La experiencia vital como motor creativo. Esa es la esencia del último proyecto del pintor riojano Luis Burgos, quien ha transformado su reciente estancia en Tailandia en una nueva exposición que verá la luz próximamente en la sede de la UNED. Seis meses residiendo en Phuket, sumergiéndose en la cotidianeidad local y alejado de los clichés turísticos, han dado forma a una serie de obras que reflejan no solo lo visto, sino lo vivido.
Burgos, con un método de trabajo que ya puso a prueba en anteriores experiencias como su estancia en Cuba, entiende el viaje como una inmersión artística total. No se trata de captar paisajes exóticos desde la distancia, sino de integrarse en el tejido social del lugar. Durante su tiempo en el país asiático, el artista recorrió mercados, monasterios, calles y plazas, pero lo hizo acompañado de la gente autóctona, compartiendo momentos en bares y estableciendo conexiones reales que luego plasmaría en sus lienzos.
El proceso creativo comenzó de forma orgánica. «El primer cuadro que empecé fue unas fotos a unas camareras y luego a gente interesante para ir haciéndole retratos», explica el propio Burgos. Esta aproximación, donde el dibujo y la pintura se convierten en herramientas de acercamiento, le permitió captar la esencia de rostros anónimos y escenas cotidianas. Cada retrato se gestó como un diálogo silencioso, una forma de mirar y ser mirado que trasciende la mera representación visual.
La influencia del entorno tailandés ha marcado profundamente su paleta y técnica. El artista reconoce que «el dorado de los templos» ha sido un elemento dominante en su obra, algo que nunca antes había explorado con tanta intensidad. La luz, la atmósfera y la magia del país asiático se han filtrado en su trabajo, generando una luminosidad inusual y una carga espiritual que impregna cada pieza. No es una mera reproducción de motivos orientales, sino una reinterpretación personal de la energía del lugar.
De vuelta en su estudio de Varea, Burgos no ha dejado de pintar. Cada pincelada sobre el lienzo es una forma de revivir y reinterpretar la experiencia desde la distancia. La memoria, el sentimiento y la observación se fusionan para dar vida a obras que funcionan como prolongaciones de aquellos meses. «Es el resultado de lo vivido en Tailandia», resume el pintor, consciente de que el verdadero arte no surge del instante, sino de la digestión emocional y creativa del recuerdo.
Esta metodología de inmersión y posterior reflexión no es nueva para Burgos. Su estancia en Cuba ya le había enseñado que el arte nace de la convivencia, no de la contemplación pasiva. Sin embargo, Tailandia ha supuesto un paso más allá: la espiritualidad budista, el trato cercano con monjes, los ritmos de vida marcados por otras prioridades han dejado una huella indeleble en su forma de entender la creación.
La exposición, que se inaugurará en la sede de la UNED, promete ser una mirada íntima y personal sobre un país que muchos conocen por sus playas, pero que pocos entienden en su complejidad humana y cultural. Las obras mostrarán esa dualidad entre lo exótico y lo cercano, lo espiritual y lo terrenal, lo luminoso y lo cotidiano. Cada retrato es una ventana a una historia individual, pero también a la esencia colectiva de un pueblo.
Para el público, esta muestra representará una oportunidad de viajar a través de los ojos de un artista que ha sabido escuchar antes de pintar. No se trata de un reportaje visual, sino de un diario artístico donde las emociones, los encuentros y las revelaciones personales tienen tanto peso como la técnica y el color.
El éxito de este proyecto radica en su autenticidad. Burgos no fue a Tailandia a buscar inspiración; fue a vivir, y la inspiración llegó como consecuencia natural. Esa distinción es crucial: su obra no ilustra un viaje, es el viaje mismo convertido en pintura. Cada trazo conserva la temperatura de un momento compartido, cada color retiene la vibración de una conversación o un silencio meditativo.
En el contexto actual del arte contemporáneo, donde la velocidad y la instantaneidad a menudo priman, la propuesta de Burgos resulta refrescante. Invita a la contemplación pausada, a valorar el proceso sobre el producto, a entender que la verdadera creación necesita tiempo: tiempo para vivir, tiempo para asimilar, tiempo para pintar.
La cita en la UNED será, por tanto, más que una exposición. Será el testimonio de una experiencia transformadora, la materialización de seis meses de vida intensa y de un método de trabajo que demuestra que el arte más poderoso surge cuando el artista se atreve a perderse en la realidad que quiere captar. Luis Burgos no solo ha pintado Tailandia; ha permitido que Tailandia pintara en él.