El derbi catalán volvió a escribir una página más en su historia particular, y como no podía ser de otra manera, los guardametas se convirtieron en los verdaderos protagonistas del encuentro. La cita en el Cornellà-El Prat estaba marcada desde hace semanas en el calendario de cualquier aficionado perico, no tanto por el rival de turno, sino por el regreso de quien fuera su ídolo hasta hace unos meses. La expectativa era máxima y el duelo bajo palos prometía ser uno de los grandes alicientes de la jornada.
La figura de Joan García planaba sobre el estadio como un fantasma al que todos querían exorcizar. La afición del Espanyol aún digiere con dificultad su marcha al Barcelona, ese club que representa el eterno rival y al que el guardameta de Sallent decidió unirse en busca de un salto competitivo que, paradójicamente, no le obligaba a abandonar su tierra ni su gente. Fue un fichaje que generó heridas profundas en la parroquia blanquiazul, y el partido de este fin de semana se presentaba como la ocasión perfecta para demostrarle que, pese a su calidad, su decisión no había sido olvidada ni perdonada.
El ambiente en las gradas fue exactamente el que se esperaba. Desde horas antes del pitido inicial, los cánticos desagradables y los insultos hacia el ex portero perico no cesaron. Las pancartas con mensajes hirientes, las ratas de peluche lanzadas al césped y los billetes con su cara impresa fueron solo algunas de las manifestaciones de un rechazo que el club anticipó instalando redes protectoras en ambas porterías. Era una medida preventiva para evitar sanciones mayores, pero también un reflejo de la tensión que se respiraba en el ambiente. Sin embargo, más allá de la hostilidad hacia el visitante, en el banquillo local había una certeza: Marko Dmitrovic estaba ofreciendo una temporada para enmarcar.
El serbio llegó al Espanyol para suplir la vacante dejada por Joan García y lo ha hecho con una solvencia que ha superado todas las expectativas. Antes de este compromiso, sus números hablaban por sí solos: únicamente había recibido 17 goles en 17 jornadas, una cifra que mejora ostensiblemente los registros que el ahora portero azulgrana exhibía en la misma etapa del curso anterior. Entonces, Joan García ya había encajado 29 tantos, doce más que el actual titular perico. Esos datos no hacían más que confirmar que el Espanyol tiene bajo palos a uno de los mejores guardametas de la competición.
La primera mitad del encuentro transcurrió con un Dmitrovic relativamente cómodo. El balón circuló con peligro en su área en contadas ocasiones, y el serbio se mostró atento en los centros y bien posicionado en cada acción. No necesitó lucirse en intervenciones espectaculares, pero su presencia transmitía seguridad a una defensa que se mostró sólida y ordenada. En la portería contraria, sin embargo, la historia era bien distinta. Joan García se vio obligado a emplearse a fondo para evitar que los locales se adelantaran en el marcador. Sus intervenciones, especialmente una mano milagrosa en un mano a mano contra Roberto Fernández, dejaron claro que su calidad no había hecho más que crecer desde su salida del Espanyol.
El paso por los vestuarios cambió la dinámica del choque. El Barcelona salió con mayor determinación y Dmitrovic tuvo que emplearse a fondo. Fue entonces cuando el serbio demostró por qué está siendo uno de los porteros más valorados de LALIGA. Primero, sacó un cabezazo a bocajarro de Koundé que parecía gol cantado. La reacción fue milimétrica y evitó el tanto con una estirada que sacó aplausos incluso de los más escépticos. Pero su mejor intervención llegó minutos después, cuando Eric García se encontró solo ante él y ya se disponía a celebrar el gol. Dmitrovic, con un reflejo de portero grande, detuvo el disparo y mantuvo con vida a su equipo.
Ese par de intervenciones recordaban a las que tanto admiraban de Joan García cuando vestía la elástica blanquiazul. De hecho, el duelo entre ambos guardametas se había convertido en un auténtico pulso de titanes, con cada uno respondiendo a las exigencias del partido con su mejor versión. Sin embargo, el fútbol tiene estas cosas. Justo cuando Dmitrovic parecía imbatible, apareció Dani Olmo para dejar clara la diferencia de nivel entre un gran portero y un superhéroe. El centrocampista azulgrana clavó el balón en la escuadra con un disparo imposible, solo al alcance de alguien con una calidad sobrehumana o, precisamente, de Joan García. El serbio solo pudo acompañar el trayecto del balón con la mirada, consciente de que no había nada más que hacer.
El 0-1 no hizo más que confirmar lo que muchos ya sospechaban: pese al excelente nivel de Dmitrovic, Joan García sigue estando un escalón por encima. No es una crítica al serbio, sino una constatación de la excepcionalidad del guardameta del Barcelona. El Espanyol tiene un porterazo, sin duda, pero el rival tenía a un superhéroe con guantes. El tanto de Lewandowski en el tramo final, que cerró el 0-2 definitivo, dejó a Dmitrovic en una situación incómoda, con una defensa ya desajustada que no le ofrecía el respaldo necesario.
Al final del encuentro, el marcador reflejaba una victoria justa para el Barcelona, pero el verdadero ganador del duelo de porteros fue el fútbol en sí. Ambos guardametas ofrecieron un recital de intervenciones, reflejos y seguridad bajo palos. Dmitrovic demostró que no se achanta ante nadie, ni siquiera ante un Joan García disfrazado de superhéroe. Su actuación fue de las que certifican que el Espanyol puede soñar con Europa la próxima temporada, porque tener un portero de este nivel es el primer paso para construir un proyecto ambicioso.
La comparación entre ambos es inevitable, pero también injusta. Joan García está en el Barcelona porque su talento es excepcional, porque tiene una capacidad de reacción y una lectura del juego que pocos porteros en el mundo pueden igualar. Dmitrovic, por su parte, es la garantía de solvencia que cualquier equipo medio desearía. Su regularidad, su compromiso y sus intervenciones en momentos clave le convierten en uno de los fichajes más acertados del Espanyol en los últimos años.
Para la afición perica, ver a Joan García con la camiseta del rival sigue siendo una imagen difícil de digerir. Los insultos y los cánticos hostiles son una manifestación de un dolor que aún no ha cicatrizado. Pero también hay un reconocimiento tácito a su calidad, una mezcla de rencor y admiración que solo generan los grandes jugadores. Porque al final, cuando un portero deja tanto recuerdo en un club, su regreso siempre será un acontecimiento especial, aunque sea con los colores del enemigo.
El Espanyol puede estar dolido por el pasado, pero el presente le ofrece motivos para la tranquilidad. Marko Dmitrovic ha demostrado que está a la altura de las circunstancias, que puede ser el pilar defensivo que el equipo necesita para competir por los objetivos más ambiciosos. La temporada está siendo excepcional para él, y el derbi solo ha servido para reafirmar su estatus como uno de los mejores porteros de la competición.
El fútbol, al final, es un deporte de pasiones y de números. Y los números de Dmitrovic son excelentes. Pero también es un deporte de momentos, y el momento de Dani Olmo dejó claro que a veces la diferencia entre un buen portero y un superhéroe es un disparo imposible. Esa es la lección que el Espanyol se llevó del derbi: tiene un porterazo, pero el rival tenía a un superhéroe. Y en el fútbol, como en los cómics, los superhéroes suelen ganar los duelos más importantes.
La temporada sigue su curso y el Espanyol mantiene intactas sus opciones de clasificarse para competiciones europeas. Ese es el objetivo real, el que verdaderamente importa. El derbi fue una batalla perdida, pero no una guerra perdida. Y en esa guerra, Marko Dmitrovic será un soldado fundamental. Porque si algo quedó claro es que no se achanta ante nadie, ni siquiera ante un superhéroe. Y eso, en el mundo del fútbol, es quizás el mejor elogio que se puede hacer a un portero.