La crisis del pequeño comercio y la sobrevivencia de las pymes en España

Inmigrantes revitalizan el comercio local mientras la burocracia y el absentismo amenazan el tejido empresarial español

El panorama del pequeño comercio en España atraviesa una transformación radical que pocos habían anticipado. Mientras 38 establecimientos tradicionales cierran sus puertas cada día, un nuevo actor está emergiendo como salvador de la actividad comercial en nuestros barrios: el emprendedor inmigrante. Esta realidad, lejos de ser una percepción anecdótica, refleja una dinámica económica que está redefiniendo la identidad de nuestros espacios comerciales. Los ciudadanos autóctonos parecen haber encontrado en la hostelería su único refugio emprendedor, mientras quienes llegan de fuera diversifican con tiendas de servicios, alimentación y comercio de proximidad. La pregunta no es si necesitamos inmigración, sino cómo agradecer que mantienen viva la economía de barrio cuando nadie más quiere hacerlo. La distancia entre las políticas públicas y la realidad empresarial nunca ha sido tan evidente. La propuesta de que todos los políticos deban pasar por un 'servicio civil obligatorio' como autónomos durante seis meses no suena tan descabellada cuando observamos las decisiones que se toman desde las instituciones. Imaginemos un escenario donde un legislador debe pagar su propia cuota de autónomos, facturar IVA, declarar trimestralmente y asumir todos los gastos -desde el teléfono hasta los tickets de la OTA sin deducción fiscal-. Quizá entonces comprenderían que una pyme no necesita más trabas, sino menos. Esta reflexión cobra especial sentido cuando la Inspección de Trabajo anuncia que las pymes serán las más vigiladas en 2026. La burocracia ya asfixia a las pequeñas empresas, que dedican horas preciosas a cumplir requisitos administrativos en lugar de generar valor. Añadir más presión no resolverá los problemas estructurales; solo creará más incertidumbre en un tejido empresarial que ya vive al límite. El absentismo laboral representa otra de las grandes amenazas para la productividad empresarial, especialmente en territorios como Euskadi, donde las cifras son llamativamente elevadas. La distinción entre absentismo y incapacidad temporal es crucial: mientras el primero refleja una problemática cultural y organizacional, la segunda responde a causas médicas legítimas. Reducir el absentismo exige comprender sus causas reales, no solo sancionar sus consecuencias. Para una pyme, donde cada trabajador es un pilar esencial, una ausencia prolongada puede desestabilizar toda la operativa. El envejecimiento de la fuerza laboral, agravado por el retraso en la edad de jubilación, añade otra capa de complejidad. Las empresas deben adaptarse a plantillas envejecidas, con necesidades diferentes y una productividad que puede verse afectada. Este fenómeno, que conlleva costes económicos y organizativos significativos, obliga a repensar la gestión del talento y la planificación de recursos humanos en las pequeñas empresas. Quizá el dato más revelador sobre la precariedad del colectivo autónomo sea el relacionado con las bajas médicas. En 2025, únicamente 10,06 autónomos de cada mil se acogieron a una baja médica, una cifra cuatro veces inferior a la de los trabajadores asalariados (37,92 por mil). Esta estadística no habla de una salud de hierro, sino de un sistema que desincentiva radicalmente la incapacidad temporal. El miedo a perder ingresos, la complejidad administrativa y la presión por mantener el negocio funcionando convierten la baja médica en un lujo que pocos autónomos pueden permitirse. El chiste que circula entre autónomos -el genio que convierte en autónomo al que desea no enfermar nunca- deja de ser gracioso cuando se convierte en realidad. Esta situación pone de manifiesto la urgencia de reformar un sistema que penaliza la vulnerabilidad y premia la sobreexposición al riesgo. Las diferencias territoriales en el emprendimiento son abismales. Si eres emprendedor, tendrás mejores condiciones en Madrid o País Vasco que en Andalucía o Castilla-La Mancha. Madrid brinda libertad económica y liberalidad fiscal, mientras Euskadi ofrece un entorno diferente pero igualmente favorable: menos trabas administrativas, mayor acceso a financiación y un ecosistema que combina industria tradicional con alta productividad. Esta dualidad demuestra que no existe una única receta para el éxito empresarial. Mientras un territorio apuesta por la desregulación, otro invierte en estructura y apoyo institucional. Ambos modelos superan a regiones donde la burocracia y la falta de incentivos ahogan la iniciativa privada. La lección es clara: el emprendimiento necesita un entorno que facilite, no que obstaculice. Ya sea mediante libertad fiscal o mediante apoyo estructural, lo que importa es la coherencia entre el discurso político y la realidad sobre el terreno. España se encuentra en una encrucijada empresarial. Por un lado, la inmigración está revitalizando el comercio de proximidad. Por otro, las pymes sufren una presión burocrática creciente, un absentismo preocupante y un colectivo autónomo al borde del colapso. La solución no pasa por más normativas, sino por políticas que entiendan la realidad de quienes crean empleo y riqueza. Es hora de que quienes toman decisiones escuchen a quienes las sufren.

Referencias