El misterioso enjambre que escolta al objeto interestelar 3I/ATLAS

Una aceleración anómala revela que el visitante cósmico arrastra una nube de objetos en su trayectoria

Las observaciones astronómicas de noviembre de 2025 han desvelado un fenómeno excepcional en el seguimiento del objeto interestelar 3I/ATLAS. Este intruso cósmico, originario de otra estrella, no viaja solo: las imágenes capturadas tras su máximo acercamiento al Sol muestran una estructura en forma de lágrima que alberga un enjambre de objetos en su estela. Este descubrimiento, publicado por el sistema de monitorización JPL Horizons, abre nuevas preguntas sobre la naturaleza y comportamiento de los cuerpos que visitan nuestro sistema solar desde el espacio interestelar.

El análisis de las imágenes revela una coma —la nube de gas y polvo que envuelve el núcleo de un cometa— con una forma inusual: una lágrima alargada de aproximadamente un minuto de arco, orientada directamente hacia el Sol. Esta morfología no es casual, sino la manifestación visible de una fuerza invisible que actúa sobre el objeto. Los científicos han detectado que 3I/ATLAS experimenta una aceleración no gravitacional, un efecto que no puede explicarse únicamente por la atracción solar.

La magnitud de esta aceleración anómala es sorprendentemente pequeña: apenas una fracción Δ de 0,0002 veces la aceleración gravitacional del Sol. Es decir, por cada unidad de fuerza gravitatoria que nuestra estrella ejerce sobre el objeto, existe una fuerza adicional adicional de 0,0002 unidades que lo empuja en dirección opuesta. Lo más intrigante es que esta aceleración escala de forma inversamente proporcional al cuadrado de la distancia heliocéntrica, exactamente igual que la gravedad, manteniendo una proporción constante a lo largo de toda la órbita de 3I/ATLAS.

La dirección de esta fuerza es fundamental: actúa en el eje radial, alejando el objeto del Sol. Este empuje sutil pero persistente sugiere una explicación ingeniosa: 3I/ATLAS se comporta como si el Sol tuviera una masa ligeramente inferior a la real, reducida precisamente en esa fracción Δ. Desde su perspectiva, la atracción estelar es un tanto menor de lo que debería ser, provocando que su trayectoria se desvíe ligeramente de la predicha por la mecánica celeste clásica.

Aquí radica la clave del enjambre. Si 3I/ATLAS está acompañado por una nube de partículas o fragmentos más pequeños que no comparten esta aceleración extra, estos cuerpos satélites experimentarán una fuerza gravitatoria solar completa, sin la reducción Δ. La consecuencia es una danza orbital sutil pero medible: los objetos del enjambre tenderán a situarse siempre un poco más cerca del Sol que 3I/ATLAS, ya que su "percepción" de la masa solar es mayor.

Este desfase genera un exceso de energía de enlace gravitacional en los objetos del enjambre respecto al cuerpo principal. Si partieron de la misma posición y velocidad iniciales, los fragmentos acumularían una ventaja energética equivalente a la fracción Δ. Sin embargo, existe una condición en la que podrían mantenerse ligados a 3I/ATLAS: si su velocidad es idéntica pero su posición heliocéntrica está desplazada por esa misma fracción Δ.

A la distancia actual de 270 millones de kilómetros que separa 3I/ATLAS del Sol, este desplazamiento teórico se traduce en una diferencia física de 54 000 kilómetros. En el cielo nocturno, esta separación equivale a un ángulo de 0,7 minutos de arco, prácticamente idéntico a la elongación medida en la cola luminosa del objeto. La coincidencia es demasiado precisa para ser fortuita: la forma de lágrima no es otra cosa que el enjambre de objetos, visible gracias a la luz solar reflejada.

La geometría resultante es fascinante. Mientras los fragmentos no experimenten aceleración por emisión de masa —proceso típico en los cometas cuando el calor solar vaporiza sus hielos—, mantendrán una configuración estable: una anticola siempre orientada hacia el Sol en relación con 3I/ATLAS. Esta estructura convergería hacia la posición del objeto en su perihelio, el punto de máximo acercamiento estelar, creando un patrón predictible y observable.

La escala del enjambre podría ser enorme. Incluso si la masa total de los fragmentos fuera insignificante comparada con la de 3I/ATLAS —por ejemplo, una milésima parte—, su área superficial combinada sería colosal. Un billón de partículas (10¹²) con esa masa relativa tendrían un área total equivalente a la de un objeto mucho mayor, lo que explicaría la brillantez y visibilidad de la estructura desde la Tierra.

Este fenómeno desafía nuestra comprensión tradicional de los objetos interestelares. Hasta ahora, se pensaba que estos visitantes eran cuerpos solitarios, testigos congelados de otros sistemas estelares. La posibilidad de que arrastren enjambres de fragmentos sugiere que su formación y expulsión de sus sistemas de origen pudo ser un proceso violento y desintegrador, o que durante su viaje interestelar han sufrido colisiones que los han fragmentado.

Las implicaciones para la astrofísica son profundas. Si este comportamiento es común, cada objeto interestelar podría ser un complejo sistema de cuerpos, no un simple núcleo. Esto afectaría los cálculos de su masa, densidad y composición, ya que las mediciones basadas en la luminosidad total confundirían la luz del núcleo con la de los fragmentos. Además, la aceleración no gravitacional podría no deberse solo a la emisión de gases, sino a interacciones más exóticas con el medio interestelar o con la radiación solar.

Los próximos meses serán cruciales. Los astrónomos dirigirán telescopios más potentes hacia 3I/ATLAS para confirmar la naturaleza del enjambre, analizar su composición espectral y medir con mayor precisión la aceleración anómala. Si se confirma, este descubrimiento establecerá un nuevo paradigma en el estudio de los visitantes cósmicos, obligando a revisar las misiones espaciales futuras y las estrategias de observación.

Mientras tanto, 3I/ATLAS continúa su viaje de regreso al espacio interestelar, dejando atrás no solo nuestro sistema solar, sino también una nube de enigmas que desafían las fronteras del conocimiento astronómico. Su lágrima cósmica es un recordatorio de que el universo guarda secretos que solo revela a quienes saben mirar con la precisión necesaria.

Referencias