capacidad de cuestionar el consenso oficial, la preservación de múltiples narrativas históricas —todo ello se erosiona.

El modelo kennediano, con sus limitaciones de clase y contexto histórico, reconocía que una sociedad sin arte crítico es una sociedad sin memoria ni horizonte. El modelo actual, al subordinar la creación a la línea política del momento, genera una cultura de adhesión que debilita la resiliencia democrática.

La lección de Amherst para nuestro tiempo

El discurso de 1963, leído desde el presente, funciona como un espejo que revela no solo el cambio político, sino la transformación del ethos cultural estadounidense. La confianza en el valor intrínseco del arte, la creencia en su necesidad para la salud republicana, el reconocimiento de su rol subversivo —todo ello parece pertenecer a un universo desaparecido.

Sin embargo, la actualidad de su mensaje reside precisamente en su carácter profético. La advertencia sobre el destino del jornalero de Frost —carente de pasado digno y futuro esperanzador— describe con exactitud el riesgo que corren las sociedades que convierten el arte en mera propaganda. La pérdida de orgullo histórico y de proyección futura no es solo un problema cultural, sino un síntoma de decadencia cívica.

Preservar el espacio crítico

La lección fundamental del discurso de Kennedy es que el arte no debe ser compatible con el poder, sino desafiante para él. Su valor no se mide por su capacidad de legitimar, sino por su potencial de cuestionar. En tiempos de creciente polarización y presión ideológica, esta autonomía resulta más valiosa que nunca.

Las instituciones culturales, los creadores, los educadores y el público enfrentan la responsabilidad de defender este espacio. No se trata de una batalla partidista, sino de una condición necesaria para la libertad. Cuando el arte se doblega, la democracia se encorva. Cuando el arte resiste, la sociedad entera se fortalece.

El contraste entre aquel octubre de 1963 y el presente no es solo político, sino civilizatorio. Kennedy entendió que un imperio sin espíritu crítico es solo una fuerza brutal, sin límites ni responsabilidad. Su discurso en Amherst sigue siendo, décadas después, una advertencia que no hemos sabido escuchar.

Referencias

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