Arcelor negocia la venta de sus plantas en Sudáfrica por crisis del sector siderúrgico

La multinacional siderúrgica busca deshacerse de sus instalaciones africanas ante las pérdidas por baja demanda, costes energéticos elevados y competencia china, repitiendo el patrón que ya aplica en Europa.

La multinacional siderúrgica ArcelorMittal ha confirmado este jueves que mantiene conversaciones en fase avanzada con la Corporación de Desarrollo Industrial de Sudáfrica (IDC) para la venta de sus instalaciones en el país africano. Este anuncio, que ha provocado un repunte cercano al 10% en el valor de sus acciones, se enmarca en una estrategia de desinversión en mercados que considera inviables por la combinación de demanda débil, costes energéticos desbocados y competencia desleal.

La operación contempla la transferencia de las plantas que producen una gama diversificada de productos, que incluye desde semielaborados hasta carril, alambrón y perfiles estructurales. La IDC, que ya posee un 8,2% de la filial sudafricana, se perfila como el comprador más lógico, dado su carácter estatal y su conocimiento del tejido industrial local.

Los motivos de la retirada

Los argumentos esgrimidos por la compañía para justificar esta desinversión revelan una crisis estructural del sector. El primer factor mencionado es la caída sostenida de la demanda en el mercado sudafricano, que no ha logrado recuperar los niveles pre-pandemia. Esta debilidad se agrava por la competencia de productores locales de acero reciclado, que operan con menores costes fijos y beneficios fiscales.

El segundo elemento es el precio prohibitivo de la electricidad. Sudáfrica ha sufrido recurrentes crisis energéticas, con apagones masivos que han forzado a las industrias a asumir costes de generación propia o tarifas excepcionalmente altas. Para una siderúrgica, donde el consumo energético representa hasta el 40% de los costes operativos, este factor resulta determinante.

El tercer frente es la invasión de acero chino a precios de dumping. Las importaciones masivas de productos siderúrgicos desde Asia, con márgenes irrisorios gracias a subvenciones estatales, han desplazado a los fabricantes locales en sus propios mercados. Arcelor ya denunció esta práctica en Europa, y ahora constata que el mismo patrón se reproduce en África.

Antecedentes inmediatos

La decisión de vender no es improvisada. En diciembre de 2024, la compañía paralizó temporalmente sus plantas sudafricanas para intentar contener las pérdidas acumuladas. Sin embargo, la medida resultó insuficiente.

En enero de 2025, Arcelor anunció la liquidación de su división de productos largos en Sudáfrica, un drástico recorte que afectó a 3.500 empleados directos. La filial comunicó que, tras meses de consultas con el gobierno y los sindicatos, no encontró alternativas viables para mantener operativa esta línea de negocio.

El comunicado oficial de la empresa dejaba claro el diagnóstico: «A pesar de las extensas consultas con el Gobierno y las partes interesadas para encontrar soluciones viables para sostener el negocio de largos, el progreso fue insuficiente para evitar la liquidación».

El mismo guion en Europa

Lo más llamativo es que Arcelor utiliza exactamente el mismo argumentario en Europa. En Asturias, la multinacional ha suspendido la construcción de la planta de reducción directa de mineral de hierro (DRI) en Gijón, una inversión estratégica para la descarbonización de la siderurgia.

Las razones invocadas son idénticas: crecimiento económico débil, costes logísticos y energéticos elevados, y competencia de acero chino subvencionado. Además, la empresa critica políticas públicas que favorecen la producción basada en chatarra reciclada en perjuicio de la siderurgia integral, que parte del mineral de hierro.

Este paralelismo revela una estrategia corporativa global: desinvertir en mercados maduros con costes altos y regulación ambiental exigente, mientras se reorienta hacia geografías con menores costes o mayor proteccionismo.

Impacto de la transición energética

La crisis de Arcelor en Sudáfrica y Europa pone de manifiesto los desafíos de la transición siderúrgica. La industria del acero es responsable del 7% de las emisiones globales de CO2, y las presiones para descarbonizar son intensas.

Sin embargo, la transición requiere inversiones masivas en tecnologías como el hidrógeno verde o la reducción directa con gas natural, como la planta DRI de Gijón. Ante la incertidumbre sobre la rentabilidad de estas inversiones en mercados con costes estructurales elevados, Arcelor opta por la cautela.

En Sudáfrica, la situación es aún más compleja. El país posee abundantes reservas de mineral de hierro, pero su red eléctrica depende en un 80% del carbón, lo que encarece y "ensucia" la producción siderúrgica. Las subvenciones a la chatarra, considerada un material más sostenible, aunque deslocalizan el empleo, son una respuesta política a esta paradoja.

Consecuencias económicas y sociales

La venta de las plantas sudafricanas, si se concreta, tendrá repercusiones significativas. Para Sudáfrica, significaría la pérdida de uno de los últimos grandes productores integrales de acero, con impacto en la cadena de valor local y en la balanza comercial.

Para Arcelor, supone deshacerse de un activo que genera pérdidas y libera recursos para inversiones más rentables. El repunte bursátil tras el anuncio refleja el alivio de los inversores ante la posible eliminación de un lastre.

Sin embargo, la reputación corporativa de la multinacional se ve afectada. Los 3.500 despidos en Sudáfrica se suman a los recortes en Europa, y la percepción de que abandona mercatos cuando las condiciones se tuercen puede generar fricciones con los gobiernos y los consumidores.

Perspectivas de la operación

Las conversaciones con la IDC están avanzadas, pero aún no hay acuerdo vinculante. La corporación estatal sudafricana deberá valorar si asume las pérdidas actuales con la esperanza de una reestructuración exitosa, o si busca un tercer comprador.

La clave estará en las condiciones de la transición: mantenimiento de empleo, inversiones en modernización y compromisos de suministro para el mercado local. Arcelor, por su parte, buscará minimizar pasivos y obtener alguna contraprestación por la transferencia de activos.

Mientras tanto, en Europa, los sindicatos y gobiernos regionales observan con preocupación. Si Arcelor consigue deshacerse de Sudáfrica, la presión para mantener operaciones en zonas de alto coste como Asturias se reducirá, pero también aumentará la presión para justificar inversiones en descarbonización.

Un sector en transformación

La crisis de Arcelor es un síntoma de una transformación profunda de la siderurgia mundial. La sobre capacidad china, que supera mil millones de toneladas anuales, distorsiona los precios globales. La transición energética exige inversiones que no siempre son rentables. Y la competencia del reciclaje gana terreno frente a la producción primaria.

Las empresas integrales como Arcelor se encuentran en una encrucijada: deben invertir para ser más limpias, pero los mercados no premian esa transición. La solución parece pasar por concentrarse en nichos de valor añadido y geografías protegidas, mientras se deshacen de activos maduros.

Sudáfrica, con su mercado pequeño, costes energéticos descontrolados y competencia desleal, no encaja en ese modelo. Europa, a pesar de sus costes, ofrece mercado de alta gama y políticas de defensa comercial que pueden proteger del dumping chino.

La negociación con la IDC será un test para la siderurgia en economías emergentes. Si fracasa, podría desencadenar una ola de cierres en África. Si prospera, abriría un modelo de reestructuración estatal que otros países podrían seguir.

Mientras tanto, los 3.500 trabajadores despedidos en enero y los miles más que dependen de la cadena de valor sudafricana esperan una solución que, por ahora, parece lejana. La venta de las plantas es el último capítulo de una historia que combina globalización, transición verde y geopolítica industrial, con el acero como protagonista y los empleos como principal víctima.

Referencias