Un diario de viaje por Haití no admite pausas. La intensidad del momento impide el descanso, y precisamente esa urgencia confiere a las impresiones un carácter crudo y auténtico. Las sensaciones emergen sin mediación, se registran tal como se perciben, sin artificios ni edulcorantes narrativos.
En los barrios marginales de Puerto Príncipe, la capital haitiana, el paisaje es desolador. Las detonaciones de armas de fuego rompen el silencio a intervalos irregulares, mientras la calle muestra solo algunos transeúntes desorientados y una constante procesión de vehículos blindados que avanzan hacia destinos inciertos, pero siempre en dirección a los focos de conflicto. La ciudad parece un territorio en disputa permanente, donde la violencia dibuja el mapa cotidiano y el miedo se ha convertido en moneda de cambio.
La impresión de desamparo no proviene únicamente de los enfrentamientos armados. En los campos de desplazados, donde se distribuye ayuda alimentaria en condiciones precarias, la vulnerabilidad se palpa en cada rostro. La precariedad material refleja el colapso de estructuras que deberían proteger a la población. Niños con signos de desnutrición crónica, familias enteras viviendo bajo lonas de plástico, y la ausencia total de servicios básicos conforman el panorama humanitario.
Sin embargo, un diario de viaje debe trascender la mera crónica de hechos. Requiere momentos de reflexión que permitan ordenar el caos experiencial y extraer significados más allá de la inmediatez del shock. Fue en los jardines de un hotel en Santo Domingo, una vez dejado atrás Haití, donde las imágenes y anotaciones adquirieron sentido. La distancia geográfica facilitó el análisis de un puñado de recuerdos que exigían ser organizados en una narrativa coherente.
Haití se encuentra en una encrucijada sin señalización clara. El país entero busca una salida que ningún actor político local parece capaz de identificar con certeza. Las esperanzas, en la medida en que existen, se proyectan sobre la formación de una fuerza internacional que pueda desmantelar el dominio de las pandillas armadas en la capital. Puerto Príncipe vive sitiada, estrangulada por grupos criminales que han sustituido al Estado en el control territorial y que extorsionan, secuestran y asesinan con total impunidad.
El concepto de comunidad internacional, que antaño evocaba orden y multilateralismo, ha perdido definición. Hoy aparece tan difuso como inconsistente. Los compromisos declarados para "salvar" Haití suenan con la misma retórica vacía que se aplica a crisis tan complejas como las de Sudán o Gaza. Las promesas se desvanecen ante la falta de voluntad política real y la proliferación de intereses geopolíticos contradictorios.
La paradoja más amarga se vislumbra en el probable desenlace: cuando finalmente se materialice esa fuerza internacional, probablemente esté conformada por militares de países como Sierra Leona, Bangladesh, Burkina Faso o Gambia. Soldados que recibirán salarios módicos financiados con presupuestos europeos. Una vez más, las naciones occidentales diseñan soluciones que otros ejecutan, asumiendo los riesgos que ellas mismas no quieren correr directamente.
Este patrón no es nuevo en la historia reciente de Haití. Las intervenciones anteriores, desde la misión de la ONU hasta las operaciones estadounidenses, han dejado un legado ambiguo. Han logrado pausas temporales en la violencia, pero no han construido las instituciones necesarias para la estabilidad duradera. La corrupción endémica y la dependencia crónica se han profundizado con cada ciclo de ayuda.
El ciclo parece condenado a repetirse. La intervención internacional, lejos de representar un nuevo capítulo, podría ser simple repetición de dinámicas coloniales disfrazadas de ayuda humanitaria. Haití, que tanto ha contribuido a la historia de la emancipación, se ve atrapado en un presente donde la soberanía es un concepto teórico y la seguridad, un lujo inalcanzable para la mayoría.
La pregunta que permanece es si esta fuerza multinacional, en caso de desplegarse, logrará romper la lógica de violencia o simplemente la reconfigurará. Las experiencias previas en contextos similares no invitan al optimismo. Sin una estrategia de desarrollo integral que aborde las causas estructurales del desastre haitiano—pobreza extrema, corrupción endémica, degradación ambiental y exclusión política—cualquier solución militar será temporal y superficial.
Mientras tanto, en las calles de Puerto Príncipe, los ciudadanos continúan improvisando su supervivencia. Los mercados informales funcionan bajo amenaza constante. Los colegios abren y cierran según la intensidad de los combates. Los hospitales, sin suministros básicos, atienden emergencias con recursos casi inexistentes. La vida, en su tenacidad habitual, persiste a pesar de todo, pero a un coste humano insoportable.
La reflexión final obliga a confrontar una verdad incómoda: Haití no es un país fallido porque sus habitantes hayan renunciado, sino porque los sistemas de apoyo internacional han fallado sistemáticamente. La responsabilidad compartida por esta crisis implica actores que nunca pisarán el terreno. Mientras tanto, los que sí lo habitan cargan con las consecuencias de decisiones tomadas en escritorios lejanos.
El diario de viaje concluye con una sensación de impotencia compartida. Las anotaciones ordenadas no ofrecen respuestas, solo constatan una realidad que desafía soluciones fáciles. Haití permanece en espera, atrapado entre la violencia de las pandillas y la incertidumbre de una salvación que, cuando llegue, quizá no sea tal. El futuro del país parece escribirse en un ciclo interminable de crisis y promesas incumplidas.