El supuesto gafe de Carla Simón en los premios Goya: ¿mala suerte o falta de reconocimiento?

La directora catalana acumula 17 nominaciones sin premio para sus dos últimas películas, pese al éxito internacional de su obra

La cuadragésima edición de los premios Goya, celebrada en Barcelona, dejó una de las imágenes más comentadas de la noche: Carla Simón volvía a marcharse con las manos vacías. La cineasta, considerada una de las voces más personales y reconocidas del cine español contemporáneo, vio cómo su película 'Romería' perdía en las seis categorías a las que optaba. Un desenlace que se suma a la histórica paliza de 'Alcarràs' en la edición anterior, donde once nominaciones no se tradujeron en ningún galardón. En total, diecisiete menciones y cero estatuillas: números que alimentan la teoría de un posible gafe en la relación entre la directora y la academia del cine español.

El único reconocimiento que la Academia de Cine ha otorgado a Simón data de 2017, cuando su debut 'Verano 1993' le valió el Goya a mejor dirección novel. Fue una noche memorable donde el filme consiguió ocho nominaciones, pero solo dos actores, David Verdaguer y Bruna Cusí, se llevaron los cabezones a casa. Desde entonces, la trayectoria de la cineasta ha sido una constante demostración de talento reconocido en el extranjero pero extrañamente ignorado en su propio país.

El fenómeno resulta paradójico. Mientras los Goya le dan la espalda, los festivales internacionales más prestigiosos le abren las puertas de par en par. 'Alcarràs' obtuvo el Oso de Oro en Berlín, convirtiéndose en un referente del cine social europeo. 'Romería', por su parte, ha recorrido circuitos internacionales con críticas entusiastas. Ambas producciones fueron seleccionadas para representar a España en los premios Oscar, aunque sin conseguir la ansiada nominación final. Esta dualidad entre el éxito global y el frío local alimenta el debate sobre los criterios de la academia española.

La situación de Simón contrasta vivamente con la de otros cineastas de su generación. Alauda Ruiz de Azúa, por ejemplo, ha logrado consolidar su prestigio en los Goya con 'Los domingos', mientras que la directora catalana permanece estancada en el mismo nivel de reconocimiento con el que debutó. La comparativa resulta demoledora: una misma hornada de talento, trayectorias similares, pero destinos opuestos en la ceremonia anual del cine patrio.

El momento más emotivo de la gala llegó de la mano de Victoria Abril, quien recordó su condición de eterna nominada y las sabias palabras que Vicente Aranda le dedicó tras su primera derrota: "Mejor, los premios son el principio del fin. Tienes mucho que aprender. A trabajar". Un consejo que bien podría aplicarse a la situación de Simón, atrapada en una dinámica de constante reconocimiento sin premio final.

La pregunta que surge inevitablemente es si estamos ante un caso de mala suerte o ante una falta de reconocimiento estructural. La academia española ha demostrado en ocasiones preferir ciertos tipos de cine más comerciales o conectados con el establishment. El cine de Simón, intimista, social y con una estética muy personal, quizás no encaja en los patrones tradicionales que suelen premiarse. Su obra habla de identidad, de clase, de tierra, de memorias personales que se vuelven universales, pero que en el contexto de los Goya parecen no encontrar el eco suficiente.

El hecho de que la última ceremonia se celebrara en Barcelona, la ciudad natal de la directora, hacía presagiar un posible final feliz para la maldición. Sin embargo, ni siquiera el factor local rompió la racha negativa. 'Romería' competía en categorías como mejor dirección, mejor guion original y mejor película, pero en cada anuncio el nombre de Simón quedaba relegado al olvido momentáneo del "y los nominados son...".

El dato de las diecisiete nominaciones sin premio entre sus dos últimos trabajos resulta estadísticamente llamativo. No es habitual que una cineasta de su prestigio acumule tal cantidad de menciones sin que ninguna se convierta en galardón. Esto sugiere que su obra es valorada lo suficiente para estar en la shortlist, pero no lo suficiente para el reconocimiento final. Una posición incómoda que la sitúa en un limbo de apreciación técnica pero sin premio de consolación.

La industria del cine español debería reflexionar sobre este caso. Cuando una de sus creadoras más internacionales, con películas que han triunfado en Berlín y Cannes, que han sido candidatas a los Oscar y que han generado debate y análisis en universidades y festivales de todo el mundo, no consigue el respaldo de su propia academia, algo no funciona del todo. El gafe de Simón podría ser en realidad un síntoma de una dinámica de premiación que no termina de reconocer la diversidad de voces en el cine nacional.

Mientras tanto, la directora continúa su camino. Su trilogía semiautobiográfica, que cierra con 'Romería', ha quedado completa sin el abrazo final de los Goya. Pero su legado ya está más allá de los cabezones. El reconocimiento internacional, la fidelidad de su público y la coherencia de su obra hablan más alto que cualquier estatuilla. Como dijo Aranda, quizás sea mejor así. Los premios pueden ser el principio del fin, pero el trabajo constante y la honestidad artística construyen carreras perdurables. Carla Simón, con o sin Goya, ya ha ganado su lugar en la historia del cine español.

Referencias