El domingo pasado el mundo del espectáculo español recibía una noticia que conmocionaba a generaciones enteras: Fernando Esteso fallecía a los 80 años víctima de una insuficiencia respiratoria. El actor, ícono indiscutible de la comedia nacional durante las décadas de los setenta y ochenta, dejaba atrás un legado cinematográfico que trasciende el mero entretenimiento para convertirse en un testimonio vivo de una época determinante de nuestra cultura popular.
Durante semanas, Esteso había estado lidiando con problemas respiratorios crónicos que finalmente le costaron la vida. Sin embargo, su preocupación no residía únicamente en su deterioro físico, sino en algo mucho más íntimo y profesional: el miedo a que sus dolencias traspasaran la pantalla y afectaran la percepción de su trabajo. Esta revelación, que ahora cobra especial relevancia, proviene de quien mejor conoció sus últimos momentos creativos.
Manuel Velasco, hijo de la también actriz Concha Velasco, tuvo el privilegio de ser el último director que trabajó junto a Fernando Esteso. En una entrevista reciente, Velasco ha compartido detalles conmovedores sobre la sensibilidad y profesionalidad del actor en sus últimos días. "Estaba preocupado sobre todo por si traspasaba la pantalla, por si se notaba", confesaba Velasco, revelando una vulnerabilidad que contrasta con la imagen pública siempre jovial y despreocupada del cómico.
Esta preocupación refleja la entrega absoluta de un artista que dedicó su vida entera al oficio de hacer reír. Fernando Esteso no solo era un actor, era un artesano del humor que entendía que su responsabilidad era hacer olvidar las penas del público, no convertirse en una de ellas. Incluso en sus momentos de mayor debilidad física, su prioridad seguía siendo la excelencia profesional y el respeto hacia su audiencia.
La trayectoria de Esteso está indisolublemente ligada a la del también cómico Andrés Pajares, con quien formó una de las parejas artísticas más populares y queridas del cine español. Juntos protagonizaron decenas de películas que se convirtieron en referentes de la comedia nacional, especialmente durante la etapa de transición democrática, cuando el país necesitaba reírse de sí mismo para superar las tensiones del momento.
El director Mariano Ozores fue el artífice de buena parte de ese éxito, dirigiendo a Esteso en películas míticas como "Los energéticos", "Los fierecillos indomables" o "Los bingueros". Estos títulos no solo arrasaron en taquilla, sino que definieron un estilo comercial que entendía perfectamente los códigos del humor popular español. La época del destape, tan criticada por algunos sectores intelectuales, encontró en Esteso a un intérprete que sabía equilibrar la picardía con la inocencia, el doble sentido con la naturalidad.
Pero más allá de los números y los éxitos comerciales, Fernando Esteso representaba algo más profundo: la resiliencia del artista español que construye su carrera con esfuerzo, talento y una conexión directa con el público. No necesitaba artificios ni pretensiones; su mayor virtud era la autenticidad. Cuando sonreía en pantalla, todo un país sonreía con él.
Las palabras de Manuel Velasco cobran ahora un valor incalculable porque nos acercan al hombre detrás del mito. Nos muestran a un profesional consciente de sus limitaciones físicas, pero inquebrantable en su compromiso artístico. Esa preocupación por "traspasar la pantalla" no era solo un temor estético, sino un acto de amor hacia su público. No quería defraudar a quienes durante décadas le habían brindado su cariño y confianza.
El legado de Esteso trasciende las fronteras del cine de género. Sus películas, aunque producto de su tiempo, contienen una verdad interpretativa que sigue funcionando hoy. La generosidad con la que entregaba cada gesto, cada frase, cada reacción cómica, es un modelo para cualquier actor que aspire a conectar genuinamente con su audiencia.
En estos días de luto, familiares, amigos y compañeros de profesión han inundado las redes sociales y los medios de comunicación con mensajes de cariño y reconocimiento. Todos coinciden en destacar no solo su talento, sino su humanidad, su cercanía y su falta de estrellato. Fernando Esteso era de esos artistas que caminaban por la calle sin guardaespaldas, que se detenían a firmar autógrafos y charlar con los fans como si fueran viejos conocidos.
La noticia de su fallecimiento ha coincidido con un momento de reivindicación del cine popular español. Cada vez más, críticos e historiadores del cine reconocen el valor cultural de esas comedias que marcaron a toda una generación. No eran simples productos comerciales, eran espejos de una sociedad en transformación, y Esteso fue uno de sus principales reflectores.
Manuel Velasco, como testigo directo de sus últimos momentos, ha dejado constancia de una verdad esencial: los verdaderos artistas nunca dejan de preocuparse por su obra. Hasta el final, Fernando Esteso siguió siendo el profesional exigente que se esforzaba por ofrecer lo mejor de sí mismo. Su miedo a que se "notara" su enfermedad era, en realidad, el miedo a no cumplir con el contrato tácito que todo actor establece con su público: el de la entrega total.
En el panorama actual del entretenimiento, donde la imagen personal y la exposición mediática a menudo superan al trabajo artístico, la figura de Esteso resplandece con una luz diferente. Representa una época en la que el oficio primaba sobre el ego, en la que el actor servía al personaje y no al revés. Su preocupación final no era por su imagen personal, sino por la integridad de su trabajo.
El vacío que deja Fernando Esteso es inmenso, pero su memoria está garantizada en la filmoteca española y, sobre todo, en el corazón de millones de espectadores que crecieron con sus películas. Cada vez que alguien ría con las locuras de "Los bingueros" o con las travesuras de "Los fierecillos indomables", Esteso volverá a estar vivo, haciendo lo que mejor sabía hacer: regalar felicidad.
La reflexión que nos deja Manuel Velasco es un regalo final de un artista que nos enseñó a reír, pero que también nos enseñó la dignidad del trabajo bien hecho. En sus últimos días, preocupado por no defraudar, Fernando Esteso demostró una vez más por qué se ganó el cariño eterno del público español. No solo era un gran cómico, era un gran profesional y, sobre todo, una gran persona.