En un encuentro generacional que une experiencias y frescura, la periodista Thais Villas congrega en su espacio 'Zetas y Boomers' a dos voces literarias de trayectorias contrastadas. Por un lado, Rosa Montero, figura consolidada del panorama editorial español; por el otro, Mario Obrero, joven poeta que representa a la nueva ola creativa. Juntos desgranan los entresijos de la creación literaria y los obstáculos para ver la luz impresa.
La conversación revela coincidencias y divergencias en el camino hacia la literatura. Montero, galardonada y reconocida, confiesa que su relación con las letras comenzó prácticamente en la cuna: "Desde que me recuerdo como persona me recuerdo escribiendo". Para ella, la escritura no es una profesión, sino una forma de existir, una necesidad vital que la acompaña desde los cinco años, cuando ya redactaba sus primeros cuentos.
Obrero, por su parte, inicia su andadura creativa a los siete años y ve materializada su primera publicación a los catorce. Reconoce que su formación poética estuvo marcada por el entorno familiar, especialmente por su madre, docente en un centro público. Esa exposición temprana a la cultura y la palabra, en su opinión, forja el alma del creador: "Cuando eso lo tienes en casa, pues te hace poeta la vida", evocando la célebre frase de Miguel Hernández.
El salto a la publicación: entre el éxito y la autocrítica
El momento de la primera publicación marca un antes y un después en cualquier autor. Montero rememora el lanzamiento de 'Crónica del desamor', novela que le abrió las puertas del mundo literario. El público y la crítica recibieron la obra con entusiasmo, consolidando su posición como narradora. Sin embargo, la autora muestra una sinceridad desarmante al evaluar su propio trabajo: a pesar del reconocimiento externo, su percepción personal fue diametralmente opuesta, calificándola con dureza en privado.
Esa autocrítica feroz, lejos de ser un impedimento, se convierte en motor de superación. La distancia entre la recepción del mercado y la opinión del creador evidencia la complejidad del proceso artístico, donde la perfección es una quimera y la insatisfacción, una constante que impulsa la evolución.
Obrero confirma que las dificultades para publicar persisten en la actualidad. El panorama editorial se ha vuelto más exigente y competitivo, con menos espacios para nuevas voces. No obstante, el joven poeta introduce una perspectiva esperanzadora: "Más allá de publicar, no veo muchas compañeras de mi edad que por el hecho de no publicar no dejen de hacer un poema". La creación, en esencia, trasciende la materialización en papel; es un acto de resistencia y autenticidad.
La tenacidad como superpoder creativo
El rechazo es un compañero de viaje inevitable para quienes se atreven a crear. Montero comparte sin ambages las cicatrices de su trayectoria: "Me han rechazado mis manuscritos 20 editores". Además, describe escenarios desalentadores como presentaciones vacías, reseñas demoledoras o, peor aún, la indiferencia absoluta de no generar ninguna crítica.
Frente a esta realidad, la escritora propone una solución simple pero poderosa: "La tenacidad es un superpoder". Esa capacidad de persistir pese a los obstáculos, de levantarse tras cada caída y continuar escribiendo, define la diferencia entre quienes abandonan y quienes consiguen dejar huella. La constancia no garantiza el éxito, pero su ausencia lo imposibilita.
El diálogo entre ambos autores pone de manifiesto que, pese a las diferencias generacionales, los desafíos esenciales permanecen intactos. La tecnología ha transformado los canales de difusión, pero la esencia del oficio —sentarse a escribir, revisar, insistir— no ha variado. La pasión por contar historias, la necesidad de expresarse a través de la palabra, sigue siendo el núcleo indestructible de la literatura.
Una mirada al futuro de las letras
La conversación entre Montero y Obrero trasciende el mero intercambio de anécdotas. Construye un puente entre tradición y vanguardia, entre la experiencia acumulada y la mirada fresca. El joven poeta agradece incluso un gesto aparentemente menor: la media hamburguesa que Montero le dejó en Frankfurt, un detalle que simboliza la generosidad entre creadores y la importancia del apoyo mutuo.
Para los aspirantes a escritores, el mensaje es claro: el camino está sembrado de dificultades, pero la clave no reside únicamente en el talento, sino en la resiliencia. Escribir es un acto de fe, una disciplina que se cultiva día a día. Los rechazos no definen el valor de una obra; la autocrítica constructiva sí. Y sobre todo, la creación debe preceder a la publicación, nunca depender de ella.
En un mundo donde el contenido es efímero y la atención, un bien escaso, la literatura continúa siendo un espacio para la profundidad, la reflexión y la conexión humana. Tanto para los 'boomers' que consolidaron su legado como para los 'zetas' que forjan el futuro, la receta es la misma: escribir, persistir, creer.