En los años ochenta, durante un discurso en Londres, Margaret Thatcher fue interrumpida por un grupo de jóvenes militantes comunistas. Tras la expulsión de los manifestantes y los aplausos del público, la primera ministra se giró hacia la multitud y pronunció una frase que resonaría durante décadas: "Ahora ven por qué peleo con esta gente". Aquella respuesta, nacida de la confrontación directa, simbolizaba una época donde los enfrentamientos ideológicos ocurrían cara a cara, sin filtros ni evasiones.
Cuatro décadas después, en España, una situación distinta pero simbólicamente conectada ha despertado el debate sobre el estado de la cultura política. Los reconocidos escritores Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra organizaron un foro con intelectuales y artistas para dialogar sobre la guerra civil española, ese conflicto que puso fin a la Segunda República. La iniciativa buscaba precisamente lo que parece escasear hoy: el intercambio de ideas entre posturas divergentes. Sin embargo, la convocatoria encontró una negativa inesperada.
Un joven autor, recientemente premiado por una novela sobre la contienda bélica, decidió no participar. Su motivo no fue la agenda, el formato o la fecha, sino la presencia de dos figuras concretas: el expresidente del Gobierno José María Aznar y el periodista Eduardo Espinosa de los Monteros. Este escritor, conocido por su característica boina y su dominio del acordeón, prefirió ausentarse antes que compartir espacio con quienes considera ideológicamente opuestos. Su rechazo, lejos de ser aislado, encontró eco en otros invitados.
El coordinador de Izquierda Unida en Andalucía, Antonio Maíllo, y la portavoz del PSOE-A, María Márquez, también declinaron la invitación. Curiosamente, tres representantes del espectro progresista fueron los que decidieron no sentarse a la mesa de debate. Esta circunstancia resulta paradigmática si contrastamos con las prácticas de sus propios referentes históricos.
En 1982, el periodista José Luis Balbín logró reunir en un mismo programa a líderes políticos de todas las tendencias: Landelino Lavilla (UCD), Manuel Fraga (AP), Alfonso Guerra (PSOE), Santiago Carrillo (PCE), Agustín Rodríguez Sahagún (CDS), Luis Uruñuela (PSA), Miquel Roca (CiU) y Xabier Arzallus (PNV). Todos acudieron. Años después, Victoria Prego organizó otro encuentro histórico con intelectuales de peso: Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Jorge Semprún, Fernando Savater, Juan Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán. Ideológicamente dispares, pero todos presentes. Aquella era una época donde el compromiso con el debate superaba las diferencias.
¿Qué ha cambiado desde entonces? El artículo original apunta a una transformación profunda en la izquierda española, acelerada con la llegada de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez al escenario político. El retroceso en valores democráticos y liberales habría sido, según esta visión, vertiginoso. Sin embargo, la intolerancia pura no explica todo el fenómeno. Detrás de esa negativa al encuentro se esconde algo más preocupante: la decadencia intelectual de ciertos sectores progresistas.
Cuando las ideas no pueden sostenerse en el debate, cuando los argumentos se desvanecen frente al contrincante, la única salida digna parece ser la retirada. La mediocridad creciente, esa incapacidad de construir discursos sólidos, lleva a buscar refugio en la homogeneidad ideológica. El miedo al cuestionamiento revela una fragilidad conceptual que no existía en figuras como Carrillo o Vázquez Montalbán, quienes defendían sus tesis frente a cualquier adversario.
Paradójicamente, esta ausencia estratégica puede convertirse en una herramienta de marketing. El escritor francés Honoré de Balzac ya exploró en Ilusiones perdidas cómo la polémica vende. En la adaptación cinematográfica de Xavier Giannoli, el ambicioso Nathan le reprocha a su editor: "Necesito polémica. ¿Qué hago yo sin polémica?". En el siglo XXI, donde el ruido mediático sustituye al contenido, negarse a dialogar con "el enemigo" puede generar más repercusión que participar en un debate honesto.
Este fenómeno no es exclusivo de la izquierda, aunque actualmente se manifieste con mayor intensidad en ella. En 1940, el juez McGeehan declaró al filósofo Bertrand Russell "indigno" de enseñar en la Universidad de Nueva York. La presión conservadora de aquella época buscaba silenciar al pensamiento disidente. Hoy, los roles parecen haberse invertido en ciertos espacios culturales, donde quienes se autodenominan progresistas son los que levantan muros.
La comparación histórica resulta esclarecedora. Cuando la derecha de mediados del siglo XX quería expulsar a Russell, lo hacía desde el poder institucional. La izquierda actual, sin embargo, ejerce su censura desde la autosegregación, desde la negativa a participar en el agora democrática. Ambas posturas, aunque diferentes en método, comparten el mismo espíritu: el miedo a la confrontación de ideas.
La anécdota de Thatcher cobra nueva significación en este contexto. Ella peleaba "con esa gente" porque confiaba en sus argumentos. La primera ministra no temía el debate; lo buscaba. En cambio, quienes hoy se niegan a sentarse en la misma mesa que Aznar o Espinosa de los Monteros revelan no solo intolerancia, sino sobre todo inseguridad en sus propias convicciones. Y en una sociedad democrática, pocas cosas son más peligrosas que la combinación de poder político con fragilidad intelectual.
El verdadero desafío no radica en imponer una verdad, sino en construirla colectivamente a través del diálogo. Cuando los herederos de grandes tradiciones intelectuales prefieren el gueto ideológico al debate abierto, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales. La polémica puede vender libros, pero la ausencia de diálogo empobrece a toda la sociedad.