La politización de la cultura: cuando el arte se convierte en campo de batalla

El debate sobre la libertad creativa en España se intensifica ante la presión ideológica y la cancelación de eventos culturales por motivos políticos

La cultura en España vive un momento de tensión sin precedentes. Lo que antes era un espacio para el debate, la reflexión y el encuentro entre visiones diversas, se ha convertido en un terreno minado donde las ideologías chocan con virulencia. La reciente polémica en torno a la organización de jornadas sobre la Guerra Civil en Sevilla pone de manifiesto una tendencia preocupante: la imposibilidad de mantener un diálogo civilizado cuando la presión política se antepone al valor intrínseco del conocimiento y el arte.

El festival de historia y pensamiento que se celebra anualmente en la capital andaluza, impulsado por figuras reconocidas del mundo cultural con el respaldo de entidades patrocinadoras, ha sido durante años un referente de pluralismo. Su programación ha incluido voces de distinto signo ideológico, demostrando que es posible construir espacios donde las ideas se confrontan con respeto. Sin embargo, esta edición ha estado marcada por la polémica y las renuncias de última hora que han terminado por provocar su aplazamiento.

El origen del conflicto radica en la decisión de algunos participantes de retirarse del evento argumentando que no podían compartir cartel con determinados ponentes a los que calificaron de posiciones extremas. Esta dinámica, lejos de ser un acto de coherencia personal, genera un efecto dominó que compromete a todos los demás involucrados. Cuando un autor reconocido anuncia su marcha con un gesto público, plantea a quienes permanecen un dilema insostenible: ¿continuar y ser tachado de cómplice, o abandonar para no quedar marginado?

La situación revela una paradoja: quienes se presentan como defensores de unos valores terminan reproduciendo el mismo mecanismo que critican. La exclusión no se combate con más exclusión, pero en el clima actual de polarización, este razonamiento parece haberse perdido. Los organizadores han denunciado que los ponentes que finalmente decidieron mantener su participación sufrieron presiones directas, llamadas telefónicas intimidatorias y campañas digitales de acoso que buscaban su desvinculación del evento.

Este fenómeno no es aislado. En el panorama cultural español contemporáneo, cada vez más creadores se ven obligados a posicionarse públicamente en torno a cuestiones políticas que nada tienen que ver con su obra. La presión para alinearse con una u otra facción resulta insoportable para quienes pretenden mantener su independencia creativa. Algunos escritores de éxito comercial, que podrían permitirse el lujo de no ser instrumentalizados, se ven arrastrados a esta dinámica por miedo a las consecuencias.

La analogía con el período previo a la Guerra Civil se ha hecho inevitable. La frase "volver al 36" resuena en los debates públicos, aunque curiosamente su uso genera reacciones dispar según quien la pronuncie. Cuando ciertos colectivos la emplean con ironía, son acusados de incitación a la violencia. Sin embargo, cuando figuras del ámbito artístico la utilizan para describir el clima social actual, el mismo tratamiento mediático no se aplica. Esta doble vara de medir refuerza la sensación de que no existen reglas claras, sino que todo depende de la adscripción ideológica del emisor.

El problema central no es tanto quién tiene razón en este debate concreto, sino la imposibilidad de mantener una conversación mínimamente constructiva. Cuando la mera presencia de alguien con ideas diferentes se considera una contaminación, el espacio público se estrecha hasta desaparecer. Los espacios de encuentro se convierten en campos de batalla donde la supervivencia depende de la adhesión incondicional a una tribu.

Los gregarios desempeñan un papel crucial en este proceso. No son necesarias las personas malintencionadas para provocar un desastre colectivo; basta con quienes, por comodidad o miedo, siguen el movimiento de la masa sin cuestionarlo. Es la suma de pequeñas renuncias personales, de silencios cómplices, de decisiones basadas en el qué dirán, lo que permite que los extremistas impongan su agenda. Sin la complicidad pasiva de la mayoría, los sectores más radicales no tendrían capacidad para secuestrar la agenda cultural.

Algunos creadores han decidido resistir esta tendencia. Mantienen su independencia y se niegan a ser utilizados como herramientas de ninguna facción política. Esta postura, que debería ser la norma, se ha convertido en un acto de valentía. El mercado editorial, las instituciones culturales y los medios de comunicación parecen favorecer cada vez más a quienes adoptan posiciones maniqueas y excluyentes, dejando poco espacio para la nuance y la reflexión matizada.

La cancelación de las jornadas no es una victoria para nadie. Representa una derrota colectiva de la razón y la tolerancia. Celebrar que un evento plural se haya suspendido porque no cumple con los criterios de pureza ideológica de una facción es, precisamente, el mayor de los pecados guerracivilistas. Es reproducir la lógica del enfrentamiento absoluto, donde el otro no es un interlocutor, sino un enemigo a eliminar.

Este clima deja un regusto amargo y una pregunta fundamental: ¿hacia dónde se dirige una sociedad que no puede dialogar sobre su propia historia? La politización de la vida privada y cultural avanza de la mano de los intereses de los extremos. Se crean espirales de confrontación que destruyen no solo la convivencia, sino la posibilidad misma de una conversación civilizada.

La solución no pasa por imponer silencio a ninguna voz, sino por recuperar la capacidad de escuchar sin necesidad de estar de acuerdo. Los creadores, pensadores y artistas tienen una responsabilidad especial: defender la autonomía del ámbito cultural frente a las injerencias políticas. Solo así podrá recuperarse la función social del arte como espacio de libertad y transformación, en lugar de convertirse en mera propaganda para unos u otros.

El reto es mayúsculo. Requiere valentía individual y compromiso colectivo. Requiere reconocer que la diversidad ideológica no es una amenaza, sino una riqueza. Y sobre todo, requiere resistir la tentación de la comodidad ideológica, esa que te hace sentir parte del grupo pero a costa de tu propia autonomía crítica. La cultura no puede permitirse ser un campo de batalla. Su misión es ser precisamente lo contrario: el terreno donde las batallas se desactivan mediante la palabra, el pensamiento y la empatía.

Referencias