La capital helena se convirtió este lunes en el escenario de un encuentro conmovedor entre dos de las casas reales más importantes de Europa. El funeral de la Princesa Irene de Grecia, hermana menor de la Reina Sofía, reunió en Atenas a la Familia Real Española en un acto cargado de emotividad y protocolo, que coincidió con uno de los días más trágicos para España en lo que va de año.
La ceremonia fúnebre, celebrada en la imponente Catedral Metropolitana de Atenas, sirvió no solo para rendir homenaje a la última integrante de la dinastía griega nacida antes de la abolición de la monarquía, sino también para demostrar la fortaleza de los lazos familiares que unen a las dos coronas. La presencia de los Reyes de España, Felipe VI y Letizia, junto a sus hijas, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía, marcó un gesto de solidaridad incondicional hacia la Reina Emérita en uno de los momentos más difíciles de su vida.
El viaje de la familia española a Grecia se había programado con antelación, pero la tragedia que sacudió Andalucía la tarde del domingo transformó el carácter de la visita. El accidente ferroviario en Córdoba, que causó la muerte de al menos 39 personas, proyectó una sombra de dolor sobre la comitiva real, que se encontraba ya en territorio heleno cuando se recibieron las primeras noticias del desastre.
A pesar de la distancia geográfica, la conexión con España permaneció viva durante toda la estancia. Fuentes de la Zarzuela confirmaron que, incluso antes de la ceremonia religiosa, el Rey Felipe VI ya había establecido contacto con las autoridades españolas. La preocupación por las víctimas andaluzas fue una constante que compartió con la Reina Ana María de Grecia y sus hijos durante la cena privada que ambas familias compartieron en una tradicional trattoria ateniense la víspera del funeral.
El gesto de cercanía del monarca no pasó desapercibido. Durante el transcurso de la misa, mientras los presentes rendían tributo a la Princesa Irene, el Rey mantenía su atención dividida entre el duelo familiar y la crisis nacional. Al término de la ceremonia, Felipe VI conversó brevemente con Pablo de Grecia, hijo mayor del fallecido Rey Constantino, intercambiando impresiones sobre la situación en España y mostrando una vez más su característico compromiso institucional.
La Reina Letizia, elegante y sobria en un vestido oscuro, demostró su apoyo no solo a su suegra, sino también a toda la familia griega. Su presencia, junto a la de sus hijas, simbolizó la continuidad de una relación que trasciende las formalidades diplomáticas. La Princesa Leonor, heredera al trono, asumió con naturalidad su rol en el protocolo, mientras la Infanta Sofía, quien lleva el nombre de su abuela, permaneció discreta pero cercana.
Uno de los momentos más emotivos de la jornada fue la constante unión entre la Princesa Leonor y la Reina Sofía. Durante casi toda la ceremonia, ambas mantuvieron sus manos entrelazadas, un gesto espontáneo que los fotógrafos captaron y que habla de la profunda complicidad entre la joven heredera y su abuela. Esta imagen, que rápidamente circuló por los medios, proyecta la humanidad de una institución que, en momentos de dolor, se muestra vulnerable y cercana.
La presencia de las Infantas Elena y Cristina, junto a varios de sus hijos, completó el cuadro de unidad familiar. Victoria de Marichalar, hija de la Infanta Elena, mostró una visible conmoción durante la capilla ardiente, compartiendo su dolor con sus primos. Irene Urdangarín, hija de la Infanta Cristina, también se mostró profundamente afectada por la pérdida de su tía abuela, demostrando que los lazos sanguíneos mantienen su vigencia más allá de las controversias mediáticas.
El público heleno recibió a la comitiva española con una calidez sorprendente. Al llegar a la catedral, Felipe VI y Letizia fueron recibidos entre aplausos y vítores, un gesto inusual en un acto fúnebre que refleja el cariño que el pueblo griego profesa a la Familia Real Española. Los gritos de apoyo a la Corona española resonaron en las calles de Atenas, convirtiendo un momento de luto en una demostración de afecto transfronterizo.
La tragedia de Córdoba no solo condicionó el ánimo de la delegación, sino que también modificó ligeramente el protocolo. Los Reyes, visiblemente afectados, atendieron a los medios españoles antes de entrar en el templo, expresando su consternación y solidaridad con las familias de las víctimas. Esta dualidad de duelos —personal e institucional— marcó la jornada, demostrando la capacidad de la monarquía española para gestionar situaciones complejas con sensibilidad y responsabilidad.
La ceremonia religiosa, oficiada según el rito ortodoxo, reunió a numerosos miembros de la aristocracia europea, aunque la atención mediática se centró principalmente en la delegación española. La figura de la Princesa Irene, quien falleció a los 82 años, representó el último vínculo directo con la monarquía griega pre-republicana, y su despedida se convirtió en un acto de clausura histórica.
Tras la misa, la familia se trasladó al cementerio para el entierro privado, donde la Reina Sofía pudo despedirse de su hermana con la intimidad que el momento requería. Los gestos de apoyo no cesaron: los nietos rodearon a la monarca emérita, formando un círculo de protección emocional que simboliza la fortaleza de una familia que ha superado numerosas crisis.
El viaje de regreso a Madrid estaba previsto para la misma tarde, ya que la situación en España exigía la presencia del Jefe del Estado. La brevedad de la estancia no restó importancia al gesto, sino que lo potenció: la Familia Real demostró que, incluso en momentos de profunda tristeza personal, la responsabilidad institucional y la empatía con los ciudadanos son prioritarias.
Este evento ha dejado varias enseñanzas sobre el papel de la monarquía en el siglo XXI. La capacidad de mostrar vulnerabilidad sin perder la autoridad, de compartir el dolor sin exponerlo en exceso, y de mantener la conexión con la ciudadanía incluso desde el extranjero, define un modelo de institución adaptada a los tiempos actuales. La imagen de Leonor y Sofía cogidas de la mano, la de Felipe VI gestionando dos crisis simultáneas, y la de una familia unida en torno a su matriarca, conforman un retrato de una Corona que sabe estar a la altura de las circunstancias.
La muerte de la Princesa Irene cierra un capítulo de la historia dinástica griega, pero fortalece los vínculos entre dos familias que comparten sangre, valores y tradiciones. En un mundo donde las instituciones monárquicas buscan relevancia, gestos como estos, auténticos y humanos, construyen puentes con la sociedad que representan. La tragedia de Córdoba, por su parte, recordó que el dolor no entiende de fronteras ni de protocolos, y que la verdadera grandeza de una institución se mide por su capacidad de acompañar a su pueblo en los momentos más oscuros.