La Fontana di Trevi, uno de los monumentos más emblemáticos de la capital italiana, ha estrenado este lunes un sistema de acceso restringido que marca un antes y un después en la experiencia turística romana. Desde el pasado 2 de febrero, los visitantes que deseen acercarse al foso de la célebre fuente y lanzar la tradicional moneda deben abonar una tarifa de dos euros, medida que ha generado debate pero también comprensión entre los viajeros.
El nuevo protocolo de visita transforma radicalmente el acceso al monumento. El perímetro superior ahora cuenta con vallas metálicas que delimitan el espacio y canalizan el flujo de personas a través de un circuito controlado. Los visitantes deben escanear un código QR y utilizar un dispositivo electrónico que gestiona el acceso de manera ordenada. Este sistema tecnológico permite admirar de cerca la obra maestra del barroco diseñada por Nicola Salvi y finalizada por Giuseppe Pannini en el siglo XVIII, una joya arquitectónica que hasta ahora se podía contemplar sin restricciones económicas.
La reacción de las asociaciones ciudadanas no se ha hecho esperar. Claudio Cipollini, vicepresidente de la organización Per Roma, ha valorado positivamente la iniciativa en declaraciones recogidas por medios locales. "Resulta una medida indudablemente útil porque nos permite filtrar el volumen de turistas, que es enorme, y cuyo paso constante compromete la integridad de los numerosos monumentos distribuidos por la urbe", señalaba Cipollini. La asociación considera esencial proteger el patrimonio histórico de los efectos del turismo masivo, que en Roma alcanza cotas críticas durante todo el año.
Un aspecto particularmente destacado de la normativa es la exención para los residentes en la ciudad de Roma. Los habitantes del centro histórico, un área con milenios de antigüedad, pueden acceder gratuitamente al foso, diferenciando claramente entre el visitante ocasional y el ciudadano local. Esta distinción busca fomentar el retorno de residentes a un distrito que, según Cipollini, necesita "más intervenciones para alcanzar un equilibrio sostenible" y recuperar su carácter residencial frente a la presión turística.
Las opiniones de los turistas reflejan una actitud mayoritariamente comprensiva, aunque no exenta de matices. Agutina Sartoni, una joven argentina de 26 años, compartía su perspectiva con un discurso alineado con las autoridades municipales: "Todo se deteriora con el uso; por ello considero que es una forma adecuada de preservar el espacio, el monumento en sí, cuidar la arquitectura, y que las futuras generaciones puedan seguir disfrutando de este magnífico lugar". Su postura representa la visión de quienes entienden el pago como inversión en conservación patrimonial.
Jesús Arturo Romero, un venezolano residente en Estados Unidos que visita Roma, adopta una postura pragmática: "Es un mal necesario. La duda surge ante cómo funcionará en verano, cuando la afluencia se multiplica exponencialmente". Romero, que había intentado acercarse a la fuente días atrás sin éxito por las aglomeraciones, destacaba la mejora en la experiencia: "Hoy ha sido mucho más sencillo acceder. Además, me parece justo que quienes no puedan o no deseen pagar dispongan de un espacio exterior para observarla".
La medida responde a una problemática real: la sobreexplotación turística de uno de los monumentos más fotografiados del mundo. Antes de la pandemia, la Fontana di Trevi recibía hasta 12 millones de visitantes anuales, con picos de 30,000 personas diarias en temporada alta. Este flujo constante genera no solo deterioro físico en la piedra travertina y los estucados, sino también problemas de seguridad, limpieza y convivencia en las estrechas calles del centro barroco.
Sin embargo, no todas las voces aplauden la iniciativa. Viviana Celio, residente en Nápoles, cuestiona la justificación oficial del Ayuntamiento de Roma. El argumento de que los ingresos se destinarán a la costosa mantención del monumento no la convence completamente. La crítica se centra en la posible mercantilización del patrimonio cultural y en si realmente los fondos revertirán directamente en la conservación o formarán parte de las arcas municipales generales.
El debate subyacente trasciende los dos euros de la entrada. Interroga sobre el modelo de turismo sostenible en ciudades históricas y sobre el límite entre acceso universal a la cultura y protección del patrimonio. Roma no es la primera ciudad en adoptar medidas similares: Venecia implementó un sistema de reserva y pago para acceder a zonas específicas, mientras que Florencia estudia restricciones en su centro histórico.
La Fontana di Trevi, immortalizada en cine con "La Dolce Vita" de Fellini, representa más que un simple monumento: es un símbolo de la dolce vita romana y un motor económico turístico. La tradición de lanzar una moneda sobre el hombro derecho asegura, según la leyenda, el retorno a Roma. Ahora, ese ritual costará dos euros más, lo que genera interrogantes sobre si afectará la percepción mágica del lugar.
Desde una perspectiva urbanística, la medida forma parte de un plan más amplio de gestión del territorio en el centro histórico. El alcalde Roberto Gualtieri ha defendido la iniciativa como "necesaria para garantizar la preservación de un bien inestimable". El consistorio prevé recaudar varios millones de euros anuales, cifra que, según proyecciones, permitiría no solo mantener la fuente sino también mejorar los servicios en su entorno.
La implementación técnica del sistema ha sido supervisada por la Sovrintendenza Capitolina ai Beni Culturali, el órgano municipal de patrimonio. El proceso es relativamente ágil: el turista adquiere el ticket mediante la app oficial de Roma o en puntos físicos cercanos, escanea el código en la entrada del foso y dispone de un tiempo limitado para realizar la visita y el lanzamiento de la moneda. Este control de aforo evita las aglomeraciones que tanto daño causaban al monumento y a la experiencia del visitante.
El impacto económico es doble: por un lado, ingresos directos para conservación; por otro, posible efecto disuasorio que reduzca la presión turística. Estudios previos en otros monumentos sugieren que tarifas moderadas no disminuyen significativamente la afluencia, pero sí mejoran la calidad de la visita y generan recursos para mantenimiento.
La perspectiva de futuro incluye la posible extensión de este modelo a otros monumentos romanos de alto impacto turístico. El Coliseo, el Panteón y la Plaza Navona podrían ser siguientes candidatos, aunque cada caso requiere un análisis específico de su impacto social y cultural. La clave está en encontrar el equilibrio entre accesibilidad, conservación y sostenibilidad económica.
Mientras tanto, los turistas continúan llegando a la Fontana di Trevi, ahora con dos euros menos en el bolsillo pero con la promesa de un monumento mejor preservado. La resignación inicial da paso a la comprensión: el patrimonio universal tiene un costo de mantenimiento, y quienes lo disfrutan deben contribuir a su perpetuidad. La pregunta que permanece es si este modelo será suficiente para proteger Roma de su propio éxito turístico, o si se requerirán medidas más drásticas en el futuro.
La experiencia de visitar la Fontana di Trevi ha cambiado para siempre. Lo que antes era un acceso libre y caótico se transforma en un encuentro más pausado, consciente y, inevitablemente, más caro. En la balanza entre democratización cultural y preservación patrimonial, Roma ha inclinado la balanza hacia la protección, asumiendo el riesgo de que el precio pueda convertirse en barrera simbólica o real para algunos visitantes. Solo el tiempo dirá si los dos euros valen su peso en agua barroca y piedra travertina bien conservada.