La pasión de Carlos Alsina por la narrativa sonora no es ningún secreto. Durante una década al frente de Más de Uno en Onda Cero, el comunicador ha convertido la radioficción en seña de identidad de su programa, explorando historias que van desde encuentros con Sherlock Holmes hasta transmisiones especiales desde autobuses turísticos por las calles de Madrid. Sin embargo, siempre quedaba un reto pendiente, una asignatura pendiente en el currículo del medio: crear su propia versión de la mítica Guerra de los Mundos. El Día Mundial de la Radio parecía el momento perfecto para materializar esta ambición.
El 30 de octubre de 1938, Orson Welles revolucionó la historia de la radiodifusión al simular una invasión alienígena en Nueva Jersey. Aunque se anunció como ficción, la crudeza de la representación generó tal pánico colectivo que se convirtió en un hito insuperable. Aquella gesta inspiró a grandes figuras como Luis del Olmo, quien en 1986 creó su propia "fantasía radiofónica" durante el caótico concierto de Frank Sinatra en el Santiago Bernabéu. Del Olmo repetiría la fórmula con una entrevista falsa a Felipe González, consolidando un legado que parecía inalcanzable para las nuevas generaciones.
Hasta que el equipo de guionistas de Más de Uno, siempre en busca de conceptos que desafíen los límites convencionales, planteó la pregunta que cambiaría todo: "¿Por qué no nosotros?". La idea no era simple emulación, sino un homenaje contemporáneo que respetara la esencia del original mientras incorporara la identidad propia del programa. Así nació el concepto de una transmisión desde Manzaneque, una localidad manchega que se convertiría en el escenario de una ficción sin precedentes.
La premisa era tan audaz como ingeniosa: un pueblo inventado que llevaba 65 años sin escuchar la radio. Según la trama diseñada, los habitantes habían aprobado en un referéndum de 1959 derribar la torre de telecomunicaciones, aislándose completamente del mundo de las ondas. Esta narrativa permitía explorar no solo el impacto de la radio en la sociedad, sino también las consecuencias de su ausencia, todo mientras los oyentes reales desconocían que estaban escuchando ficción.
A las 10:00 horas del Día Mundial de la Radio, Carlos Alsina inició el bloque con una noticia de última hora que anunciaba el regreso de la radio a este supuesto municipio. La tensión narrativa se construyó durante más de dos horas, con reportajes en directo, entrevistas a supuestos vecinos ancianos que recordaban el sonido de las ondas, y la recreación minuciosa de un evento histórico que nunca ocurrió. La clave del éxito residía en el detalle: desde la documentación falsa sobre el referéndum de 1959 hasta las supuestas crónicas de la época, todo estaba cuidadosamente diseñado para generar credibilidad.
El despliegue técnico fue monumental. El equipo utilizó efectos de sonido realistas, voces de actores profesionales interpretando a los habitantes del pueblo, y la característica narrativa de Alsina que, mezclando periodismo y teatralidad, mantuvo el suspense hasta el final. La elección de Manzaneque no fue casual: su nombre evoca la esencia de la España profunda, donde las tradiciones perduran y donde una historia así podría, efectivamente, ser creíble.
Durante la emisión, las redes sociales comenzaron a bullir. Oyentes preguntaban si Manzaneque era real, buscaban información sobre el referéndum de 1959, y expresaban asombro ante la noticia. Algunos recordaban la gesta de Welles y conectaban los puntos, pero muchos otros cayeron en la trampa narrativa, exactamente lo que el equipo buscaba: no engañar, sino experimentar con la credulidad del oyente moderno en una era de desinformación constante.
La reflexión final que Alsina y su equipo plantean es profunda: en tiempos donde la verdad y la ficción se confunden constantemente en los medios digitales, ¿qué papel juega la radio tradicional? La respuesta, según esta experiencia, es que el medio mantiene un poder de convicción único, basado en la intimidad de la voz y la confianza del oyente. No se trataba de replicar el pánico de 1938, sino de demostrar que, 85 años después, la radio sigue siendo un instrumento capaz de mover emociones y generar comunidad.
El experimento de Más de Uno se suma a una larga tradición de radioficción española que incluye a figuras como Fernando Fernán Gómez en La Cadena SER o los programas de misterio de los años 80. Sin embargo, la apuesta de Alsina tiene un componente adicional: la interactividad contemporánea. Mientras la ficción se emitía, el programa recibía llamadas y mensajes de oyentes que querían saber más, creando un ciclo de realimentación que enriquecía la experiencia.
El éxito de esta transmisión radica en haber equilibrado homenaje e innovación. Por un lado, reconoció la deuda con Welles y Del Olmo; por otro, adaptó el formato a los tiempos actuales, donde la desconfianza hacia los medios convive con la nostalgia por el storytelling clásico. La historia del pueblo sin radio no solo celebraba el Día Mundial de la Radio, sino que también interrogaba sobre el valor de la información en una sociedad saturada de datos.
Ahora, el reto para Alsina y su equipo es encontrar el siguiente hito que superar. Han demostrado que la radioficción no es un género del pasado, sino una herramienta viva que puede reinventarse. La clave está en la pasión por contar historias, en la meticulosidad del guion y, sobre todo, en el respeto por el oyente, que sigue confiando en la voz que sale de sus altavoces como si fuera un amigo cercano.
La lección de Manzaneque es clara: la radio no ha muerto, solo espera a que alguien con la visión de Carlos Alsina le dé el micrófono y la libertad para volver a soñar. En un mundo de pantallas y notificaciones instantáneas, la simplicidad de una voz que cuenta una historia sigue siendo el formato más poderoso de todos.