A casi tres décadas de su asesinato, la figura de Gregorio Ordóñez continúa irradiando una fuerza simbólica inquebrantable. En una época marcada por el ruido mediático y la fluctuación de principios, su nombre representa un ancla de coherencia y un recordatorio de que existen valores que no negocian su esencia. Los ejemplos de entrega y dignidad no tienen fecha de caducidad, y la vida de este político constituye un faro ético para una sociedad que, en ocasiones, parece haber perdido el rumbo.
La valentía de expresar la verdad
Gregorio Ordóñez no fue un dirigente más en el panorama político español de los años noventa. Su trayectoria se definió por una característica cada vez más escasa: la valentía cívica de alzar la voz cuando el silencio era la opción más cómoda y menos peligrosa. En el País Vasco de esa década, donde el terrorismo de ETA sembraba miedo y parálisis, defender la democracia sin ambages equivalía a exponerse a consecuencias fatales.
Ordóñez comprendía que la política no es un mero ejercicio de gestión, sino una responsabilidad con la verdad. Su discurso se caracterizó por la claridad, la ausencia de eufemismos y la firmeza en la defensa de las libertades fundamentales. Mientras otros optaban por la ambigüedad o la equidistancia para no molestar, él estableció una línea clara: no se puede dialogar con quienes pretenden imponer sus ideas mediante la violencia.
Un asesinato que pretendía acallar a una sociedad
El 23 de enero de 1995, ETA asesinó a Gregorio Ordóñez en San Sebastián. El objetivo del entramado terrorista era doble: eliminar a un adversario incómodo e intimidar a toda una comunidad. Querían demostrar que nadie estaba a salvo, que la razón democrática siempre perdería frente al chantaje armado.
Sin embargo, el efecto fue contrario. La muerte de Ordóñez no silenció sus ideas; las amplificó. Se convirtió en un símbolo de la resistencia democrática, en la personificación de una sociedad que se niega a arrodillarse. Su asesinato dejó claro que ETA no solo combatía a un individuo, sino que declaraba la guerra a la libertad de expresión, al pluralismo y a la dignidad humana.
Principios que trascienden el tiempo
Lo que hace permanente la figura de Gregorio Ordóñez es la universalidad de sus principios. La coherencia, la defensa de la ley y el rechazo absoluto al terrorismo no son patrimonio de una época, sino pilares de cualquier sociedad civilizada. En este sentido, su legado no pertenece solo al pasado, sino que interpela directamente el presente.
En la actualidad, asistimos a fenómenos preocupantes. La desmemoria histórica se presenta como progreso, y el relativismo moral impregna el discurso público. Algunos sectores políticos parecen dispuestos a transigir con valores innegociables con tal de mantenerse en el poder. Esta situación genera un vacío ético que figuras como Ordóñez ayudan a llenar.
La paradoja de los herederos del terror
Quizás el aspecto más doloroso y contradictorio de nuestra realidad política actual es la presencia de quienes, sin haber condenado explícitamente el terrorismo ni haber pedido perdón a las víctimas, ocupan posiciones de poder institucional. Los sucesores políticos de ETA, lejos de mostrar arrepentimiento, han sido normalizados y, en algunos casos, convertidos en socios preferentes del Gobierno de España.
Esta circunstancia representa una herida moral para las víctimas y para toda la sociedad democrática. Es una forma de humillar a quienes sufrieron la violencia y a quienes, como Gregorio Ordóñez, la enfrentaron con la palabra y las ideas. Normalizar a quienes nunca han rechazado sin matices el terrorismo es una traición a la memoria de los caídos y a los principios que sustentan nuestra convivencia.
Un referente de cercanía y autenticidad
A diferencia de muchos políticos de su tiempo y de hoy, Gregorio Ordóñez destacaba por su autenticidad. Era una persona cercana, sin artificios, sin dobleces. Su forma de hacer política se basaba en el contacto directo con la ciudadanía y en la escucha activa. No necesitaba cortinas de humo ni mensajes ambiguos para conectar con la gente.
Esta cercanía no era una estrategia electoral, sino una forma de ser. Entendía que el servicio público exige humildad y compromiso real con las personas, no con los intereses partidistas o ideológicos. En tiempos donde la impostura y el marketing político dominan el escenario, su figura resplandece como un modelo de honestidad.
La memoria como acto de resistencia
Recordar a Gregorio Ordóñez no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de resistencia activa contra la tergiversación histórica. Cada vez que alguien intenta minimizar el sufrimiento causado por el terrorismo o presentarlo como un conflicto político sin responsables claros, la memoria de Ordóñez y de tantas víctimas actúa como un dique moral.
La memoria histórica no es un capricho; es una necesidad democrática. Sin ella, corremos el riesgo de repetir errores, de normalizar la barbarie y de traicionar a quienes dieron su vida por la libertad. Gregorio Ordóñez representa la voz de quienes no pueden hablar, pero cuyo ejemplo nos obliga a mantener la guardia alta.
Enseñanzas para una nueva generación
Los jóvenes que no vivieron directamente la época del terrorismo de ETA necesitan referentes como Gregorio Ordóñez. Necesitan entender que la libertad no es gratuita, que se conquista y se defiende cada día. Necesitan conocer historias de personas que, con su valentía, les permiten hoy disfrutar de una sociedad democrática.
La educación en valores democráticos pasa por la transmisión de estas historias. No para alimentar rencores, sino para construir inmunidad social contra cualquier forma de totalitarismo. El ejemplo de Ordóñez enseña que la coherencia no tiene precio, que la dignidad no se negocia y que la libertad de expresión es un derecho fundamental que debe protegerse sin concesiones.
El deber de la coherencia
En política, la coherencia es un bien escaso. Los intereses cambiantes, las alianzas tácticas y la falta de principios sólidos generan desconfianza ciudadana. Gregorio Ordóñez, por el contrario, demostró que es posible mantener una línea ética inmutable sin caer en la rigidez dogmática.
Su coherencia le costó la vida, pero le dio una inmortalidad simbólica. Mientras otros políticos son recordados por sus ambiciones o sus errores, Ordóñez lo es por sus principios. Esa es la verdadera trascendencia: convertirse en un estándar de comportamiento público que perdura más allá de cualquier cargo o función.
Conclusión: La llama que no se apaga
La memoria de Gregorio Ordóñez no es un monumento estático, sino una llama viva que ilumina los valores no negociables de la democracia. En cada época de confusión ética, su figura nos recuerda que existen líneas rojas que no se pueden cruzar.
Su legado nos interpela directamente: ¿qué estamos haciendo nosotros hoy para defender la libertad? ¿Cómo respondemos ante las nuevas formas de totalitarismo, ya sea el terrorismo, la desinformación o la tiranía de las mayorías? Las respuestas a estas preguntas pasan por asumir el compromiso que Ordóñez asumió: defender la democracia con valentía, coherencia y dignidad.
No podemos permitir que su nombre se desvanezca en el olvido ni que su ejemplo se diluya en el mar de la indiferencia. Cada generación tiene la responsabilidad de reivindicar su memoria y de poner en práctica sus enseñanzas. Solo así, su sacrificio no habrá sido en vano y su luz seguirá guiando el camino de quienes creen en una sociedad libre, justa y digna.