La vergüenza ajena es una emoción compleja que nos invade cuando presenciamos actos ajenos que consideramos indecentes. En el ámbito político, este sentimiento se ha convertido en una constante para buena parte de la ciudadanía española, generando una crisis de confianza que pone en riesgo los cimientos de nuestra democracia.
La corrupción como quebranto moral
Cuando un político es sorprendido en actitudes fraudulentas, la reacción inicial del ciudadano no siempre es la indignación pura. A menudo, lo que primero surge es una profunda vergüenza vicaria, una incomodidad que nos hace sentir cómplices por mera pertenencia al mismo sistema social. Este fenómeno refleja la salud democrática de una sociedad que aún mantiene estándares éticos.
La pandemia del coronavirus sirvió como termómetro de esta realidad. Mientras la ciudadanía contaba sus muertos, algunos representantes públicos veían en la tragedia una oportunidad de negocio. La desfachatez de quienes se enriquecieron con el sufrimiento colectivo generó no solo rabia, sino una vergüenza que trasciende lo individual. Es el sentimiento de quien se pregunta cómo es posible que quienes nos gobiernan sean incapaces de proyectarse en el espejo de la historia.
El caso de la dana y la responsabilidad institucional
El temporal de la dana en Valencia desnudó otra faceta de este problema. Durante meses, muchos creyeron que la minimización inicial de la gravedad respondía a una lógica económica: proteger los intereses turísticos. Sin embargo, las nuevas informaciones apuntan a algo más profundo.
Las declaraciones que han salido a la luz sugieren que el expresidente de la Generalitat Valenciana no estaba simplemente protegiendo la economía regional. Las palabras de Salomé Pradas, que afirma haber recibido instrucciones sobre cómo comunicarse con él aquella fatídica tarde, indican que la naturaleza le estropeaba un plan personal. Esta revelación transforma una posible negligencia institucional en una irresponsabilidad individual difícil de digerir.
La complicidad y el silencio cómplice
Uno de los aspectos más dolorosos de estos escándalos es la participación de terceros. Cuando familiares o colaboradores de políticos corruptos se convierten en partícipes del delito, la vergüenza se multiplica. No es solo el acto de robar, sino la normalización de la mentira dentro del círculo íntimo del poder.
La excusa de no ostentar un cargo público no exime de responsabilidad moral. Las mujeres que acompañan a hombres poderosos no son menores sin capacidad de decisión. Toda persona consciente tiene el deber ético de denunciar irregularidades, especialmente cuando afectan a víctimas reales. Persistir en la mentira cuando la verdad es inevitable no es solo cobardía, es una forma de corrupción moral que contamina toda la estructura social.
Consecuencias: la desafección democrática
El efecto acumulativo de estos comportamientos es devastador para la salud democrática. Cada escándalo genera una capa de cinismo en la ciudadanía. La desafección no surge de la nada, es el fruto de años de ver cómo quienes piden sacrificios no los practican.
Esta desafección se traduce en abstención electoral, en crecimiento de opciones políticas extremas, en descreimiento generalizado en las instituciones. Cuando la vergüenza ajena se vuelve crónica, el ciudadano termina por desvincularse emocionalmente del sistema. Ya no se siente parte de él, sino víctima de él. Y una democracia sin ciudadanos comprometidos es solo una fachada que oculta el poder de unos pocos.
La necesidad de una regeneración ética
Frente a esta situación, no basta con medidas legales. Se necesita una regeneración ética que parta de la base de que la política es un servicio público, no un medio de enriquecimiento. Los estándares de integridad deben ser más exigentes para quienes ostentan responsabilidades públicas.
La ciudadanía debe aprender a canalizar la vergüenza ajena en exigencia de rendición de cuentas. No se trata de linchamientos mediáticos, sino de un control cívico constante que haga inviable la impunidad. Solo así podremos recuperar la confianza en un sistema que, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el mejor método para convivir en paz y libertad.
El camino es largo y exigirá sacrificios de todos. Pero la alternativa es peor: una democracia de papel donde la vergüenza ya no sea posible porque todos los estándares morales se han diluido en el cinismo más absoluto.