El suceso ocurrió en el barrio bilbaíno de Uribarri, donde la Ertzaintza descubrió el cadáver de un hombre de 67 años en su domicilio. Las circunstancias del crimen fueron particularmente brutales: la víctima presentaba múltiples heridas de arma blanca y había sido sometida a una mutilación genital. La presunta autora, una mujer de 55 años que compartía la vivienda, confesó el delito a las autoridades sin ofrecer resistencia.
Este trágico episodio ha desatado un intenso debate en los medios de comunicación sobre la simetría en el tratamiento periodístico de los casos de violencia en el ámbito de la pareja. El colaborador de Espejo Público, Cristóbal Soria, ha sido uno de los voceros más contundentes al cuestionar la posible existencia de una doble vara mediática.
La postura de Soria se centra en una hipótesis concreta: si los roles de género hubieran estado invertidos, es decir, si un hombre hubiera asesinado y mutilado a su pareja femenina, la repercusión social y mediática habría sido exponencialmente mayor. Según sus declaraciones, "se hubiese parado el país durante este fin de semana", refiriéndose a la probable oleada de reacciones institucionales y ciudadanas.
El análisis de Soria no se queda en la mera especulación. El comunicador ha puesto de relieve lo que considera una asimetría en la respuesta social: "Si llega a ser un hombre el que amputa los genitales a una señora, cuidado con la que hubiéramos formado", expresó, aludiendo a las probables manifestaciones masivas que se habrían convocado.
Estas afirmaciones han generado una controversia que trasciende el caso concreto. Durante el programa, el periodista Iñako Díaz-Guerra ofreció una perspectiva matizada, argumentando que las movilizaciones por femicidios no solo responden al dolor por una víctima específica, sino que representan una respuesta colectiva ante una "situación crónica que amenaza constantemente" a las mujeres.
El debate pone sobre la mesa una cuestión fundamental: ¿existe realmente una simetría en la violencia de género? Juan Soto Ivars, otro de los colaboradores, introdujo un elemento comparativo internacional, señalando que "en el resto de Europa un crimen como este es considerado violencia de género".
Los vecinos del barrio de Uribarri han expresado su estupor ante los hechos. La víctima, propietario de un establecimiento hostelero en la zona, era una figura conocida y apreciada. Quienes tenían trato con la pareja describen una relación aparentemente normal, sin indicios previos que anticiparan una tragedia de esta magnitud.
Las autoridades han apuntado a los celos patológicos como posible móvil del crimen. Esta circunstancia ha llevado a algunos medios a calificar el suceso como un crimen pasional, una etiqueta que Soria y otros expertos cuestionan por su capacidad para minimizar la gravedad de los hechos.
La reflexión de Soria invita a considerar el principio de igualdad en su aplicación práctica. Si la gravedad del asesinato es independiente del género del agresor, ¿debería la respuesta social ser equivalente? Esta pregunta desvela tensiones en el discurso público sobre violencia de género.
La cobertura mediática del caso ha sido notablemente más discreta comparada con casos similares donde el agresor es masculino. Mientras que un femicidio con estas características habría ocupado portadas durante días y desencadenado una cascada de reacciones políticas, este crimen ha tenido un impacto mediático relativamente contenido.
Esta disparidad de tratamiento no es un fenómeno aislado. Estudios recientes sobre cobertura periodística sugieren que los casos de violencia contra hombres en el ámbito doméstico reciben menos visibilidad, menos tiempo de antena y un enfoque que a menudo individualiza el caso, mientras que la violencia contra mujeres se contextualiza dentro de un patrón sistémico.
El argumento de Díaz-Guerra sobre la dimensión colectiva de las manifestaciones contra el feminicidio es relevante. Las movilizaciones masivas responden no solo a casos individuales, sino a la percepción de una emergencia social estructural. Sin embargo, esto no invalida la pregunta de Soria: ¿qué sucede con las víctimas masculinas?
La legislación española, a través de la Ley Integral contra la Violencia de Género, define esta problemática como violencia ejercida sobre mujeres por parte de sus parejas o exparejas. Este marco legal, fundamentado en la Convención de Estambul, se basa en la evidencia de que la violencia contra las mujeres es una manifestación de las desigualdades estructurales y el patriarcado.
No obstante, casos como el de Bilbao reabren el debate sobre la necesidad de visibilizar todas las formas de violencia en el ámbito íntimo, independientemente del género. La sociedad española ha avanzado enormemente en la concienciación sobre la violencia machista, pero ¿está preparada para abordar con la misma contundencia la violencia en sentido inverso?
La complejidad del tema exige matices. No se trata de restar importancia a la lucha contra el feminicidio, sino de preguntarse si el principio de igualdad ante la ley y la dignidad de todas las víctimas debe traducirse en una respuesta social más equilibrada.
El crimen de Uribarri, con su particular brutalidad, sirve como caso de estudio para esta reflexión. La mutilación genital como acto de violencia extrema genera rechazo universal, pero la reacción social parece condicionada por el género de víctima y agresor.
Expertos en violencia de género argumentan que la dimensión estructural de la violencia contra las mujeres justifica un tratamiento diferenciado. La estadística es contundente: cada año mueren decenas de mujeres a manos de sus parejas, mientras que los hombres víctimas de homicidio por parte de sus parejas son numéricamente inferiores.
Sin embargo, desde la perspectiva de la víctima individual, el dolor y la gravedad son innegables. La familia del hombre asesinado en Bilbao vive un duelo que no es menos intenso por el género de la víctima. La pregunta de Soria, por tanto, apunta a la coherencia ética: ¿cómo queremos que nuestra sociedad responda a cada tragedia?
El debate en Espejo Público refleja una tensión creciente en el discurso público. Por un lado, la necesidad de mantener la lucha contra la violencia machista como prioridad social. Por otro, la demanda de igualdad de trato para todas las víctimas de violencia extrema.
La solución probablemente no reside en una competencia por la visibilidad, sino en la capacidad del sistema para abordar múltiples realidades simultáneamente. La violencia de género contra las mujeres requiere respuestas estructurales, pero la violencia en el ámbito de la pareja, en cualquier dirección, merece atención y rechazo sin matices.
El caso de Bilbao permanecerá en la memoria colectiva como un recordatorio de que la violencia no tiene rostro único. La reflexión que propone Cristóbal Soria, con su habitual contundencia, invita a la sociedad a examinar sus propios sesgos y a preguntarse si la igualdad que proclamamos se aplica cuando la víctima no encaja en el patrón esperado.
Mientras tanto, la investigación continúa. La mujer detenida permanece en custodia policial y el juzgado de guardia ha decretado el secreto de sumario. Los forenses trabajan para reconstruir con precisión la dinámica de los hechos y establecer el grado de premeditación.
La comunidad de Uribarri intenta procesar el shock. En el bar que regentaba la víctima, los clientes expresan su consternación. "Era un buen tipo, siempre con una sonrisa", comenta uno de los asiduos. La imagen del establecimiento, ahora cerrado, sirve como memorial improvisado con flores y mensajes de condolencia.
El debate mediático, mientras tanto, se ha extendido a las redes sociales. Mientras algunos usuarios apoyan la tesis de Soria sobre la doble vara, otros recalcan la importancia de no diluir el foco en la violencia machista. La polarización es evidente, pero también lo es la necesidad de un diálogo más profundo.
La pregunta final que plantea este caso es si es posible construir un discurso que proteja a las víctimas de violencia machista, reconociendo su dimensión estructural, al tiempo que se garantiza que otras formas de violencia extrema reciban la respuesta social que merecen. La respuesta, compleja y multidimensional, exigirá maturidad política y periodística.
Por ahora, el silencio que rodea al crimen de Uribarri, comparado con el alboroto que se habría generado en situación inversa, sigue alimentando el debate que Cristóbal Soria ha puesto sobre la mesa. Y esa conversación, por incómoda que resulte, es necesaria para avanzar hacia una sociedad verdaderamente igualitaria en su respuesta a la violencia.