El derbi valenciano disputado este domingo en el Estadio Ciutat de València terminó envuelto en una polémica que trascendió el terreno de juego. Lo que comenzó como una victoria contundente del Valencia CF por 0-2, con goles de Largie Ramazani y Umar Sadiq, derivó en una escena lamentable de violencia cuando el central suizo Eray Cömert decidió celebrar de forma provocativa con uno de los banderines de córner del Levante UD.
El partido había transcurrido con la intensidad propia de un encuentro entre rivales locales, pero sin incidentes mayores hasta el pitido final. Sin embargo, la celebración del Valencia CF desató una reacción en cadena que manchó el evento deportivo. Cömert, en un gesto que fue interpretado como una burla directa al conjunto granota, se apoderó del banderín de córner del Levante, colocó sobre él su camiseta y comenzó a ondearlo justo frente a la zona donde se encontraban los seguidores visitantes.
La acción no tardó en generar un clima de máxima tensión. Jugadores y empleados del Levante UD, que ya habían abandonado el campo, regresaron al césped con evidente indignación para intentar recuperar el símbolo de su club. Lo que inicialmente fue un forcejeo verbal escaló rápidamente a un enfrentamiento físico entre ambas plantillas, con empujones y acusaciones cruzadas que obligaron a la intervención de los delegados de campo y miembros de la seguridad del estadio.
La violencia se extendió a las gradas, donde algunos aficionados del Levante respondieron lanzando botellas hacia el terreno de juego, dirigidas especialmente contra Cömert, que se había convertido en el foco de todas las críticas. El lanzamiento de objetos no fue un hecho aislado, sino que continuó incluso después de que los jugadores del Valencia se retiraran a los vestuarios, con el defensa suizo como principal objetivo del enfado levantinista.
Este tipo de incidentes pone de manifiesto la fragilidad de la convivencia en el fútbol moderno, donde las pasiones a flor de piel pueden desbordarse por gestos que, aunque no justificables, son interpretados como agravios a la identidad del rival. La celebración de Cömert, lejos de ser un acto espontáneo de júbilo, fue percibida como una falta de respeto institucional que desencadenó una reacción violenta tanto dentro como fuera del campo.
Las autoridades del encuentro, incluido el colegiado principal, tendrán que incluir en su informe estos hechos, lo que podría derivar en sanciones para el jugador del Valencia y para el club local por la falta de control de su afición. La Liga de Fútbol Profesional y el Comité de Competición tendrán que analizar las imágenes para determinar responsabilidades, tanto por la provocación inicial como por la respuesta violenta que siguió.
El derbi valenciano, tradicionalmente conocido por su intensidad pero también por su civismo, ha quedado marcado por esta tangana que opaca el buen juego desplegado por el Valencia CF durante los 90 minutos. Los goles de Ramazani y Sadiq, que merecían ser el centro de la conversación, pasaron a un segundo plano ante la gravedad de los incidentes postpartido.
Para el Levante UD, la situación representa un golpe a su imagen institucional, especialmente por la reacción violenta de una parte de su parroquia. El club granota ha trabajado en los últimos años para proyectar una imagen de familia y respeto, y este tipo de comportamientos van en contra de los valores que pretende transmitir. Desde la entidad ya se han anunciado medidas disciplinarias internas y colaboración con las fuerzas de seguridad para identificar a los responsables de los lanzamientos.
Por su parte, el Valencia CF deberá también gestionar internamente la situación generada por su jugador. Si bien la celebración no justifica la violencia posterior, los gestos provocativos van en contra del código de conducta que el propio club ha promovido en sus filas. El entrenador y la dirección deportiva tendrán que valorar si las acciones de Cömert merecen algún tipo de sanción interna, además de la que pueda imponerle la competición.
El episodio sirve como recordatorio de la responsabilidad que conlleva ser profesional del fútbol en la era de las redes sociales y la cobertura mediática constante. Cada gesto es amplificado y puede tener consecuencias impredecibles. La línea entre la celebración legítima y la provocación es delgada, y en este caso, el defensa suizo la cruzó de forma inequívoca.
La seguridad en los estadios españoles ha mejorado notablemente en las últimas dos décadas, pero incidentes como este demuestran que aún queda trabajo por hacer en la educación y concienciación de los aficionados. El lanzamiento de objetos al campo no solo pone en riesgo a los jugadores, sino que además puede generar sanciones económicas y de cierre de gradas que perjudican a toda la afición.
Mientras se resuelven las investigaciones oficiales, el debate en Valencia girará en torno a quién tiene mayor responsabilidad: si el jugador por su gesto irresponsable o los aficionados por su reacción violenta. La respuesta, como suele ocurrir en estos casos, es que ambas partes tienen su cuota de culpa en una cadena de eventos que nadie detuvo a tiempo.
El derbi dejó heridas abiertas que necesitarán tiempo para cicatrizar. La rivalidad entre Levante y Valencia es natural y sana cuando se limita al ámbito deportivo, pero cuando traspasa esos límites se convierte en un problema social que afecta a toda la ciudad. Las instituciones, los clubes y los propios jugadores tienen la obligación de liderar el cambio hacia un fútbol más respetuoso y menos violento.
La próxima vez que estos dos equipos se enfrenten, las autoridades deberán extremar las medidas de seguridad y los propios protagonistas tendrán que ser conscientes de que sus acciones tienen consecuencias. Solo así se podrá recuperar el espíritu de competencia sana que debe regir el deporte rey.