Dos décadas son muchos años para dedicarle a una sola historia. Veintidós años exactos, los mismos que han pasado desde los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Durante todo este tiempo, la periodista Letizia Álvarez ha mantenido una fijación casi obsesiva con un personaje concreto: Emilio Trashorras, el minero asturiano que proporcionó los explosivos que sembraron el caos en la capital española. Ahora, su biografía desentraña los episodios más desconocidos de un hombre cuya vida estuvo marcada por la violencia y la imprevisibilidad.
La historia de Trashorras no comenzó el 11-M. Sus primeros indicios de un carácter inestable aparecen mucho antes, en los años noventa, cuando un joven José Emilio Suárez Trashorras decidió alistarse en la Legión. Con un historial laboral reciente en Lácteos de Avilés, el asturiano buscaba en el ejército una identidad que le permitiera canalizar su afición por el camuflaje y la caza. Sin embargo, la realidad militar chocó de frente con su personalidad indisciplinada y voluble.
Las primeras semanas en Ceuta transcurrieron con entusiasmo, pero pronto la estructura jerárquica y las guardias se convirtieron en una carga insoportable. Trashorras solicitó la baja por motivos médicos, esperando una salida fácil. Lo que encontró fue un tribunal militar que, lejos de considerarlo inútil para el servicio, lo calificó como "aptísimo". La negativa a su petición desencadenó una reacción que anticipaba la peligrosidad de este personaje.
Frente a los oficiales, Trashorras pronunció un monólogo que parecía sacado de una película de Tarantino. Primero, los vio "minúsculos". Luego, la amenaza se hizo explícita: "Me acaba de cambiar el chip, y cuando eso me pasa... me puede dar por coger el abrecartas que hay ahí encima de la mesa y degollaros a los tres". Pero no se detuvo ahí. Añadió que tras salir de prisión iría a por sus familias y mataría a quien se interpusiera en su camino hasta Asturias. La alternativa, dijo, era que le permitieran reunirse pacíficamente con su familia.
El silencio que siguió a estas palabras fue, según la periodista, "mucho más helado y terrorífico". Curiosamente, el informe oficial no reflejó ni rastro de estas amenazas. Los médicos militares lo declararon "no apto por dos años, por reacción grave al estrés", omitiendo deliberadamente la violencia de sus palabras. Esta omisión es uno de los puntos clave que Álvarez cuestiona en su obra: ¿qué habría pasado si aquel día se hubiera documentado la realidad?
La reflexión de la autora es demoledora: "Resulta imposible no pararse a pensar qué habría sucedido si el informe hubiera recogido la verdad, la amenaza inédita y violenta de un hombre ante tres mandos militares sin pensar en las consecuencias. ¿Habría cambiado su futuro, acaso la historia de España, si ese día lo hubieran castigado?". Es una pregunta sin respuesta, pero que pone el foco en cómo pequeñas decisiones administrativas pueden tener consecuencias colosales.
Trashorras describía sus arrebatos como "el diablo que llevo dentro". Esta visceralidad, que ya se manifestó en su juventud, se convirtió en su marca personal. La periodista explica que el asturiano prefería "pasarlo bien y despilfarrar con los amigos" antes que someterse a reglas. Esa búsqueda constante de placer inmediato y su rechazo a la autoridad fueron los cimientos de un camino que desembocaría en el crimen más grave de la democracia española.
Los veintidós años de investigación de Letizia Álvarez no han sido una simple acumulación de datos. Como directora adjunta de El Comercio de Gijón, ha construido una relación con esta historia que ella misma califica de obsesiva. Su interés no se limita al acto terrorista en sí, sino a comprender cómo un hombre común, un minero descarriado, terminó siendo pieza clave en un atentado de dimensión geopolítica.
La biografía, publicada por Debate, no busca excusar ni justificar. Su objetivo es entender el proceso de radicalización y criminalización de alguien que, en teoría, podría haber seguido una vida anónima. El episodio de la Legión es solo uno de los muchos que conforman un patrón de comportamiento que las autoridades ignoraron o minimizaron en múltiples ocasiones.
La condena de Trashorras, 35.000 años de prisión, es una cifra que impacta por su magnitud. No es una errata, sino el reflejo de la gravedad de sus acciones. Sin embargo, para Álvarez, el número es secundario. Lo que realmente importa es el antes y el después. Cómo se construye un criminal, qué señales se pierden en el camino y qué sistemas fallan para que alguien con antecedentes tan evidentes pueda acceder a material explosivo.
El trabajo de la periodista también pone de manifiesto la complejidad del personaje. Trashorras no encaja en el estereotipo del terrorista ideológico. Su motivación fue económica, su lealtad inexistente y su planificación, nula. Fue un oportunista que vendió dinamita robada sin considerar las consecuencias, guiado por ese "diablo interno" que ya había amenazado a militares años atrás.
La biografía explora estos matices con lujo de detalles. No se trata de un simple relato cronológico, sino de una reconstrucción psicológica y social. Álvarez ha hablado con decenas de personas, revisado documentos olvidados y seguido el rastro de un hombre que, pese a su condena, sigue generando preguntas.
Una de las lecciones más importantes de este trabajo es la necesidad de tomar en serio las señales de alerta temprana. El incidente en el hospital militar de Ceuta no fue un hecho aislado. Fue el primer gran aviso de una personalidad peligrosa. La decisión de no documentar las amenazas, posiblemente para evitar problemas administrativos, cerró una puerta que nunca más se volvió a abrir.
En el contexto actual, donde la prevención del terrorismo es una prioridad, la historia de Trashorras sirve como caso de estudio. Demuestra que la violencia no siempre viene de ideologías extremas, sino que puede surgir de la simple irresponsabilidad de alguien con acceso a medios de destrucción. La radicalización, en este caso, no fue religiosa o política, sino moral.
Los veintidós años de Letizia Álvarez han dado como resultado una obra que no solo cuenta la vida de un criminal, sino que cuestiona los mecanismos que permiten que existan. Su obsesión, lejos de ser morbosa, es periodismo puro: la búsqueda incansable de la verdad, incluso cuando esa verdad es incómoda y revela fallos sistémicos.
La biografía de Trashorras no cierra heridas, las abre. No ofrece consuelo, sino comprensión. Y sobre todo, deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuántos Trashorras más pasan desapercibidos cada día porque nadie quiere ver lo que hay delante? La respuesta, como la condena del protagonista, es un número que duele de leer.