La anécdota resulta paradigmática. A mediados de la década de los ochenta, Margaret Thatcher enfrentaba una situación que se repetía con cierta frecuencia en sus intervenciones públicas. Un grupo de jóvenes militantes comunistas irrumpió en uno de sus discursos, interrumpiendo el acto con consignas y protestas. La seguridad actuó con prontitud, y cuando los manifestantes fueron finalmente expulsados del recinto, el público estalló en aplausos. No aplaudían la protesta, sino su final. La primera ministra británica, con esa capacidad característica para la frase memorable, se volvió hacia la multitud y pronunció unas palabras que han perdurado en el tiempo: Ahora ven por qué peleo con esta gente.
Este episodio, ocurrido en plena Guerra Fría, cobra una relevancia inesperada cuando lo trasladamos al contexto español actual. Hace apenas unas semanas, el escritor Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra convocaban a un foro de reflexión sobre la Guerra Civil española. La iniciativa reuniría a creadores e intelectuales de diversas sensibilidades para dialogar sobre uno de los capítulos más traumáticos de nuestra historia reciente. Sin embargo, la propuesta chocó con una negativa intransigente.
El caso más llamativo fue el de un joven narrador que ha cosechado éxito reciente con una novela ambientada precisamente en el conflicto republicano. Conocido por su particular estética -siempre luciendo una boina y acompañando sus presentaciones con el acordeón- este autor decidió declinar la invitación. El motivo resulta revelador: en el mismo panel figuraban los nombres de José María Aznar y Espinosa de los Monteros, representantes de la derecha política española.
El gesto, lejos de ser un hecho aislado, se inscribe en una tendencia preocupante. También han rechazado participar el dirigente comunista Antonio Maíllo y la portavoz del PSOE andaluz, María Márquez. Tres voces de las distintas familias de la izquierda que prefieren la ausencia al encuentro, el monólogo al diálogo. Y es aquí donde la reflexión se hace imprescindible: ¿qué ha cambiado entre aquellos años ochenta y el presente?
El contraste resulta demoledor. En 1982, el periodista José Luis Balbín logró una hazaña hoy inconcebible: reunir en un mismo programa televisivo a Landelino Lavilla (UCD), Manuel Fraga (AP), Alfonso Guerra (PSOE), Santiago Carrillo (PCE), Agustín Rodríguez Sahagún (CDS), Luis Uruñuela (PSA), Miquel Roca (CiU) y Xabier Arzallus (PNV). Todos acudieron. Todos expusieron sus argumentos. Todos confrontaron sus ideas sin necesidad de cordones sanitarios.
Años después, Victoria Prego repetiría la proeza con un elenco intelectual de primer nivel: Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Jorge Semprún, Fernando Savater, Juan Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán. Nuevamente, la pluralidad ideológica no fue obstáculo para el debate. Nuevamente, la excelencia intelectual se impuso sobre las diferencias.
¿Qué ha sucedido entonces? La respuesta apunta a una mutación profunda en el ADN de la izquierda española, particularmente acelerada desde la irrupción de figuras como Pablo Iglesias y Pedro Sánchez en la primera línea política. El retroceso en términos democráticos y liberales ha sido, efectivamente, vertiginoso. Pero el fenómeno trasciende la mera intolerancia. Esta intolerancia es síntoma, no causa. La raíz del problema se encuentra en una decadencia intelectual sin paliativos, en una mediocridad creciente que se disfraza de pureza ideológica.
El joven cuentista con boina, con su gesto teatral, encarna perfectamente esta paradoja. Su talento narrativo es indiscutible, pero su actitud revela una incapacidad para dialogar con lo diferente. Y sin embargo, no podemos descartar por completo la lectura más cínica: en tiempos de sobreinformación, la polémica vende. No hay publicidad mejor para un libro que un conflicto bien orquestado.
Balzac ya lo describió magistralmente en Las ilusiones perdidas. En la adaptación cinematográfica de Xavier Giannoli, el ambicioso escritor Nathan le espeta a su editor: Usted iba a pagar a Le Figaro para que me atacara y creara polémica. Pero nada, no hay polémica. Necesito polémica. ¿Qué hago yo sin polémica? Que alguien me diga cómo se venden hoy libros sin una buena polémica. La escena, escrita en el siglo XIX, anticipa con asombrosa precisión los mecanismos del mercado editorial contemporáneo.
Pero volvamos a la cuestión central: la crisis del debate democrático. El gesto de estos tres representantes de la izquierda actual no es solo una muestra de intolerancia, sino un síntoma de debilidad intelectual. Cuando Santiago Carrillo, máximo dirigente del PCE, se sentaba a dialogar con Manuel Fraga, lo hacía desde la seguridad de un pensamiento sólido, de una tradición argumentativa robusta. No temía la confrontación porque confiaba en sus ideas.
Hoy ocurre lo contrario. La negativa al debate revela inseguridad, falta de argumentos, miedo al cuestionamiento. Es más fácil predicar al coro, rodearse de iguales, construir una burbuja ideológica que confirme nuestras creencias. El ecosistema digital ha potenciado esta tendencia, creando cámaras de eco donde la disidencia es censurada y el disenso, vilipendiado.
La ironía resulta amarga. En 1940, el juez McGeehan declaró a Bertrand Russell indigno de ejercer como profesor en la Universidad de Nueva York. La presión conservadora intentaba silenciar al filósofo ateo y pacifista. Eran los tiempos en que la derecha era la que más presionaba para apartar a los librepensadores de los espacios académicos. Russell, con su agudeza característica, denunció el obscurantismo de aquellos que temían las ideas.
Ochenta años después, los papeles parecen haberse invertido. No es la derecha la que boicotea el debate, sino sectores de la izquierda que se autoproclaman progresistas. La intolerancia, esa vieja aliada de los totalitarismos, ha encontrado un nuevo hogar en quienes deberían defender la libertad de expresión como valor supremo.
El joven cuentista con boina, Antonio Maíllo y María Márquez no son simples anécdotas. Son representantes de una generación que ha perdido el rumbo, que confunde la militancia con el fanatismo, la defensa de ideas con la imposición de dogmas. Su negativa a sentarse con Aznar y Espinosa de los Monteros no es un acto de coherencia, sino de cobardía intelectual.
Margaret Thatcher tenía razón. Peleaba con esa gente porque entendía que la democracia se alimenta del choque de ideas, no de su ausencia. Los grandes marxistas españoles del siglo XX lo comprendieron perfectamente. Sus herederos políticos e intelectuales del siglo XXI parecen haberlo olvidado. Y ese olvido, más que cualquier ideología, representa el verdadero peligro para la democracia.