En un encuentro organizado por la cooperativa Abacus, el exvicepresidente del Gobierno y fundador de Podemos, Pablo Iglesias, ha vuelto a situarse en el centro del debate político con una propuesta radical: la expropiación de las grandes corporaciones tecnológicas como única vía para garantizar un desarrollo científico al servicio del interés colectivo.
Durante su intervención en estas jornadas, que contaron también con la participación del político francés Benoît Hamon y la periodista Gemma Nierga, Iglesias no ha ocultado su visión más crítica del capitalismo actual. Su análisis parte de una constatación que, según él, resulta ineludible: el progreso tecnológico se encuentra secuestrado por un puñado de multimillonarios que orientan la investigación según sus propios intereses, lejos de las necesidades reales de la población.
El bloqueo del progreso por el oligopolio tecnológico
El exdirigente de Podemos ha argumentado que existe un bloqueo estructural del progreso derivado de la concentración de poder en las manos de unos pocos actores del sector digital. Esta situación, a su juicio, no solo ralentiza el avance científico, sino que lo desvía hacia objetivos que responden al "narcisismo" y los "caprichos personales" de una élite económica, en lugar de hacerlo coincidir con el bienestar general.
"Cuando la tecnología y la investigación están orientadas por los deseos de una minoría privilegiada, es lógico que el resultado sean espacios horribles para la mayoría", ha afirmado con contundencia. Para Iglesias, la lógica de mercado que impera en Silicon Valley y otras plazas tecnológicas genera una dinámica perversa donde la innovación sirve principalmente para consolidar posiciones de dominio y maximizar beneficios, no para resolver los grandes desafíos de la humanidad.
La evolución humana en juego
Uno de los argumentos más llamativos de su intervención ha sido la referencia al futuro de la especie humana. El político madrileño ha lanzado una reflexión provocadora: "Nuestros nietos, nietas y bisnietos quizá no sean homo sapiens sapiens como nosotros, sino otra cosa diferente, y esto nos da pavor". Esta idea, que conecta con los debates sobre inteligencia artificial, bioingeniería y transhumanismo, sirve a Iglesias para ilustrar la magnitud de lo que está en juego.
El "pavor" al que alude no es solo un temor metafísico, sino una alerta política: si las decisiones sobre estos desarrollos transformadores recaen exclusivamente en manos privadas, la sociedad perderá el control sobre su propio destino. Ante esta perspectiva, Iglesias descarta la pasividad y la mera adaptación tecnofóbica: "O podemos hacer política, que básicamente es ocupar poder en las instituciones que derivan del Estado, pero también en las instituciones informales".
La respuesta: socialismo y control colectivo
La propuesta de Iglesias no admite medias tintas. Ante la pregunta de qué hacer para evitar que la tecnología quede en manos de "cuatro multimillonarios", su respuesta es rotunda: "El socialismo". Para él, no existe alternativa realista dentro del marco capitalista actual que pueda desmontar la concentración de poder tecnológico.
La solución pasa, por tanto, por la nacionalización o expropiación de las grandes empresas tecnológicas, convirtiéndolas en entidades de propiedad pública y sometiéndolas a un control democrático. "La política más sensata y de más sentido común es quitárselo todo, expropiarles de todo. Que las grandes empresas tecnológicas sean de propiedad pública", ha sentenciado.
Este planteamiento, que recupera la retórica de las nacionalizaciones clásicas del siglo XX, se aplica aquí a un sector que Iglesias considera estratégico para el futuro de la humanidad. No se trata solo de regular mejor o de aumentar los impuestos a las big techs, sino de un cambio de propiedad radical que ponga fin a lo que denomina el "capricho de una banda de oligofrénicos".
Crítica al modelo actual
El discurso de Iglesias contiene una fuerte crítica al modelo de desarrollo tecnológico imperante. El término "oligofrénicos", utilizado para describir a los líderes del sector tech, refleja su visión de que la concentración de poder no solo es injusta, sino que además es irracional e incluso patológica desde el punto de vista social.
Según su análisis, la orientación narcisista de la innovación bajo el capitalismo actual produce resultados distorsionados: inversión masiva en proyectos de lujo o de entretenimiento, mientras se ignoran problemas cruciales como la pobreza energética, el cambio climático o las enfermedades olvidadas. La lógica de lucro, argumenta, es incompatible con una planificación tecnológica racional y orientada al bien común.
El debate sobre la propiedad tecnológica
La intervención de Iglesias reabre un debate clásico sobre la propiedad de los medios de producción, pero trasladado al siglo XXI. Mientras algunos sectores progresistas abogan por una regulación más estricta, la creación de alternativas públicas o la democratización de la gobernanza corporativa, la propuesta de expropiación representa la opción más radical del espectro.
Los defensores de este enfoque argumentan que la tecnología no es un bien más, sino la infraestructura básica sobre la que se construye la vida moderna. Por tanto, dejarla en manos privadas equivaldría a haber permitido que el agua o la electricad permanecieran en monopolios privados sin control democrático.
Los retos de la propuesta
No obstante, la viabilidad práctica de esta propuesta suscita múltiples interrogantes. Las grandes tecnológicas son globales, con estructuras complejas de propiedad, sedes fiscales en múltiples jurisdicciones y un peso económico que supera el PIB de muchos países. La expropiación unilateral española, o incluso europea, chocaría con tratados internacionales, acuerdos de inversión y la realidad de los mercados financieros.
Además, la experiencia histórica de nacionalizaciones muestra resultados muy diversos, desde éxitos en sectores estratégicos hasta fracasos por ineficiencia burocrática o falta de innovación. Los críticos de la propuesta argumentan que la propiedad pública no garantiza per se una gestión más democrática o eficiente, y que podría destruir el ecosistema de innovación que, con todas sus imperfecciones, ha generado avances significativos.
Un llamamiento a la acción política
Para Iglesias, sin embargo, estos obstáculos no invalidan la necesidad de la propuesta, sino que subrayan la necesidad de una acción política consciente y determinada. Su llamamiento a "ocupar poder" tanto en instituciones formales como informales apunta a una estrategia de transformación sistémica que no se limita a ganar elecciones, sino a cambiar las estructuras de poder económico.
El exvicepresidente insiste en que hasta que no se produzca este cambio de propiedad, "será muy difícil imaginar un desarrollo de la humanidad no dictado por el capricho de una banda de oligofrénicos". La frase resume su convicción de que la emancipación tecnológica requiere necesariamente la emancipación política y económica.
Conclusiones de un debate necesario
Más allá de la factibilidad inmediata de sus propuestas, la intervención de Pablo Iglesias en las jornadas de Abacus ha logrado situar en la agenda un debate fundamental: ¿quién debe controlar la tecnología que configura nuestras vidas y futuro? Su respuesta, contundente y anclada en un ideario socialista clásico, choca frontalmente con el consenso tecnoliberal dominante.
La propuesta de expropiación, por muy radical que parezca, obliga a confrontar preguntas incómodas sobre la concentración de poder, la democracia en la era digital y los límites de la propiedad privada cuando afecta a bienes de interés general. En un momento en que la regulación de big techs es ya una prioridad en Bruselas y Washington, la voz de Iglesias representa la punta de lanza de un pensamiento que no se conforma con moderar el capitalismo, sino que aspira a superarlo.
El debate entre regulación y expropiación, entre reforma y ruptura, definirá probablemente las grandes batallas políticas de las próximas décadas. Lo que está claro es que, al menos para el exlíder de Podemos, no habrá futuro tecnológico digno sin un cambio de modelo que ponga el control colectivo por encima del lucro privado.