El cine vuelve a Núremberg: La psicología del mal en la gran pantalla
El interés por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial parece no tener fecha de caducidad en la industria del entretenimiento. Una nueva producción cinematográfica vuelve a sumergirse en uno de los capítulos más oscuros de la historia humana, confirmando que la combinación de horror, psicología, estética y simbolismo continúa cautivando al público mundial. La reciente película sobre el juicio de Núremberg no solo retoma un tema recurrente, sino que lo aborda desde una perspectiva inédita: el encuentro entre un criminal de guerra y el psiquiatra encargado de evaluar su salud mental.
El juicio de Núremberg ha sido abordado en múltiples ocasiones por el cine y la televisión. Desde la icónica Vencedores o Vencidos (1961) de Stanley Kramer, con un elenco estelar encabezado por Spencer Tracy, Marlene Dietrich y Maximilian Schell, hasta la miniserie televisiva de 2000 que contó con la poderosa interpretación de Brian Cox como Hermann Göring. La BBC, PBS y otras cadenas internacionales han explorado exhaustivamente este período, demostrando que el horror del nazismo no concluyó en el tribunal y permanece vigente en el imaginario colectivo, ocho décadas después de los hechos.
La versión de 2025, dirigida por James Vanderbilt y basada en el libro The Nazi and the Psychiatrist (2013) del periodista Jack El-Hai, introduce un enfoque distinto. La cinta se centra en las sesiones privadas entre Göring y el teniente coronel Douglas Kelley, el psiquiatra militar estadounidense al que el juez Robert Jackson encomendó evaluar la capacidad mental de los acusados para enfrentar el proceso judicial.
El reparto encabeza con Russell Crowe en el papel de Göring, una elección que inicialmente genera cierto desconcierto al escuchar al actor neozelandés con acento australiano encarnando a uno de los arquitectos del Tercer Reich. Sin embargo, la calidad interpretativa de Crowe permite trascender esta barrera inicial, sumergiendo al espectador en la complejidad psicológica del personaje. Como contraparte, Rami Malek, ganador de un Oscar por Bohemian Rhapsody, interpreta al doctor Kelley, aportando la intensidad y profundidad necesarias para este delicado rol.
La trama se desarrolla en las estancias donde se llevaron a cabo las evaluaciones psiquiátricas, lejos de la sala del tribunal. A través de diálogos intensos, la película revela la mente de Göring, quien justifica sus acciones atribuyéndolas a la devoción por Hitler y al supuesto desconocimiento de los planes genocidas. El líder nazi culpa a figuras como Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich de la maquinaria del exterminio, mientras cuestiona la autenticidad de las imágenes de los campos de concentración.
El núcleo dramático reside en el duelo psicológico entre dos mentes: una representa la autocomplacencia y la justificación del mal, y la otra, la búsqueda de comprensión científica y moral. Kelley, como profesional de la salud mental, debe mantener la objetividad mientras se enfrenta a la seductora retórica de un criminal que nunca perdió su carisma ni su capacidad de manipulación.
Esta producción se suma a una larga tradición que combina horror histórico, fascinación psicológica y análisis moral. Los factores que mantienen vivo este interés son múltiples: la necesidad de comprender cómo surgió una de las dictaduras más brutales de la historia, la estética visual asociada al régimen, y las constantes referencias culturales que lo mantienen presente en el debate público.
La película no busca simplemente recrear hechos, sino interrogar al espectador sobre la naturaleza del mal. ¿Cómo un ser humano puede cometer atrocidades sin mostrar remordimiento? ¿Hasta qué punto la obediencia ciega y la ideología pueden anular la conciencia moral? Estas preguntas, lejos de ser meramente históricas, resuenan con inquietante actualidad en un mundo donde el extremismo político sigue emergiendo.
El legado de Núremberg trasciende el ámbito jurídico. Estableció precedentes para el derecho internacional y los crímenes contra la humanidad. Pero más allá de los aspectos legales, el juicio se convirtió en un símbolo de la lucha entre la justicia y la impunidad, entre la memoria histórica y el olvido.
La versión de Vanderbilt destaca por su enfoque en la intimidad psicológica. Mientras otras producciones se han centrado en el espectáculo del tribunal o en el contexto político, esta cinta apuesta por el diálogo como herramienta de revelación. Las escenas entre Crowe y Malek son el corazón de la película, construyendo una tensión que no necesita efectos especiales ni escenas bélicas.
La recepción del filme anticipa un éxito de audiencia, no solo por el tema, sino por la calidad de sus intérpretes. La industria cinematográfica sabe que las historias sobre el nazismo generan expectativa, pero también corre el riesgo de la saturación. La clave está en encontrar nuevos ángulos, y el enfoque psiquiátrico ofrece precisamente eso: una mirada inédita a un episodio exhaustivamente documentado.
El fenómeno cultural que representa este interés persistente merece análisis. ¿Por qué seguimos fascinados por este período? La respuesta combina la necesidad de recordar para no repetir, la morbosa curiosidad por el extremo del comportamiento humano, y la representación estética que el régimen nazi desarrolló con pervers maestría. La simbología, la arquitectura, los uniformes y la propaganda crearon un imaginario visual que el cine no ha dejado de explorar.
La película también plantea cuestiones éticas sobre la representación. ¿Es apropiado que actores anglosajones interpreten a estos personajes históricos? El debate es válido, aunque la interpretación de Crowe demuestra que el talento puede superar las diferencias étnicas y lingüísticas. Lo que importa es la honestidad con la que se aborda el personaje y el respeto a la memoria histórica.
En cuanto a la precisión histórica, la cinta se basa en documentación real. Las sesiones entre Göring y Kelley efectivamente tuvieron lugar, y los registros de estas conversaciones han sido estudiados por historiadores y psiquiatras. La película toma libertades dramáticas, como cualquier producción histórica, pero mantiene la esencia de la dinámica entre ambos personajes.
El contexto de la posguerra también es relevante. Estados Unidos, a través de figuras como el juez Jackson, buscaba no solo castigar, sino comprender. La evaluación psiquiátrica formaba parte de un esfuerzo más amplio por establecer un registro claro de la locura colectiva que había consumido a Alemania y gran parte de Europa.
La figura de Göring resulta particularmente compleja. Segundo al mando de Hitler, comandante de la Luftwaffe, y artífice de muchas de las políticas más crueles del régimen, nunca ocultó su lealtad al Führer. Sus declaraciones durante el juicio, donde admitía la ideología pero negaba el conocimiento de los métodos, reflejan la capacidad de autoengaño de los líderes nazis.
La película de Vanderbilt no busca excusar ni justificar, sino exponer. Al mostrar las conversaciones privadas, revela la mecánica del pensamiento totalitario, donde el fanatismo y la lógica se entrelazan de manera peligrosa. Göring representa el arquetipo del funcionario leal, capaz de separar su moral personal de su deber político.
Para el público contemporáneo, esta historia sirve como advertencia. Los mecanismos psicológicos que permitieron el auge del nazismo no han desaparecido. La obediencia a la autoridad, la demonización del otro y la suspensión del juicio crítico son fenómenos que siguen presentes en diversas formas de extremismo.
La producción también destaca por su factura técnica. La fotografía recrea la atmósfera opresiva de la posguerra, con una paleta de colores apagados que refleja la gravedad del tema. La banda sonora, minimalista, permite que los diálogos ocupen el centro de la escena, mientras que el montaje alterna entre las sesiones psiquiátricas y flashbacks que contextualizan las declaraciones de Göring.
El éxito de esta película dependerá de su capacidad para resonar más allá de los aficionados a la historia militar. Al enfocarse en la dimensión humana y psicológica, busca una conexión emocional con el espectador, invitándolo a reflexionar sobre la naturaleza del mal y la responsabilidad individual.
En definitiva, esta nueva versión del juicio de Núremberg aporta una perspectiva fresca a un tema que parecía agotado. A través de la interpretación magistral de sus protagonistas y un guion que equilibra rigor histórico con profundidad psicológica, la película se convierte en un recordatorio necesario de que la memoria histórica no es solo sobre fechas y hechos, sino sobre comprender la complejidad de la condición humana en sus extremos más oscuros.