Durante décadas, La princesa prometida ha perdurado como una de las cintas más entrañables del cine de aventuras. Aunque quizás no represente el pináculo artístico de su director, Rob Reiner, sí que se ha ganado un lugar privilegiado en el corazón de varias generaciones de espectadores. La historia de amor y fantasía, enmarcada como un cuento que un abuelo lee a su nieto enfermo, ha servido como introducción al género para innumerables niños, tal como ocurrió con el joven Fred Savage en la propia película. Lo que pocos saben es que, tras cámaras, el rodaje guardaba momentos igualmente memorables, aunque de naturaleza considerablemente más gaseosa.
El origen de esta obra maestra del cine familiar se remonta a una conversación doméstica. El guionista William Goldman, autor de clásicos como Misery o Dos hombres y un destino, una vez sintetizó la incertidumbre de Hollywood con su célebre aforismo: "Nadie sabe nada". Fiel a esta máxima, Goldman se encontró en una encrucijada creativa y decidió consultar a sus hijas sobre qué tipo de historia debería escribir a continuación. La respuesta fue tajante y clara: "Princesas". De esa simple petición familiar nació la magistral trama que incluye frases inmortales como "Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir".
El ambiente en el set de rodaje era, según todos los testimonios, francamente jovial. Billy Crystal, encargado de dar vida al excéntrico Miracle Max, tenía la costumbre de improvisar líneas que provocaban carcajadas incontenibles en el propio Rob Reiner. Estas risas espontáneas obligaban a repetir numerosas tomas, pero nadie parecía importarse. El buen humor era la moneda corriente durante las semanas de filmación, aunque no todo fueron risas controladas. Al parecer, el director también tuvo que lidiar con las consecuencias de la gastronomía británica, llegando a organizar una barbacoa para su equipo tras agotar su paciencia con el omnipresente fish and chips.
Sin embargo, el momento más explosivo del rodaje, literalmente hablando, no tuvo nada que ver con la comedia premeditada. La responsabilidad recayó sobre los hombros de André el Gigante, el legendario luchador de la WWE que interpretaba a Fezzik, el gigante de mano dulce. André, cuyo nombre real era André Roussimoff, padecía acromegalia, un trastorno hormonal que estimuló excesivamente su crecimiento hasta alcanzar los 2,24 metros de altura. Esta condición, que le valió la fama en el cuadrilátero, también acarreó graves problemas de salud que acompañaron toda su existencia.
Fue precisamente esta condición física la que protagonizó una anécdota que pasó a la historia del cine. Durante una escena con Cary Elwes, quien interpretaba al galán Westley, André experimentó una necesidad fisiológica irresistible. El luchador, descrito por todos sus colegas como un hombre de corazón tierno y naturaleza tímida, simplemente no pudo contenerse más. Lo que siguió fue, según las palabras textuales de Elwes, "uno de los pedos más monumentales que ninguno de nosotros había oído jamás".
El actor no se quedó ahí en su descripción. Con el paso de los años, ha relatado en múltiples entrevistas cómo aquel evento sonoro se convirtió en una "verdadera sinfonía de malestar gástrico". La flatulencia, que prolongó su duración durante varios segundos, generó tal potencia que "hizo estremecer los mismísimos cimientos del escenario de madera y yeso". El equipo técnico y artístico, que se encontraba en plena concentración para la toma, no pudo evitar aferrarse a cualquier objeto cercano, paralizados entre el puro miedo y la hilaridad absoluta.
La salud de André el Gigante siempre fue un tema delicado. Su corazón, sometido al estrés de un cuerpo desproporcionado, falleció a los 46 años debido a una insuficiencia cardíaca. La acromegalia que le dio su estatura descomunal también fue su condena, afectando múltiples órganos y sistemas. Sin embargo, quienes trabajaron con él recuerdan sobre todo su generosidad y su dulzura, contrastando con la imponente figura que proyectaba en pantalla y en el ring.
Este episodio gaseoso, lejos de manchar su memoria, la ha engrandecido en el terreno de las anécdotas de rodaje. En una industria donde las historias tras cámaras suelen girar en torno a divas caprichosas o conflictos creativos, la imagen de un gigante bueno que paraliza un set de filmación con una flatulencia épica resulta refrescantemente humana. Demuestra que, incluso en producciones que se convierten en leyenda, los momentos más memorables a menudo son aquellos que no estaban escritos en el guion. La princesa prometida sigue encantando a nuevos espectadores, y detrás de cada escena memorable, ahora sabemos que también resuena el eco de una explosiva sorpresa que solo un gigante podía ofrecer.