Bilbao BBK Live: música y resistencia bajo la tormenta

Jessica Pratt y KNEECAP protagonizan una jornada marcada por el temporal y el activismo político en Kobetamendi

La mañana del segundo día de festival llegó con un aviso que pocos tomaron en serio: tormenta severa sobre Bilbao. Cuando el cielo de Kobetamendi empezó a teñirse de plata y los primeros truenos resonaron entre las colinas, la realidad superó cualquier pronóstico. La cancelación de Amaia por motivos meteorológicos fue solo el preludio de una jornada que convertiría el recinto en un barrizal, pero también en escenario de algunos de los momentos más intensos de esta edición del Bilbao BBK Live. Entre chaparrones eléctricos y técnicos correteando con fundas para proteger equipos, el público demostró que ni la lluvia más furiosa podía apagar su entusiasmo. Lo que siguió fue una demostración de que la música, en sus formas más íntimas o más rabiosas, encuentra su camino cuando más difícil parece el contexto. La jornada quedará recordada por la dualidad entre la serenidad absoluta de Jessica Pratt y la tormenta política y musical de KNEECAP, dos polos opuestos que dibujaron un arco emocional imposible de olvidar. La lluvia no fue un obstáculo, sino un personaje más que añadió capas de significado a cada actuación. Mientras el barro se adhería a las botas y los paraguas se convertían en accesorios imprescindibles, el festival encontró su alma en la adversidad. Los organizadores movilizaron protocolos de emergencia, pero la decisión del público fue clara: nadie se iba a perder lo que estaba por venir. Así, entre goteras técnicas y retrasos milimétricos, Kobetamendi se convirtió en un territorio donde la música se erigía como único refugio posible. La belleza de la jornada radicó precisamente en esa tensión constante entre el caos climático y la necesidad de conexión artística. Cada concierto se convirtió en un acto de resistencia colectiva contra los elementos, una declaración de que la cultura no se detiene ante una tormenta. Y en ese contexto, los artistas respondieron con propuestas que, lejos de amilanarse, bebieron de la electricidad del momento para ofrecer algo único e irrepetible. La primera parada en este viaje emocional llegó de la mano de una figura que parecía haber sido convocada expresamente para contrarrestar la furia del cielo. Cuando Jessica Pratt subió al escenario, el temporal pareció hacer una tregua temporal, como si la naturaleza misma quisiera escuchar. La cantautora californiana irrumpió en el festival con una propuesta diametralmente opuesta al estruendo que nos rodeaba. Su presencia era un oasis de tranquilidad en medio del tumulto, una suerte de antídoto sonoro contra la agitación meteorológica. Acompañada únicamente por tres músicos que parecían tallados en la misma madera minimalista –teclista, bajista y saxofonista– más un percusionista cuyo tacto recordaba a los grandes estudios de California, Pratt desplegó un set diseñado para la introspección. Su voz, etérea y cristalina, cortó el aire húmedo de Kobetamendi con una precisión quirúrgica. No hubo artificios, ni estridencias, solo la canción en su forma más pura y desnuda. El público, acunado por melodías que parecían flotar en el espacio, respondió con una devoción silenciosa. Cada tema se convertía en un ejercicio de escucha activa, en una meditación colectiva. La interpretación de 'The Last Year' marcó un punto culminante: los instrumentos fueron entrando en escena con una delicadeza creciente, capa sobre capa, construyendo una atmósfera que hizo estallar al reducido pero entregado público en aplausos espontáneos. Era uno de esos momentos donde la música deja de ser entretenimiento para convertirse en experiencia transformadora. Pratt, con su timidez característica, apenas si pronunciaba un «gracias» entre canción y canción. Los gritos de «¡Brava!» y «¡Reina!» desde el público chocaban con su humildad escénica, creando una dinámica entrañable. Esta contradicción entre la adoración del público y la sencillez de la artista definió toda la actuación. Cuando entonó 'life is', el mensaje resonó con una ironía dulce: la vida, efectivamente, es justo eso, un momento de paz encontrada en medio de la tormenta. Su set no buscaba ser espectacular, sino reconfortante, y en eso logró una perfección absoluta. Muchos asistentes confesaron sentir cómo su pulso se ralentizaba, cómo la ansiedad generada por el clima se disolvía en cada frase melódica. Fue una clase magistral de cómo la vulnerabilidad artística puede convertirse en el arma más potente contra la incertidumbre. La calma que desprendía Pratt era contagiosa, casi terapéutica, y dejó en el aire una sensación de haber presenciado algo íntimo y exclusivo, un secreto compartido entre los que resistimos en el barro. Pero la jornada tenía otra cara, una vertiente que explotaría justo cuando la electricidad atmosférica volviera a hacer acto de presencia. Si Pratt había sido la calma, KNEECAP iba a ser la tormenta perfectamente orquestada, tanto musical como ideológicamente. El grupo de hip hop irlandés aterrizaba en Bilbao con el bagaje de una controversia internacional que los había catapultado a los titulares por razones ajenas a su música. La acusación de terrorismo contra uno de sus miembros, Mo Chara, por presuntamente exhibir una bandera de Hezbolá durante un concierto en Londres, y las críticas del primer ministro británico tras su actuación en Glastonbury, habían convertido su presencia en un acto político por antonomasia. La expectativa era máxima y el contexto, explosivo. Justo cuando empezaban a sonar los primeros beats, los relámpagos volvieron a dibujar fracturas en el cielo, como si la naturura quisiera poner la banda sonora a lo que estaba a punto de ocurrir. El set de KNEECAP fue un terremoto sonoro y discursivo desde el primer segundo. La energía era tan brutal que el barro bajo los pies parecía vibrar al unísono. Pero lo que realmente marcó la actuación fue la contundencia de su mensaje político. Antes de siquiera entonar la primera canción, las pantallas ya mostraban imágenes de solidaridad con Palestina, y entre el público ondeaban decenas de banderas palestinas en perfecta sincronía con la estética del grupo. La declaración de intenciones fue clara y sin ambages. Cuando DJ Próvai apareció con la ikurriña de Euskal Herria como capa y un pasamontañas con los colores de Irlanda, la imagen superó cualquier explicación posible: era una declaración de principios visual, un manifiesto en movimiento. Pero fue durante el set cuando el discurso de Móglaí Bap elevó la apuesta. «Crecimos aprendiendo sobre la lucha vasca y el reto de salvar el euskera. Siempre nos hemos sentido identificados. Por eso, en Irlanda y Euskal Herria apoyamos a Palestina», arengó desde el escenario. La conexión entre las luchas de liberación nacional, la defensa de las lenguas minoritarias y la solidaridad internacional quedó expuesta con una claridad que hizo temblar el escenario más que los truenos. La mención explícita al catalán, como otra lengua amenazada, amplió el mapa de resistencias. Mo Chara, directamente implicado en la polémica británica, subió la apuesta con una contundencia que dejó sin aliento: «Sabemos lo que es estar en manos del colonialismo y, aun así, ser los malos en los medios de comunicación». La frase resonó con una fuerza descomunal en un territorio como el País Vasco, donde la criminalización mediática de la protesta es una herida reciente. KNEECAP no solo defendía su posición, sino que estaban tejiendo alianzas simbólicas con una comunidad que entiende perfectamente esa dinámica. La música, en ese momento, era solo el vehículo para un mensaje mucho más grande. La respuesta a quienes les acusan de instrumentalizar el genocidio palestino para ganar notoriedad fue demoledora: «La historia no es KNEECAP, sino Gaza. El resto es una distracción». Con esta sentencia, el grupo desmontaba cualquier crítica instrumentalizadora y devolvía el foco donde, según su cosmovisión, debe estar: en la denuncia constante del genocidio. El set continuó con una energía rabiosa, mezclando su particular blend de hip hop irlandés con punk y electrónica, mientras el público saltaba embadurnado de barro, coreando cada estribillo como si fuera un acto de fe. La tormenta, literal y metafórica, había encontrado su banda sonora perfecta. Cuando el último tema terminó y los cuatro miembros abandonaron el escenario, la sensación era de haber presenciado algo más que un concierto. Había sido un acto de comunión política, una ceremonia de resistencia donde la música rap y el compromiso activista se fundían en un todo indivisible. La lluvia, que había amenazado con arruinar la jornada, se había convertido en el elemento que la santificaba. Al finalizar la noche, caminando entre el barro y los restos de conciertos que habían logrado sobrevivir al temporal, la reflexión era inevitable. Bilbao BBK Live había demostrado que los festivales no son solo escaparates comerciales, sino espacios donde la cultura se enfrenta a la realidad y la transforma. La combinación de la introspección de Jessica Pratt y la radicalidad de KNEECAP había dibujado el espectro completo de lo que puede ser el arte en tiempos de crisis. Una jornada que empezó con la amenaza de la cancelación total terminó convirtiéndose en una de las ediciones más memorables, precisamente por las dificultades superadas. Los asistentes no solo llevaron el barro en las botas, sino la certeza de haber vivido algo genuino, sin filtros, donde la música fue tanto refugio como arma. Y eso, al final, es todo lo que puede pedirse a un festival que se precie.

Referencias