Carlos Cuevas: el actor que desafía etiquetas con su oficio

El protagonista de 'La fiera' defiende el compromiso social y la profesionalidad en una industria dominada por la sobreexposición digital

Carlos Cuevas desafía los estereotipos del mundo del espectáculo. A sus 30 años, este actor de Montcada i Reixac ha construido una carrera basada en el oficio y la constancia, lejos del ruido mediático que suele acompañar a las estrellas de su generación. Su debut como protagonista en la gran pantalla llega con La fiera, una película que explora los límites humanos a través de deportes de riesgo, pero que también refleja la propia filosofía de vida de su intérprete.

La cinta, que llega a los cines este viernes, narra la historia de un grupo de personas que buscan la trascendencia en actividades extremas. Para Cuevas, este proyecto representa mucho más que un simple salto en su carrera. "Es la historia del héroe: el héroe es, por definición, alguien que va a un sitio sabiendo que puede morir. Si no existe la posibilidad de muerte, no es un héroe", reflexiona el actor durante una conversación en el Teatro Lliure de Barcelona. Esta frase, dicha en el contexto de la película, también ilustra su propia aproximación al arte: un camino donde el riesgo y la entrega total son inseparables del resultado.

La trayectoria de Cuevas es un testimonio de dedicación absoluta. Comenzó siendo prácticamente un niño, con apenas nueve años, en la serie catalana Ventdelplà, donde permaneció hasta los 15. Esta experiencia temprana le dio una base sólida, pero fue con Merlí cuando su nombre comenzó a resonar más allá de las fronteras catalanas. La serie, emitida inicialmente en TV3, se convirtió en un fenómeno global tras su llegada a Netflix, lo que llevó a Movistar+ a resucitarla con la secuela Merlí: Sapere aude.

El salto a la plataforma internacional se consolidó con Smiley, la comedia romántica de Netflix donde su presencia ya no era solo un valor artístico, sino un verdadero reclamo comercial para fabricar un fenómeno internacional. Sin embargo, a pesar de este éxito, Cuevas ha mantenido una trayectoria deliberadamente alejada de la sobreexposición. Mientras otros actores de su generación saturan redes sociales con contenido promocional, él apenas postea, prefiriendo que su trabajo hable por sí mismo.

Su filmografía cinematográfica incluye títulos como El 47, Esto también pasará y La ternura, pero es en el teatro donde su compromiso adquiere mayor profundidad. Desde los 16 años, cuando debutó en Els nostres tigres beuen llet de Albert Espinosa, ha protagonizado obras fundamentales del panorama escénico catalán. Barcelona (2013), Jauría (2024), donde encarnó a uno de los miembros de La Manada, o la monumental La herencia (2025), adaptación de la obra ganadora del Tony y el Olivier que le exigía permanecer seis horas diarias sobre las tablas, son prueba de su vocación por el reto y la excelencia.

"Tengo un oficio, como lo tiene un carpintero o un pintor. Hay algo que sé hacer y que intento hacer mejor cada día. Todas mis decisiones pasan por ser mejor en ese oficio", explica con contundencia. Esta declaración resume su ética profesional. No busca el estrellato fugaz ni la fama por el simple hecho de ser famoso. Su presencia en redes sociales es casi inexistente, no promociona productos ni participa en reality shows. Es, en un sentido literal, un actor de oficio, dedicado exclusivamente a perfeccionar su craft.

Esta actitud, tan poco común en la era del influencer, le ha valido cierta reputación de intelectual o reivindicativo, etiquetas que él mismo cuestiona. "No entiendo que se tache de reivindicativo a quien se posiciona a favor de la vivienda o contra el racismo", señala, cuestionando la tendencia a criminalizar el compromiso social. Para Cuevas, tomar posición sobre temas fundamentales debería ser la norma, no la excepción que merece un calificativo peyorativo.

Su perspectiva desafía la lógica del espectáculo contemporáneo, donde la neutralidad política se ha vuelto una mercancía valiosa. El actor defiende que el arte y la cultura son inherentemente espacios de reflexión crítica, y que el artista tiene la responsabilidad de usar su voz. Esta postura, lejos de ser una pose, se refleja en la selección de sus proyectos, muchos de los cuales abordan cuestiones sociales complejas.

La preparación para La fiera ha sido física y mentalmente exigente. Interpretar a un especialista en deportes de riesgo requirió meses de entrenamiento, no solo para dominar las técnicas, sino para comprender la psicología de quienes buscan la adrenalina extrema como forma de existencia. "No sería el actor audiovisual que soy si no hubiera debutado en teatro, y no sería el actor de teatro que soy si no tuviera tanto rodaje a la espalda", afirma, subrayando la interconexión entre disciplinas que ha marcado su desarrollo.

A sus 30 años, con 23 de carrera, Cuevas mantiene una hambre artística poco común. Mientras muchos de sus contemporáneos buscan diversificar su marca personal, él se concentra en un único objetivo: ser mejor actor cada día. Esta singularidad le ha convertido en una figura respetada entre sus pares y admirada por un público que valora la autenticidad sobre el artificio.

El futuro le depara nuevos desafíos. Tras el estreno de La fiera, ya prepara proyectos que le mantendrán alejado de la zona de confort. Su participación en Jauría le obligó a adentrarse en la psicología de la violencia de género, mientras que La herencia le puso a prueba con un texto extenso y complejo sobre la memoria histórica y la identidad. Cada elección es una declaración de intenciones.

En una industria obsesionada con los números de audiencia y los seguidores, Carlos Cuevas representa una contracorriente necesaria. Su carrera demuestra que es posible construir un camino sostenible basado en el talento, el trabajo duro y la integridad artística. No necesita vender una imagen prefabricada porque su obra habla por sí misma.

El actor catalán encarna una generación que demanda más de sus ídolos: no solo entretenimiento, sino también compromiso y coherencia. Su voz, moderada pero firme, se alza contra la banalización del discurso público y defiende el valor del oficio en un mundo de apariencias. Con La fiera, no solo debuta como protagonista cinematográfico, sino que también consolida su posición como uno de los intérpretes más interesantes y auténticos del panorama español.

Su método de trabajo se basa en la inmersión total. Para cada personaje, investiga exhaustivamente, buscando entender las motivaciones más profundas. No se conforma con la superficie, sino que exige llegar a la esencia de cada ser que interpreta. Esta rigurosidad le ha ganado el respeto de directores y compañeros de profesión, quienes destacan su profesionalismo y dedicación en cada proyecto.

La industria del entretenimiento español, con sus altibajos y constante búsqueda de nuevos rostros, ha encontrado en Cuevas a un profesional que valora la longevidad sobre el éxito efímero. No busca ser el actor más famoso, sino el más completo. Esta perspectiva le permite tomar decisiones que otros considerarían arriesgadas, como dedicar meses a una obra de teatro que solo un público minoritario verá, en lugar de aceptar cualquier propuesta televisiva que le garantice mayor visibilidad.

Su relación con el público es directa pero sin concesiones. No necesita artificios para conectar con quienes consumen su trabajo. La honestidad en su interpretación crea un puente natural que trasciende las pantallas y los escenarios. Los espectadores perciben esta autenticidad y responden con lealtad, formando una base de seguidores que valoran la calidad sobre la cantidad.

En definitiva, Carlos Cuevas representa un modelo de profesional del siglo XXI que, paradójicamente, recupera valores tradicionales del arte dramático. Su carrera es un recordatorio de que el talento, cuando se cultiva con disciplina y principios, puede construir un legado perdurable sin necesidad de sacrificar la integridad en el altar de la fama instantánea.

Referencias