El cine contemporáneo tiene una enfermedad recurrente: la promesa desmesurada y el cumplimiento tibio. La última víctima de este síndrome es la esperada adaptación de Cumbres borrascosas dirigida por Emerald Fennell, quien tras el impacto de Promising Young Woman y la polémica de Saltburn, se enfrentaba al reto de reinterpretar el único legado literario de Emily Brontë. El resultado, desafortunadamente, confirma la peor de las sospechas: una película que grita mucho pero dice poco, que exhibe cuerpos esculpidos pero carece de alma.
Expectativas desbordadas, realidades desinfladas
Desde su anuncio, el proyecto generó un halo de expectativa casi tan tormentoso como los páramos yorkshireanos que inspiran la historia. La promesa era clara: una versión sexualmente explícita, provocadora y desinhibida del clásico victoriano, vista a través del lente feminista y contemporáneo de Fennell. Los carteles sugerían un erotismo descarado, los tráilers insinuaban transgresiones y la prensa especializada anticipaba una obra que desafiaría los convencionalismos de la adaptación de época.
Sin embargo, como advierte la crítica más perspicaz, no se puede vender tomate y entregar ketchup. La película arranca con una imagen impactante: la erección de un cadáver ahorcado, un símbolo falico y mortífero que parece anunciar una propuesta radical. Pero esta audacia inicial se diluye rápidamente en un relato convencional, plano y, para colmo de males, aburrido. Los guiños al BDSM y las reflexiones sobre el deseo femenino que aparecen en los primeros compases terminan siendo meros aderezos decorativos, sin integración real en la narrativa.
Un reparto de estrellas en órbita vacía
El casting no podía ser más atractivo para el mercado actual. Margot Robbie, consolidada como una de las productoras y actrices más poderosas de Hollywood tras el fenómeno Barbie, encarna a Cathy Earnshaw. Por su parte, Jacob Elordi, el nuevo ícono generacional gracias a Euphoria y Priscilla, se mete en la piel del oscuro Heathcliff. Dos cuerpos apolíneos, dos rostros de máxima cotización, dos estrellas en la cúspide de sus carreras.
El problema no radica en sus interpretaciones, que son competentes dentro de lo que el guión les permite. El verdadero obstáculo es que Fennell no logra extraer de ellos la química necesaria para creíble. La pasión que debería emanar de sus encuentros resulta forzada, artificial. No hay verdadero ardor en sus miradas, no hay tensión erótica en sus roces. Es como si la directora hubiera asumido que la mera presencia de dos cuerpos deseables sería suficiente para transmitir deseo, olvidando que la cinematografía exige construir ese deseo, no simplemente exhibirlo.
La promoción como obra maestra
Quizás lo más logrado de esta Cumbres borrascosas sea su campaña de marketing. Durante meses, los espectadores fueron bombardeados con imágenes sugestivas, entrevistas donde el elenco hablaba de la "intensidad" y "transgresión" de las escenas de sexo, y un despliegue publicitario que convertía cada fotograma en un potencial meme o post de Instagram. La estrategia fue tan efectiva que la película se convirtió en trending topic antes incluso de su estreno.
Pero esa misma promoción extenuante resulta ser su peor enemiga. Al prometer una experiencia revolucionaria, al vender una versión "sexualmente liberada" del clásico, Fennell crea expectativas imposibles de cumplir. Cuando el espectador se sienta en la sala y descubre que, más allá de algunos planos atrevidos, la película es esencialmente una versión edulcorada y estilizada de la historia conocida, la sensación es de fraude publicitario. La película no es mala por ser convencional; es decepcionante porque prometió no serlo.
Estética de influencer, alma de manual
Desde el punto de vista técnico, la película es impecable. El director de fotografía Linus Sandgren, responsable de la luminosidad de La La Land y el desenfreno de Babylon, vuelve a colaborar con Fennell tras Saltburn. Su trabajo aquí es, como siempre, exquisito: luces cálidas que acarician los rostros, sombras dramáticas que recortan siluetas, una paleta de colores que parece diseñada para ser capturada en pantallas retina. De manera similar, la diseñadora de producción Suzie Davies, también veterana de Saltburn y la reciente Cónclave, construye escenarios suntuosos que oscilan entre la estética Disney y el dramatismo pictórico de clásicos como Las zapatillas rojas.
El problema es que toda esta belleza superficial no sirve a una visión narrativa coherente. Los decorados son caros pero vacíos, la fotografía es bella pero hueca. Cada plano parece pensado para ser un fondo de pantalla, no para contar una historia. La película se convierte en una galería de imágenes estáticas, en un lookbook de época victoriana con toques modernos, pero sin el alma que animara la novela de Brontë. Es el cine como producto de consumo visual, no como experiencia emocional.
¿Para qué revisitar Cumbres borrascosas hoy?
La pregunta fundamental que debía responder esta adaptación es qué aporta al canon una nueva versión de una historia ya contada innumerables veces. La novela de Emily Brontë es un estudio sobre la pasión contenida, los límites sociales y la destrucción que genera el amor imposible. Sus personajes son complejos, contradictorios, a menudo desagradables pero siempre fascinantes.
Fennell parecía tener una respuesta interesante: explorar esos mismos temas desde una perspectiva que desnudara literal y metafóricamente la represión sexual de la época. Sin embargo, su enfoque se queda en la superficie. Las reflexiones sobre el deseo femenino son esporádicas y poco desarrolladas. Los elementos de BDSM que aparecen en las primeras escenas no se integran en la psicología de los personajes, sino que funcionan como meros escándalos momentáneos. La exploración de las brechas de clase, tan central en la obra original, se diluye en un fondo decorativo.
El síndrome Saltburn
Tras el éxito de Saltburn, Fennell parece haberse enamorado de una fórmula: tomar una historia de clase, añadirle elementos sexuales explícitos, envolverlo en una estética deslumbrante y dejar que el público haga el resto. Pero mientras que en Saltburn esta estrategia funcionaba porque la historia misma era una sátira sobre la riqueza y el deseo de pertenencia, aquí choca contra la complejidad emocional de Cumbres borrascosas.
La película no sabe si quiere ser una adaptación fiel con más piel de la cuenta o una reinvención radical que solo usa los nombres de los personajes. Se queda en un limbo incómodo, donde ni los puristas ni los iconoclastas encontrarán satisfacción. Es una obra que parece haber sido diseñada por comité de marketing: suficientemente familiar para no alienar al público general, suficientemente provocativa para generar conversación en redes sociales, pero sin el coraje de comprometerse con ninguna de las dos vertientes.
Conclusión: el ruido y las nueces
Al final, Cumbres borrascosas de Emerald Fennell es un recordatorio doloroso de que en el cine contemporáneo, la promoción a menudo supera al producto. Es una película que gasta millones en lucir bien pero pocos minutos en sentir algo. Los cuerpos de Robbie y Elordi son perfectos, los vestuarios son de ensueño, la fotografía es digna de premio, pero el corazón de la historia late con pulsación débil e irregular.
La lección es clara: no basta con prometer tomate si lo que vas a servir es ketchup. El público moderno, acostumbrado a la saturación de contenido y al bombardeo publicitario, puede que caiga una vez en la trampa del marketing, pero no dos. Y para una directora con el talento y la visión que ha demostrado Emerald Fennell en el pasado, esta Cumbres borrascosas representa un paso en falso preocupante: la confirmación de que es posible tener todo el presupuesto, el reparto ideal y la estética perfecta, y aún así crear algo que se disuelve en el olvido tan rápido como una pastilla de viagra en agua. Sin efecto, sin pasión, sin razón de ser.