Hamnet: la película sobre Shakespeare que divide crítica y festivales

Análisis del filme de Chloé Zhao que explora la vida de la esposa del bardo y la muerte del hijo que inspiró Hamlet

Los festivales de cine han consolidado su reputación como termómetros infalibles del buen gusto cinematográfico. Cada temporada, los mismos mecanismos se repiten: un título se alza con premios en Venecia, Telluride o Toronto, y automáticamente se convierte en referente obligado de la alta cultura. Sin embargo, esta lógica no siempre garantiza la trascendencia artística. La historia del cine está llena de largometrajes sacralizados en su momento que, pasados unos meses, resultan imposibles de recordar con claridad.

En este contexto llega Hamnet, la nueva película de Chloé Zhao que explora un episodio poco conocido de la vida de William Shakespeare. El filme se centra en la muerte del hijo del bardo, Hamnet, y cómo este trauma familiar habría inspirado la escritura de la célebre tragedia Hamlet. Aunque la premisa promete profundidad histórica y emocional, su recepción demuestra la brecha que a menudo separa el entusiasmo festivalero de la experiencia real del espectador.

La obra de Shakespeare ha resistido cuatro siglos de interpretaciones porque capturó la esencia de la condición humana: la ambición, la traición, el desencanto y la grandeza que habitan en cada decisión. Directores como Orson Welles en Campanadas a medianoche o Joseph Mankiewicz en Julio César lograron traducir esa complejidad al lenguaje cinematográfico con resultados memorables. Incluso Akira Kurosawa encontró en los textos del dramaturgo inglés una fuente inagotable para explorar la naturaleza del poder y la moral en contextos universales.

Sin embargo, Hamnet adopta un enfoque diferente. En lugar de adaptar directamente las obras, la cinta se sumerge en la vida doméstica del escritor, particularmente en su relación con Anne Hathaway, su esposa. La película dedica largos minutos a la conexión de esta mujer con la naturaleza, al duelo familiar tras la pérdida del niño, y a la tensión matrimonial que surge de la ausencia del marido. El clímax muestra una representación callejera de Hamlet, donde las palabras "Dormir. Tal vez soñar" resuenan como epitafio de toda una era.

Este planteamiento, teóricamente interesante, choca con una realidad incómoda: la dificultad para generar impacto duradero. El cine contemporáneo, especialmente el que circula por el circuito de premios, tiende a priorizar la contemplación sobre la emoción, la atmósfera sobre la narrativa. Se premia la intención más que el resultado, generando obras que brillan en la teoría pero se desvanecen en la memoria del público general.

La directora Chloé Zhao, ganadora del Oscar por Nomadland, aplica su estilo característico: planos abiertos, naturalismo actoral y una estética que busca lo auténtico. Pero en Hamnet, esta metodología produce un efecto curioso. La película se vuelve tan etérea, tan preocupada por capturar la luz dorada del atardecer inglés, que el núcleo dramático se diluye. Los personajes hablan en susurros, los conflictos se insinúan más que declararse, y la tragedia se vuelve un fondo decorativo más que un motor emocional.

El problema no radica en el tema. La muerte de Hamnet Shakespeare a los once años es un hecho histórico documentado que, efectivamente, podría haber influido en la creación de la obra más famosa de la literatura universal. Explorar cómo el duelo paterno se traduce en arte es una premisa válida y potente. Pero la ejecución resulta en una experiencia que se observa sin sentir, que se admira sin conmover.

Esta situación refleja una tendencia actual en el cine de autor: la confusión entre solemnidad y profundidad. Se asume que un ritmo pausado, una banda sonora minimalista y una fotografía naturalista equivalen automáticamente a trascendencia. Sin embargo, las grandes obras del pasado demuestran que la complejidad emocional no requiere abandono del dinamismo narrativo. Welles, Kurosawa o incluso Kenneth Branagh en sus adaptaciones shakespearianas entendieron que la grandeza del bardo necesitaba vigor, pasión y claridad dramática.

Hamnet, en cambio, se entrega a una contemplación tan extrema que el espectador termina sintiéndose ajeno. La intensidad de la esposa, que el título original sugiere, no se traduce en una presencia escénica que justifique esa centralidad. El propio Shakespeare aparece como figura secundaria, casi incidental, cuando su genio creativo debería ser el eje que sostenga la tragedia familiar.

La película finaliza con esa representación de Hamlet en un teatro callejero, sugiriendo que el arte surge de la experiencia vital más cruda. Es una conclusión poética, pero que llega tras más de dos horas donde poco ha sucedido emocionalmente. El espectador comprende el argumento intelectual, pero no ha vivido la historia.

Este fenómeno no es exclusivo de Hamnet. Títulos como Una batalla tras otra o Los domingos han recibido elogios en circuitos especializados para luego desinflarse en la memoria colectiva. La crítica profesional, presionada por la urgencia de los festivales y las campañas de marketing, a menudo celebra lo novedoso por encima de lo sustancial. Las academias, dependientes de financiación y redes de influencia, reproducen este discurso.

El resultado es un cine que se consume en el momento pero no perdura. Que genera artículos y debates pero no pasión ni recuerdo. Hamnet se suma a esta lista de obras técnicamente impecables pero emocionalmente distantes. No es una mala película en el sentido técnico. Es simplemente una película que no logra justificar su existencia más allá del circuito de premios.

Quizás el tiempo ponga a Hamnet en su lugar correcto. O quizás se sume al olvido de tantas obras que brillaron un instante bajo los focos de los festivales. Lo cierto es que, frente a la inmortalidad de Shakespeare, esta cinta demuestra la fragilidad del cine contemporáneo: su capacidad para crear productos perfectos pero vacíos, admirados pero no amados, vistos pero no recordados.

La verdadera tragedia no es la muerte de Hamnet en el siglo XVI, sino la muerte del cine que conmueve, que perdura, que transforma. Y en eso, lamentablemente, Hamnet no es parte de la solución, sino síntoma del problema.

Referencias