La última entrevista de Maduro antes de su captura por EEUU

Maduro concedió una entrevista móvil a Ignacio Ramonet el 31 de diciembre, mostrando apertura al diálogo con EEUU pero criticando sus presuntas intenciones

La tarde del 31 de diciembre en Caracas quedará grabada en la memoria histórica como el escenario de la última comparecencia pública de Nicolás Maduro antes de su inminente detención por autoridades estadounidenses. En una iniciativa que rompía con los protocolos presidenciales tradicionales, el mandatario venezolano optó por un formato de entrevista en constante movimiento, conduciendo personalmente un automóvil por las arterias de la capital mientras respondía a las preguntas del periodista franco-español Ignacio Ramonet. Este encuentro, que tendría lugar cuando el sol comenzaba a ocultarse sobre la ciudad, representaría el cierre de un ciclo político que pocos podían prever.

La décima entrevista anual concedida a Ramonet se distinguió radicalmente por su carácter nómada. A diferencia de los encuentros solemnes en salones oficiales o despachos gubernamentales, Maduro propuso una conversación sobre ruedas que evocaba los formatos televisivos modernos de entrevistas en vehículo. El propio líder tomó el volante, convirtiéndose en conductor y entrevistado simultáneamente, mientras las cámaras capturaban el paisaje urbano de Caracas como telón de fondo en constante cambio. En los asientos traseros viajaban Cilia Flores, su esposa y primera combatiente, y Freddy Ñáñez, vicepresidente sectorial de Cultura y Comunicación, quienes presenciaron las declaraciones que resultarían ser las últimas del presidente en libertad.

Durante el recorrido por las calles caraqueñas, el líder venezolano abordó la tensa relación con Washington, mostrando una aparente disposición al entendimiento que contrastaba con años de confrontación retórica. Manifestó su voluntad de dialogar seriamente sobre un pacto contra el narcotráfico, asegurando que Venezuela estaba preparada para ello. La oferta se extendía más allá, alcanzando un posible acuerdo petrolero que permitiría inversiones de compañías estadounidenses, citando expresamente a Chevron como modelo de colaboración deseable. Con gesto de supuesta flexibilidad, añadió que estaban dispuestos a negociar bajo las condiciones que Washington prefiera, pretendiendo desmontar la imagen de intransigencia que le atribuían sus detractores.

Sin embargo, esta apertura dialéctica convivía en su discurso con una férrea crítica a la actitud de la administración Trump. Maduro reveló que su último contacto directo con el mandatario norteamericano databa del 21 de noviembre, una conversación telefónica que describió como amable y respetuosa, llegando incluso a calificarla de placentera. No obstante, los acontecimientos posteriores desvirtuaron radicalmente esa percepción inicial, señalando que los desarrollos tras esa llamada no resultaron tan positivos, aunque mantenía una esperanza vana.

El presidente venezolano no dudó en denunciar lo que considera la verdadera agenda estadounidense en la región. Afirmó con contundencia que es evidente que buscan imponerse mediante amenazas, intimidación y fuerza. Según sus palabras, el objetivo estratégico es claro y público: apoderarse de todos los recursos venezolanos, incluyendo petróleo, oro y tierras raras. Esta retórica de despojo de recursos naturales ha sido un eje constante en su discurso ante las tensiones bilaterales, articulando una narrativa de resistencia contra lo que percibe como neocolonialismo extractivo.

Sobre la supuesta operación militar estadounidense en una instalación venezolana relacionada con narcóticos, que Donald Trump había anunciado públicamente, Maduro se mostró deliberadamente evasivo, sin confirmar ni desmentir los hechos específicos. En cambio, enfatizó que el sistema defensivo nacional garantiza la integridad territorial, la paz del país y el uso y disfrute de sus territorios, enviando un mensaje de fortaleza institucional que pretendía proyectar control soberano.

En un llamamiento que sorprendió por su tono conciliador, Maduro dirigió palabras directas al pueblo estadounidense, a quienes calificó de pueblo hermano, llegando incluso a describir a su gobierno como amigo. Este mensaje ambivalente, que mezclaba acusaciones al establishment político con afecto hacia la ciudadanía, creaba un discurso contradictorio hacia la nación del norte. Proclamó que Venezuela representaba un pueblo hermano para los estadounidenses, e incluso sugería que su gobierno podía ser considerado amigo, en una aparente contradicción con sus denuncias previas.

Mirando al futuro inmediato, el mandatario venezolano bautizó al 2026 como el año del Reto Admirable, un periodo en el que esperaba superar perturbaciones y problemas para consolidar un país en paz. Esta proyección optimista, cargada de retos autoimpuestos, chocaba frontalmente con la realidad de su inminente captura, que tendría lugar apenas horas después de que estas palabras fueran pronunciadas.

La entrevista, que fue retransmitida el 1 de enero a través de diversos canales, sirvió como despedida involuntaria de Maduro del escenario público. Las calles de Caracas que recorrió ese día, con su gente, su tráfico y su vida cotidiana como fondo, se convirtieron en el telón de fondo de un capítulo final que pocos anticipaban. Sus declaraciones, que mezclaban diálogo, acusación y un llamado a la hermandad que nunca llegaría a materializarse, quedarían como el epílogo de una era política que terminó abruptamente en las primeras horas de 2025.

Referencias

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