Íñigo Ramírez de Haro: Goya, justicia y la nueva inquisición del wokismo

El diplomático y escritor, cuñado de Esperanza Aguirre, denuncia la lentitud del sistema judicial tras ganar un juicio a su hermano por un cuadro del pintor aragonés

Íñigo Ramírez de Haro ha vuelto a hacer hablar de sí mismo. Esta vez, no es por su faceta de dramaturgo que escribió una obra polémica ni por su trayectoria en la diplomacia, sino por un triunfo legal que ha durado cinco años. El conflicto, con su hermano mayor Fernando Ramírez de Haro, conde de Bornos y esposo de la política Esperanza Aguirre, giraba en torno a la propiedad de una obra maestra de Francisco de Goya. La venta de este lienzo, patrimonio familiar, desató una batalla judicial que el escritor ha decidido narrar en primera persona.

El cuadro en cuestión, una pieza valiosa del genio aragonés, pertenecía al padre de ambos hermanos. Su enajenación sin el consentimiento de todos los herederos desembocó en un proceso que Íñigo Ramírez de Haro ha calificado como ejemplo del funcionamiento irregular de la justicia española. En su autobiografía, 'La mala sangre', ya adelantó los pormenores de esta disputa familiar, donde se muestra como la oveja negra de una familia ligada a la aristocracia y la política conservadora.

Su trayectoria vital ha estado marcada por la dualidad. Por un lado, una carrera en el cuerpo diplomático que le llevó a representar a España en el extranjero. Por otro, una vocación literaria que le ha convertido en un incisivo cronista de la realidad social y política del país. Esta doble vertiente le ha proporcionado una perspectiva única para observar los defectos del sistema, algo que plasma sin tapujos en sus publicaciones.

La obra teatral que le dio mayor notoriedad, 'Me cago en Dios', le valió amenazas de muerte por su contenido controvertido. Ahora, con 'Los hipócritas', novela reciente publicada por Espuela de Plata, vuelve a la carga con una ficción que, según sus propias palabras, es la mejor herramienta para revelar verdades incómodas. En esta obra, desgrana el universo de la diplomacia española con un tono ácido y crítico, sin ocultar su desencanto con una institución que considera anclada en la mediocridad.

La ironía y el sarcasmo son armas constantes en su discurso. El propio autor se describe a sí mismo como un personaje que podría demandarse en los tribunales por difamación, dado que en 'Los hipócritas' aparece un protagonista que insulta a alguien con su mismo nombre. Esta metáfora ilustra su tesis central: la dificultad de distinguir entre realidad y ficción en un contexto donde ambas se entremezclan constantemente.

Su experiencia personal con los tribunales le ha convertido en un experto en las deficiencias del sistema. El proceso por el Goya le llevó cinco años obtener una resolución favorable, un plazo que considera inaceptable. Según su análisis, la lentitud judicial no es un accidente, sino una consecuencia deliberada de la falta de inversión. El Ministerio de Justicia, afirma, siempre ocupa el penúltimo lugar en las prioridades presupuestarias porque los gobernantes, independientemente de su color político, temen una justicia ágil e independiente.

Esta situación, argumenta, perpetúa problemas estructurales como la corrupción, los abusos sexuales o los conflictos migratorios. Sin un sistema judicial rápido y autónomo, estos asuntos quedan en la impunidad o se resuelven de forma arbitraria. Su conocimiento de primera mano le permite afirmar que la justicia en España funciona "según y a veces", una expresión que resume la discrecionalidad y la falta de criterios uniformes.

La crítica se extiende al terreno político, donde observa con preocupación la proliferación de lo que denomina "nueva inquisición". El wokismo, según su interpretación, ha calado tan profundamente en la sociedad española precisamente porque el país tiene una tradición inquisitorial. Esta dinámica, a su juicio, sustituye el debate racional por la imposición dogmática, el pensamiento crítico por la adhesión acrítica a determinados mantras.

No se mantiene al margen de la actualidad política. Sus palabras sobre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, son contundentes: le acusa de adoptar un tono de predicador, una "voz de púlpito" que resulta alejada de la ciudadanía. Pero su reproche no es partidista, sino que se extiende a toda la clase política, a quienes ve atrapados en dinámicas similares. El problema, enfatiza, es sistémico y trasciende las siglas.

En su diagnóstico, el origen de estos males reside en la mediocridad que genera el miedo al escrutinio. Las inquisiciones, sean las históricas o las contemporáneas, acaban por homogeneizar el pensamiento y castigar la disidencia. El resultado es una clase dirigente cómoda en la uniformidad y reacia al cambio. Por eso, su novela 'Los hipócritas' se centra en el funcionamiento del Ministerio de Asuntos Exteriores, un microcosmos donde se reproducen estas dinámicas.

La figura de Íñigo Ramírez de Haro resulta incómoda para muchos. Para las derechas, es un traidor a su clase y a su familia. Para las izquierdas, un aristócrata que representa los privilegios del pasado. Él mismo reconoce esta posición intersticial: "Para las derechas soy un traidor y para las izquierdas soy un marqués". En este país del determinismo, como lo llama, resulta complicado avanzar cuando las etiquetas prevalecen sobre los argumentos.

Su propuesta, si es que tiene una, pasa por desmontar las estructuras de poder que perpetúan la ineficiencia. La literatura es su herramienta, la ironía su método. A través de la ficción, logra decir lo que muchos piensan pero pocos se atreven a expresar. La sentencia judicial sobre el Goya es solo el último capítulo de una vida entera enfrentándose a molinos de vientos que, en ocasiones, resultan ser gigantes reales.

El caso del cuadro, con su resolución favorable tras años de espera, le sirve como metáfora perfecta de un país donde las cosas funcionan, pero mal y tarde. Su voz, que proviene de la experiencia directa y del desengaño institucional, se suma al coro de quienes demandan una transformación radical de la justicia y la política españolas. Mientras tanto, seguirá escribiendo, denunciando y, probablemente, generando controversia. Es, en definitiva, su forma de mantener viva la llama del debate en un entorno que, según él, prefiere la comodidad del consenso forzado.

Referencias