Superviviente de Chinchilla 2003: "El accidente de Adamuz fue mala suerte"

Juan Guillamón, que perdió nueve dedos en la tragedia ferroviaria de hace 22 años, analiza el reciente siniestro de Adamuz y compara ambas experiencias

Juan Guillamón conoce de cerca el terror de un accidente ferroviario. En junio de 2003, viajaba en el primer vagón de un Talgo que nunca llegó a su destino. La colisión en Chinchilla, una de las peores tragedias del ferrocarril español, le dejó secuelas físicas permanentes: nueve dedos amputados y recuerdos imborrables de un impacto a más de 100 kilómetros por hora. Ahora, casi un cuarto de siglo después, vuelve a conmoverse ante una nueva catástrofe: el descarrilamiento de Adamuz, que ha dejado 39 víctimas mortales.

El murciano de 77 años, expresidente del Real Murcia y exdecano del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, no duda en expresar su solidaridad con las familias afectadas. "Me solidarizo con todas esas personas que han perdido a familiares y amigos en un accidente tan desgraciado", afirma Guillamón en declaraciones exclusivas. Su experiencia le otorga una perspectiva única para entender el dolor y la magnitud de lo ocurrido en Córdoba.

El siniestro de Chinchilla del 3 de junio de 2003 se grabó en la memoria colectiva como uno de los más devastadores. El tren de pasajeros que partió de Madrid chocó frontalmente contra una locomotora de mercancías que circulaba en dirección contraria por la misma vía. El saldo fue demoledor: 19 fallecidos y más de 50 heridos. Guillamón, que ocupaba un asiento en clase preferente, recuerda cada detalle con nitidez: "No podía ni levantar la cabeza porque tenía una locomotora encima mía".

La velocidad era un factor determinante. "Nosotros íbamos a más de 100 kilómetros por hora porque acabábamos de salir de Albacete y el otro iba a 200 kilómetros por hora, por eso pasó por encima nuestro", describe. La violencia del impacto fue tal que el fuego se propagó rápidamente, obligándole a escapar por una ventana. "Tuve que salir por una ventana porque se desató un incendio", relata, consciente de que su ubicación en el primer vagón fue "el peor sitio", donde concentraron las víctimas mortales.

Dos décadas después, la tragedia de Adamuz ha superado en víctimas a la de Chinchilla. Para Guillamón, sin embargo, no se trata de una simple comparación numérica. El ingeniero distingue entre ambos siniestros con precisión técnica y humana. "Esto ha sido una verdadera mala suerte porque no ha sido ni un choque de trenes", explica, refiriéndose al accidente de este domingo.

Su análisis apunta a una circunstancia excepcional: "Parece que la cola de uno de los trenes de Adamuz ha hecho 'el látigo' y se ha ido sobre varios vagones del tren que circulaba por la vía de enfrente". Esta descripción gráfica ilustra cómo el descarrilamiento de un tren de alta velocidad de Iryo provocó que sus últimos vagones se desviaran y colisionaran contra un tren de Renfe que pasaba en el momento exacto. "Ha sido un caso de mala suerte porque casualmente se han cruzado en el mismo momento", insiste.

La distinción es crucial para el superviviente. Mientras Chinchilla fue una colisión frontal por ocupación de la misma vía en sentido contrario, Adamuz parece derivar de un efecto dominó impredecible. Guillamón, con su experiencia como ingeniero, evita lanzar juicios prematuros: "No quiero opinar sobre las posibles causas porque este accidente ha sido muy grave, hay muchos fallecidos, muchos heridos y hay que pedir responsabilidades para saber qué ha pasado".

Su prudencia refleja el respeto hacia las víctimas y la necesidad de una investigación exhaustiva. "Lo único que puedo decir es que algo ha fallado", sentencia, dejando en manos de los expertos el análisis técnico definitivo. Esta postura contrasta con la tendencia a la especulación inmediata que suele acompañar a estos desastres.

El dolor compartido entre supervivientes y familiares de víctimas crea un vínculo invisible. Guillamón sabe que las secuelas emocionales duran años. Después de Chinchilla, tuvo que reconstruir su vida física y psicológicamente. La pérdida de movilidad en manos que habían diseñado infraestructuras y dirigido instituciones fue una ironía cruel, pero también una prueba de resiliencia.

La seguridad ferroviaria en España ha evolucionado desde 2003. Sistemas de control automático, señalización avanzada y protocolos más estrictos buscan prevenir tragedias. Sin embargo, Adamuz demuestra que el riesgo cero no existe. La coincidencia temporal de dos trenes en un punto crítico, sumada a un posible fallo mecánico o humano, puede desencadenar una catástrofe.

Guillamón reflexiona sobre la naturaleza aleatoria del desastre. "Hay que tener mala suerte para que el descarrilamiento de Adamuz se haya producido cuando pasaba otro tren al lado", repite, subrayando la confluencia de factores que multiplicaron la tragedia. En Chinchilla, el error fue humano: una locomotora de mercancías ocupó una vía prohibida. En Adamuz, las causas aún están por determinar, pero la simultaneidad fue letal.

El exdecano murciano, que dirigió su colegio profesional durante ocho años, entiende la importancia de la transparencia en las investigaciones. Los informes técnicos, las reconstrucciones de los hechos y las responsabilidades claras son esenciales para que las víctimas encuentren cerrar y el sistema aprenda de sus errores.

Mientras tanto, la sociedad española vuelve a conmoverse con imágenes de vagones destrozados y listas de fallecidos. Guillamón, que ya vivió esa vorágine mediática y emocional, prefiere el silencio reflexivo al ruido especulativo. Su experiencia le ha enseñado que el tiempo es el único aliado para procesar el trauma.

La comparación entre ambas tragedias no busca establecer un ranking de dolor, sino entender cómo el sistema ferroviario puede seguir mejorando. Cada accidente, por desgracia, aporta lecciones. La de Chinchilla llevó a revisar protocolos de circulación y comunicación. La de Adamuz, probablemente, incidirá en el mantenimiento y en la gestión de riesgos en situaciones de descarrilamiento.

Para Juan Guillamón, la vida después del accidente es un acto de resistencia. Cada día es una victoria sobre el recuerdo de esa locomotora que le aplastó las manos y la conciencia. Ahora, desde la distancia del tiempo y con la autoridad del dolor vivido, su voz se alza no para condenar, sino para acompañar en el duelo y exigir que la verdad salga a la luz.

La tragedia de Adamuz ha reabierto heridas colectivas. Para los supervivientes de Chinchilla, como Guillamón, es un flashback doloroso. Para las familias de las 39 víctimas, el inicio de un camino de dolor sin fin. Y para España, una nueva oportunidad para preguntarse cómo evitar que el metal y el fuego vuelvan a cobrarse vidas inocentes en las vías del tren.

En medio del caos, la voz de quien ya lo vivió ofrece una lección de humildad y exigencia: humildad para reconocer que la mala suerte existe, y exigencia para que las responsabilidades se esclarezcan. Solo así, cada tragedia podrá servir para que la próxima se evite. O al menos, para que el dolor no sea en vano.

Referencias